Por Moisés Alvarez Marín
La sola mención de 6.000 muertos por el hambre en Cartagena en tan solo cuatro meses, y de otros 7.000 ejecutados en toda la Nueva Granada en menos de un año, contiene razones de sobra para que el Sitio a Cartagena de 1815 sea considerado como una de las tragedias mayores de nuestra historia. Hasta el punto en que para algunos estudiosos este pavoroso capítulo merece figurar, por su extremada crueldad, en los anales de nuestra memoria colectiva a la misma altura de los procedimientos ignominiosos del temible Tribunal de la Inquisición, o al tratamiento inhumano aplicado a los esclavos africanos por la mano dura de la dominación colonial.
Otras opiniones han llegado más lejos al comparar aquella violencia desatada durante el llamado “Régimen del Terror”, con el aniquilamiento que tres siglos atrás habían padecido los aborígenes americanos en los remotos tiempos de la conquista. Y esa visión no solo ha sido el fruto de juiciosas reflexiones posteriores, sino que ya había sido presagiado un poco antes de su fatal ocurrencia por algunos de quienes luego la vivieron en carne propia. “Ya lo había adivinado el Presidente de Cartagena Rodríguez Torices, -afirma Jiménez Molinares- cuando en julio de 1814, le insistía reiteradamente al Gobierno de las Provincias Unidas en que “no nos engañemos: los españoles van a comenzar la conquista en circunstancias las más ventajosas…; y el interés, la antigua posesión, el punto de honor y un mortal encono van a hacerla tan bárbara como la primera. Cartagena, que tanto les ha perjudicado en sus intereses y está avanzada en sus peligros, será una de sus primeras víctimas marcada por su furor. Y Santa Marta ofrece un asilo a las fieras que hayan de repartirse a desvastar la Nueva Granada”[1].

Pero esa visión no era solamente un simple vaticinio de Torices, quien a pesar de su corta edad ya para entonces tenía la suficiente claridad política y perspectiva histórica para llegar a tan odiosa comparación. Desde la otra orilla del mar y de las ideas, otros hombres intentaban reivindicar, pero en sentido contrario y con creces, ese mismo pasado para sus nuevas glorias: Pablo Morillo, primer responsable de la trágica operación, también había llegado a la absoluta convicción de que “si el Rey quiere subyugar estas Provincias, las mismas medidas se deben tomar que al principio de la Conquista”.[2]
No era la primera vez que Torices encendía las alarmas sobre los inminentes peligros que se cernían sobre el horizonte cartagenero y sobre los escasos medios para su defensa: dos años antes de aquella horrorosa caída, ya desde octubre de 1813 y como Presidente del Estado de Cartagena se había dirigido con vehemencia al Presidente del Poder Ejecutivo de la Unión para comunicarle “la noticia que hemos recibido de haber llegado a La Habana seis mil hombres de tropa de la España, de los cuales algunos serán destinados a esta costa y se conocerá que hay motivos para recelar un próximo ataque. Cartagena tiene agotados todos sus recursos, se halla con poca tropa buena; la deserción es muy numerosa y si VE no se sirve tomar algunas activas providencias, tanto de la remisión de los reclutas pedidos, como para que venga a esta plaza alguna tropa veterana, nuestros medios de resistencia no serán bastante para rechazar al enemigo.”[3]
Al final, fueron justamente esas antagónicas convicciones las que llevaron, tanto a Morillo, como a Torices, a convertirse en protagonistas de primera línea en aquel doloroso traspié que sufrió el proceso de nuestra Independencia. Morillo, por haber sido el más fiel ejecutor de un siniestro plan para recuperar para España estos antiguos dominios que habían recorrido ya los primeros de su autonomía, y Rodríguez Torices, una de las víctimas más visibles de la desenfrenada represión de Morillo: en octubre de 1816, ocho meses después del holocausto de Cartagena, logró escapar de la capital a Popayán donde fue apresado y devuelto a pie hacia Bogotá junto con Camilo Torres. Sus cuerpos fueron despedazados para exhibirlos en varios lugares y sus cabezas fueron dejadas por nueve días a la entrada de la ciudad, en una canasta de hierro. Al momento de su muerte, Torices tenía apenas 28 años.

- A orillas del Caribe
Los presagios de Torices tendrían poco después nuevos fundamentos cada vez más evidentes para reafirmar su perspectiva sobre la forma como los sucesos de España iban a impactar sobre el futuro político de la Nueva Granada. En julio de 1814 sostuvo una encendida polémica con Francisco de Montalvo, alto representante de los intereses peninsulares en Santa Marta, cuando faltaba escasamente un año para la llegada del Ejército Pacificador. Fue lo que Jiménez Molinares llamó “un debate diplomático”, que buscaba, hasta ese momento, el sometimiento de Cartagena por las buenas.
“A mí, a quien por suerte ha tocado ser en estos dominios el órgano de S.M. en las presentes circunstancias, es a quién pertenece así mismo resolver aquella duda y mostrar a los conciudadanos de V.S. el camino recto de la paz y de la felicidad común. No hay otro que la integridad de la Nación, jurando guardar la Constitución de la Monarquía Española, sancionada por las Cortes generales y Extraordinarias en 1812 y ser fiel a Nuestro Señor D. Fernando VII de Borbón… La Provincia de Cartagena tiene en sus manos el medio de hacer olvidar a la Metrópoli los ultrajes que contra ella ha cometido desde que desgraciadamente fue turbada en su quietud con su generosa y espontánea reducción. Una conducta opuesta cargaría sobre V.S. y los demás que influyen en la opinión del pueblo la responsabilidad personal de la sangre que injustamente se derrame y la de los males consiguientes a esta guerra sin objeto, ni esperanza, la más remota de llevarla a término favorable”[4]
Torices responde con el argumento jurídico de que “la misma Constitución que indica los fundamentos que obligaron a este estado a constituirse y gobernarse de la manera que juzgó conveniente con independencia de los gobiernos de España… designa también la autoridad a quien exclusivamente se reservó… y esa autoridad no es otra que la del Congreso de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, en quien está depositado el Poder Supremo de la Unión. Por esta razón, y aún prescindiendo de ella, por la sola gravedad del negocio y las proposiciones a que se dirige el oficio de V.S., y su trascendencia a toda la Federación, este Gobierno se ve en el caso de no poder dar por sí mismo la pronta y categórica contestación que exige; pero inmediatamente la dirigirá al Congreso que debe darla… limitándose entre tanto a insinuarle que las bases propuestas son entre sí por ahora incompatibles; porque no ignoramos que Constitución y Rey son actualmente en la Península los nombres de los partidos encarnizados que a sus furores han sacrificado ya millares de víctimas; y por consiguiente, nada hay líquido, ni establecido Rey, ni Constitución…”
Pero Montalvo refutaba con creciente vehemencia que “estas mismas ocurrencias y las órdenes con que me hallo de S.M… han fijado los términos propios bajo los cuales esa Provincia (Cartagena) como las demás del Nuevo Reyno de Granada, deben volver al seno de la Monarquía española y a la obediencia del Rey, a saber: restituyéndose todo en estos países al estado en que estaban a tiempo en que sucedió la ocupación de la Península por las tropas francesas y el atentado de haber aprisionado al Rey Nuestro Señor en año de 1808… No es ya tiempo de dejarse alucinar con esperanzas vanas. Un poder irresistible y bien combinado está destinado a extinguir las semillas del democratismo que la experiencia ha acreditado tan funesto para el mundo. La América no tiene campo abierto para más reflexiones que la de resolverse cuanto antes a implorar a los pies de S.M. la Real Clemencia, o prepararse a todos los males consecuentes a la reconquista que debe seguir inmediatamente a la resistencia… Cartagena, en el supuesto de convercerse de la necesidad de admitir el medio que se le propone como único, para nada tiene que aguardar el llamado Congreso, ni el de reducirse en unión de las demás Provincias, cada una de las cuales sentirá los buenos o malos efectos de su particular conducta”
El cruce de mensajes se prolongó hasta septiembre de 1814 y llegó a su fin cuando intervino Camilo Torres, entonces Presidente del Congreso, quien endureció aún más las ya fuertes respuestas de Torices, esgrimiéndole a Montalvo que “la América, grande en extensión, poderosa en sus recursos, incapaz de ser gobernada bien en ningún sentido por una potencia distante, conoció que era llegado el tiempo de su emancipación: que su suerte sería siempre miserable y precaria dependiente de algunas manos… España no ha tenido, ni tiene ningún derecho para oponerse a esta solicitud. Quien la hizo dueña de estos territorios, ni cómo puede llamarse justa y heroica su resolución de resistir a los franceses y sacudir un yugo extranjero, si no confiesa ese mismo derecho en la América para resistir el suyo? La antigüedad de una usurpación agrava el delito, no lo justifica. Los moros dominaron setecientos años a España y España se creyó con derecho para arrojarlos de la Península…”
Hasta ahí llegó la pretendida negociación con Montalvo, pero un año más tarde lo veremos a la palestra y nada menos que en la cumbre del poder como Virrey en el restablecido poder español.
Entre tanto, del otro lado del mar ya la suerte estaba echada. Luego de varios años de intensa lucha que le permitió recuperar su territorio de la invasión francesa, la corona española se lanzaba entonces a la reconquista de sus antiguos dominios de Ultramar, cada vez más levantados contra su autoridad. Uno de los más recientes estudios sobre la motivación de España para emprender una misión tan enorme como arriesgada, sostiene que
“Que Fernando VII no tenía ni en mucho ni en poco el orden constitucional aprobado en 1812 lo demostró antes de llegar a España, al acordar con Napoleón en diciembre de 1813 condiciones para ello al margen de las Cortes. Se trataba de todo un augurio, pues el rey siguió desobedeciendo y desconociendo a la Regencia y a las Cortes hasta que en mayo de 1814, desde Valencia, declaró anulada toda la obra constitucional y se encaminó, casi sin oposición, a Madrid.
Por si le cabía alguna duda a Fernando VII, a su llegada a España se le hizo entrega de un documento conocido como Manifiesto de los Persas, en el que un sinnúmero importante de diputados se despachaban a gusto contra la Constitución de 1812 y la obra legislativa de las Cortes. Allí se afirmaba que la responsabilidad en el estado de sublevación en que representaban a América se debían a las “condescendencias” tenidas con los “indios”, como la exención del tributo y la igualdad entre españoles americanos y europeos decretada el 15 de octubre de 1810 por las Cortes. Apuntaba ya este texto, por tanto, la línea respecto de América que la política fernandina no había sino de seguir y profundizar hasta 1820.
Esa política, sustanciada en la solución militar, se enmarcaba en un escenario de cancelación de cualquier atisbo político de constitucionalismo, así como de represión inmisericorde de toda evidencia o de mera sospecha de liberalismo. Se restablecieron todas las instituciones previas a la crisis de 1808 (Consejos, Juntas de estado, Secretarías de Estado, Chancillerías, Audiencias y Capitanías Generales) y se suprimieron las nuevas instituciones del orden gaditano (Cortes, Consejo de Estado, Ayuntamientos constitucionales y Diputaciones Provinciales). Además, se restableció la Inquisición y se dio por liquidada toda legislación liberal.
En aquella camarilla o consejo áulico que tanto influía en el rey fue donde se decidió aplicar en América una política de reconquista militar de los territorios que se habían declarado independientes… Con más de 60 buques y 15.000 efectivos, el General Pablo Morillo partía hacia América, con el fin de llevar a efecto la política derivada de la interpretación de la insurgencia americana como un problema estrictamente policial, … ejecutó muy fielmente su mandato practicando una política de “pacificación” basada en el tratamiento puramente policial de de la insurgencia…[5].
Otra opinión sobre la inspiración ideológica que orientó esta cruzada militar es la de Javier Ocampo López, quien afirma que “en la política española surgió el militarismo como forma de reacción contra los revolucionarios y el único medio para la restauración de las instituciones españolas. Con el militarismo se proyectó el terrorismo y la organización de expediciones militares para buscar la integridad del Imperio español…”[6]
Así las cosas, el 17 de febrero de 1815 zarparon de Cádiz las 60 embarcaciones con cerca de 10.000 hombres del llamado Ejército Expedicionario, que se encargarían de la reconquista a sangre y fuego de la Nueva Granada y Venezuela.

El 5 de abril desembarcan en Carúpano y en Isla Margarita, en las costas venezolanas, donde Morillo ordenó la primera amnistía a los sublevados, de la que después se arrepentiría por el resto de su expedición. A finales de julio entró a Santa Marta sin mayores dificultades y desde allí organizó la esperada toma de Cartagena que, como estaba bien sabido por ellos, era la plaza más difícil de vencer.
Después de arrasar la resistencia por tierra y por agua de las poblaciones vecinas y de otras más distantes en el interior de su Provincia, las tropas de Morillo iniciaron formalmente el bloqueo a Cartagena el 22 de agosto, durante el cual fue tomándose, uno por uno, todos los puntos estratégicos de su bahía interior, mientras rodeó su exterior con la mayor de su flota desde Punta Canoa hasta el frente de sus murallas y forzaba su rendición con bombardeos aislados. Los cartageneros no claudicaron. El 7 de diciembre entró a recoger los restos de una ciudad aniquilada por el horror del hambre que impuso su feroz encierro y procedió a rematarla con otro horror tan similar o mayor, al pasar por las armas a muchos de los sobrevivientes, ya para entonces moribundos e indefensos, en el final de esta primera parte de su recorrido infernal, marcado por la crueldad desde su llegada a esta orilla del Caribe.
- Hambriento un pueblo lucha
Sobrevino entonces una de las paradojas más insólitas de la historia militar de España y de Cartagena de Indias: a Morillo y su hueste le tocó en suerte comprobar que era casi imposible tomarse a esta Plaza por la vía militar y que la alternativa más segura era la de obligarla a caer por los inexorables efectos del hambre. Era la misma plaza que durante los dos siglos anteriores había sido tenazmente fortificada por sus antecesores hasta hacerla casi inexpugnable. Solo había sido vencida en 1697 por los franceses, pero salió vencedora en 1741 frente a los ingleses. En 1815, pues, los españoles ponían a prueba su propia obra.
En uno de los partes oficiales de las operaciones militares emitidos por los sitiadores, se fijó de entrada lo que sería el eje central de su estrategia y el talante que guió sus pasos de principio a fin:
“El General en Jefe, que estaba perfectamente impuesto del local y fortificación de la Plaza, que la hacían casi inexpugnable, al menos para el corto número de tropas que la bloqueaban, havía desde el principio adoptado el plan de rendirla por asedio…
“El 22 quedó perfectamente bloqueada por mar y tierra la Plaza de Cartagena, habiendo el General en Jefe distribuido las tropas baxo una perfecta convinación para su recíproco sostén, en los puntos de Guayepo, Barragán, Palenquillo, Ternera, Torrecillas, donde se hallaba el Quartel General, Turbaco, Mamonal, Pasacaballos, desde cuyos puntos se hacían repetidas salidas y se observaba constantemente la Plaza.
“En esta disposición no podía aquella ser socorrida del interior, ni recibir cosa alguna por mar. El General en Jefe no envió, ni pensó enviar ningún parlamentario, por no ser dignos de esa circunstancia militar unos rebeldes que habían atrozmente ultrajado la Real Persona del Soberano y que habían despreciado con el mayor orgullo y falta de decoro quantas proposiciones les había hecho anteriormente el Capitán General del Reyno, por cuyas razones sería improcedente el exponer las Armas del Rey a nuevos desayres e insultos; mucho más, quando a esto también se agrega el hallarse estos malvados en tal grado de obstinación, que habían incendiado todos los pueblos y caseríos inmediatos, retirando quantos recursos havían y haciendo encerrar en la Plaza a los miserables habitantes que no pudieron ocultarse, después de haver reducido a cenizas quanto tenían…”[7]
Ciento seis días de pesadilla duró aquel calvario que los cartageneros debieron sentir como una eternidad. Dos de ellos, que vivieron en carne propia la inclemencia del encierro y que se salvaron casi por azar, nos dejaron sus testimonios vivos para la memoria de este desgraciado suceso. Uno fue Juan García del Río, quien nos cuenta como, refiriéndose a las providencias tomadas ante la invasión de Morillo, como el incendio de Turbaco,
“Castillo no tuvo en aquellos momentos críticos bastante vigor para tomar la única medida que acaso hubiera salvado la Plaza, el arrojar fuera de ella todas las bocas inútiles para el servicio de las armas. Por una ocupación extemporánea, o más bien por el temor de alguna conmoción interna que habrían hecho los padres, deudos y parientes, dejó que se encerraran dentro de las murallas, no solo sus primitivos habitantes, sino también muchas familias comprometidas que vinieron de los campos a refugiarse en Cartagena…”
“Por aquel tiempo era ya muy triste la situación de los habitantes de Cartagena… gran parte de la población se alimentaba ya con caballos, burros, perros, gatos y hasta con ratas. Sin embargo, ninguno hablaba de rendirse a los españoles, todos sufrían con mucho valor y resignación las mayores privaciones. Tenían siempre la esperanza de que llegarían las provisiones de un momento a otro; o de que un fuerte cuerpo de tropas venidas del interior atacara a Morillo por la espalda y romperá su línea”[8].
El otro testigo presencial fue Lino de Pombo, tantas veces citados por casi todas las investigaciones sobre el tema, cuenta cómo
“El progreso de los estragos del hambre eran en sumo grado aflictivo, pereciendo unos por falta de alimentos o postración de sus fuerzas, otros por las enfermedades consiguientes a la mala calidad de la triste ración que se proporcionaban, y prolongando otros su miserable existencia escuálidos, hebetados y con hinchazón progresiva en las piernas. Carnes y harinas podridas, bacalao rancio, caballos y burros en detestable salmuera, perros, ratas, cueros, eran el recurso de la generalidad desvalida y escasas dosis de arroz con camarones secos y chocolate, el de las familias acomodadas que habrían salvado algo de las pesquisas domiciliarias… Y a pesar de tanta miseria y de tantas congojas, nunca durante la época del sitio que duró cerca de cuatro meses, se oyó a nadie hablar por desesperación siquiera de sometimiento a la antigua madre patria”[9]
El mismo Morillo consignó en un Parte de su misión “que en Cartagena, después del sitio, morían más de setenta (70) personas diariamente, sin contar con los militares”[10]
[1] Jiménez Molinares, Gabriel. Los Mártires de Cartagena de 1816 ante el Consejo de Guerra y ante la Historia. Boletín Historial, Academia de la Historia de Cartagena, Nos, 121, 122 y 123, 1955. Jiménez Molinares, Gabriel. Los Mártires de Cartagena de 1816, ante el Consejo de Guerra y ante la Historia. Cartagena, Imprenta Departamental, 1950. Tomo II, Pág. 32
[2] Jiménez Molinares, Ob. Cit.
[3] Biblioteca Digital Real Academia de la Historia de España.
[4] “Negociación entablada el 15 de julio de 1814 con el Gobierno de Cartagena sobre su reversión a la Monarquía Española”. Jiménez Molinares, Gabriel. Los Mártires de Cartagena de 1816, ante el Consejo de Guerra y ante la Historia. Cartagena, Imprenta Departamental, 1950. Tomo II, Págs. 32 y ss.
[5] Portillo, José María. Despotismo y Reconquista (1814-1820). España en el mundo. En: España, crisis imperial e independencia. Serie América Latina en la historia contemporánea. Lima, Fundación Mapfre, 2010.
[6] Ocampo López, Javier. El proceso político, militar y social de la Independencia. En: Manual de Historia de Colombia. Tomo II, 2ed. Procultura, 1982.
[7] “Bloqueo y rendición de la Plaza de Cartagena de Indias, con las operaciones militares executadas en su Provincia. Biblioteca Digital Real Academia de la Historia. Sig. 9/7561, Leg. 8K) 330-350.
[8] García del Río, Juan. Meditaciones colombianas. Medellín, Bedout, 1971
[9] Pombo, Lino de. Reminiscencia del Sitio de Cartagena. En: Revista del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, Bogotá, Vol. 2 No. 20, Nov. 1906, Págs. 611-623
[10] Jiménez Molinares, Gabriel. Los Mártires de Cartagena de 1816, ante el Consejo de Guerra y ante la Historia. Cartagena, Imprenta Departamental, 1950. Tomo II, Citando a Rodríguez Villa, Documento 455
