Por Rubén Darío Rodríguez
La famosa canción de Maná, que habla de la imposibilidad de vivir sin agua, se ha convertido hoy en un eco triste para Cartagena. En la música, esto es una metáfora de amor. En la realidad de la ciudad, es un grito de desesperación. Los habitantes de Cartagena están viviendo una crisis que afecta directamente su derecho más importante, el acceso al agua potable.
Cada nueva interrupción del servicio, cada rotura de tubería, cada anuncio disfrazado de “mantenimiento” nos recuerda que la ciudad está atrapada en una situación inestable. No se trata de situaciones aisladas, sino de problemas que ocurren con frecuencia. Esto ha convertido el suministro de agua en algo que solo unos pocos pueden tener. El estribillo de la canción dice: “como quisiera poder vivir sin agua», pero la realidad es que nadie puede vivir sin ella.
La empresa Aguas de Cartagena, con su poca capacidad técnica y financiera, ya no garantiza lo esencial. El agua, que debería estar disponible siempre y con confianza, se ha convertido en un recurso incierto. Está sujeta a fugas, roturas y racionamientos. La gente no puede acostumbrarse a vivir con cortes y excusas. Porque el agua no es un lujo. Es vida, es salud, es dignidad.
La crisis actual requiere un plan claro, con inversiones reales y una visión a largo plazo. No basta con mensajes que minimizan lo que está pasando ni con soluciones temporales. Se necesita liderazgo, transparencia y compromiso verdadero para que Cartagena deje de sufrir la incertidumbre y pueda avanzar con servicios públicos sólidos.
Hoy, la letra de Maná tiene otro significado en Cartagena. No es solo un verso romántico, es una advertencia social. Porque si la ciudad no resuelve sus problemas estructurales, el sueño de tener agua continua y seguirá siendo tan imposible como la metáfora de la canción.
Además, la falta de agua constante deteriora la confianza ciudadana en las instituciones. Cuando el acceso a un derecho fundamental se convierte en incertidumbre, la comunidad empieza a sentir que está sola frente a sus necesidades. Esa sensación de abandono es tan peligrosa como la crisis misma, porque erosiona el tejido social y la esperanza de soluciones.
Cartagena no puede seguir viviendo al ritmo de fugas y roturas. La letra de Maná se resignifica en la ciudad: no es un verso romántico, es una advertencia social. Nadie puede vivir sin agua, y por eso la solución debe ser inmediata, estructural y definitiva. El agua no es solo un servicio público, es el corazón de la vida comunitaria, y garantizarlo es una obligación que no admite más excusas.
