Por: Arq. William Eduardo De La Hoz Córdoba
Una reflexión urbana a propósito de la próxima apertura de Playa Azul
A propósito del anuncio del alcalde de Cartagena, Dumek Turbay, de abrir el próximo 15 de octubre los primeros dos kilómetros del Gran Malecón del Mar, considero oportuno detenernos a mirar esta importante obra no solamente desde la expectativa que naturalmente genera, sino también desde la arquitectura y el urbanismo.
Cartagena está frente a una de las intervenciones de espacio público más importantes de las últimas décadas. Recuperar la relación de la ciudad con su litoral mediante senderos, ciclorrutas, vegetación, recreación y lugares de encuentro constituye una extraordinaria oportunidad que debemos valorar.
Precisamente por su importancia, también debemos observar el proyecto críticamente y aprovechar esta primera entrega para aprender de ella.
La imagen conocida del sector de Playa Azul, próximo a entrar en funcionamiento, genera una inquietud evidente: el gran protagonismo que adquiere el estacionamiento. Una superficie considerable aparece destinada a vehículos, vías internas y maniobras, mientras los espacios peatonales, de estancia y vegetación parecen asumir visualmente un papel secundario.
No significa esto que un proyecto de semejante magnitud no necesite estacionamientos. Naturalmente los requiere. Playa Azul será un importante punto de llegada, acompañado de servicios turísticos, comerciales, gastronómicos y de playa.
La pregunta arquitectónica es otra:
¿Debe el automóvil ocupar una porción tan importante y visible de uno de los suelos paisajísticamente más valiosos de Cartagena?
La información oficial señala 510 estacionamientos distribuidos entre Playa Azul, Marbella y Cabrero, aunque no presenta públicamente el número desagregado correspondiente exclusivamente a Playa Azul. Lo que sí permite apreciar el diseño es la considerable extensión destinada allí al acceso, circulación y estacionamiento vehicular.
No es solamente estacionamiento: también es calor
Un estacionamiento en superficie no ocupa únicamente el área de cada vehículo. Una celda convencional puede rondar los 12,5 m², pero cuando incorporamos calles de circulación, maniobras y accesos, el consumo efectivo de suelo por automóvil puede aproximarse al doble. Una playa de estacionamiento de gran capacidad puede representar rápidamente varios miles de metros cuadrados de superficie dura.
Y allí aparece un impacto particularmente importante en nuestro clima: todo ese pavimento recibe durante horas la radiación directa del sol de Cartagena.
Superficies convencionales como el asfalto y el concreto pueden alcanzar durante períodos calurosos temperaturas superficiales muy elevadas, acumulando energía durante el día y liberando posteriormente parte de ese calor al ambiente. No estamos afirmando cuál será exactamente la temperatura de Playa Azul —eso requeriría mediciones locales—, pero el fenómeno físico es conocido y debe formar parte de la reflexión arquitectónica.
Una gran extensión pavimentada y con poca cobertura arbórea puede contribuir a generar un microclima más caliente precisamente alrededor del espacio que queremos entregar al ciudadano.
Por eso la pregunta deja de ser solamente cuánto espacio ocupa el automóvil frente al mar.
También debemos preguntarnos:
¿cuánto calor estamos incorporando al espacio público para poder estacionarlo?
En Playa Azul esta decisión prácticamente ya está materializada. Pero precisamente por ello esta primera entrega puede servir para evaluar lo que viene.
Desde la concepción del proyecto habría sido interesante estudiar alternativas que permitieran compactar los estacionamientos y liberar mayor superficie para espacio público. Incluso soluciones bajo superficie en determinados puntos pudieron formar parte de esa discusión, siempre que las condiciones técnicas, ambientales y económicas propias de construir junto al mar lo permitieran.
No se trata de afirmar que un estacionamiento subterráneo sea sencillo en Cartagena. Nivel freático, ambiente salino, impermeabilización, drenajes, costos de construcción y mantenimiento constituyen condicionantes importantes.
La reflexión es más amplia: cada metro cuadrado que dejamos de ocupar con automóviles en superficie es un metro cuadrado que potencialmente podemos devolver al peatón, a la vegetación, a la sombra, a la recreación o a la contemplación del mar.
¿Malecón o parque lineal costero?
Aquí cabe hacer una pequeña precisión conceptual.
Tradicionalmente entendemos el malecón como el espacio urbano que establece una relación directa con el borde del agua: un paseo donde la ciudad encuentra el mar y donde caminar, permanecer y contemplar el paisaje constituyen buena parte de su esencia.
Un parque lineal, en cambio, se desarrolla longitudinalmente y articula diferentes actividades: senderos, vegetación, ciclorrutas, deporte, recreación, equipamientos, servicios y lugares de estancia.
Observando el programa que Cartagena está construyendo a lo largo de varios kilómetros, quizás estemos realmente ante una combinación de ambos conceptos, pero con una fuerte vocación de parque lineal costero.
Y esto no constituye necesariamente una crítica. Por el contrario, puede ser una de sus mayores fortalezas. Lo importante es comprenderlo porque cambia la manera de evaluar el proyecto: si estamos construyendo un gran parque lineal frente al Caribe, la calidad de la experiencia peatonal, la vegetación, la sombra y los espacios de permanencia deberían ocupar el primer nivel de la jerarquía del diseño.
El resto del proyecto ofrece otra lectura
Sería injusto trasladar automáticamente la impresión que produce Playa Azul al conjunto.
La información oficial disponible sobre los primeros cinco kilómetros contempla 5.174 metros de senderos peatonales, 3.763 metros de ciclorruta, 59.306 m² de zonas verdes y 14 plazoletas, además de espacios recreativos, deportivos y comerciales.
En sectores como Crespo, Marbella, Cabrero y Las Tenazas, el proyecto muestra aparentemente una relación diferente: paseos, plazas, miradores, graderías, ciclorrutas y áreas de permanencia adquieren mayor protagonismo.
Allí parece encontrarse la verdadera esencia que debería consolidarse:
un gran parque lineal costero que, por desarrollarse junto al Caribe, adquiere también la condición de malecón.
Pero para conseguirlo existe una condición fundamental que Cartagena no puede olvidar: la sombra.
No basta contabilizar kilómetros de senderos o metros cuadrados de zonas verdes. Debemos preguntarnos cuánto de ese espacio podrá utilizar confortablemente un ciudadano a las diez de la mañana, al mediodía o a las tres de la tarde.
La arborización, las áreas cubiertas, el mobiliario y los lugares de descanso serán determinantes.
Porque en el Caribe, diseñar espacio público también significa diseñar sombra.
La apertura de Playa Azul permitirá pasar finalmente de los renders a la experiencia cotidiana. Entonces podremos observar dónde permanece la gente, qué recorridos utiliza, dónde busca refugio del sol y cómo interactúan peatones, ciclistas y automóviles.
La arquitectura también se aprende cuando comienza a ser habitada.
Por eso esta primera entrega no debería entenderse solamente como la culminación de una etapa. Puede convertirse en una oportunidad para evaluar, aprender y, donde todavía sea posible, ajustar las etapas siguientes.
El Gran Malecón del Mar representa una oportunidad histórica para Cartagena y merece continuar. La discusión no consiste en estar a favor o en contra de la obra, sino en procurar que una inversión de semejante importancia produzca el mejor espacio público posible para la ciudad.
Porque un gran malecón —o, quizás con mayor precisión, un gran parque lineal costero— no debería ser un estacionamiento frente al mar con espacios peatonales complementarios.
Debería ser exactamente lo contrario:
un gran espacio público frente al mar, pensado primero para las personas, donde el estacionamiento sea apenas un servicio complementario.

Respondo, a esta excelente consideración sobre un proyecto urbano que a todos los cartageneros nos impacta; y me apego a los diferentes y válidos comentarios de William Eduardo, acerca de aspectos que todo proyecto publico, de las características del <> debe resolver: Las áreas de estacionamiento colectivo de vehículos, las áreas de trafico peatonal colectivo, Las áreas de disfrute paisajístico, descanso y recreación familiar. Los tópicos anteriores deben contener el Sello Humano. Todo ciudadano(a), sin solicitarlo explícitamente, demanda respeto y cuidado por su vida, la sola presencia humana ciudadana, en un lugar como el <>, desarrolla una sintonía de preferencia insalvable, con preguntas mudas, pero de necesidad inquebrantable: Es así, que se mentalizan preguntas como: Donde están los suficientes parasoles, que me protejan de este inclemente sol?. ¿Donde están los suficientes arboles altos y frondosos donde pueda llegar para leer el libro que tengo en mi maletín? – Son indicadores de la calidad de un proyecto publico, que prefiere al ser humano en primer lugar. Dado que el hombre construye, primero para satisfacer las necesidades de la vida humana y, después para aquello que complemente sus necesidades, no lo debe hacer en sentido contrario. Para analizar y aplicar en los tramos de construcción proyectados y faltantes del M del M