Por Luis Adolfo Payares Altamiranda
Corría junio de 1985. Éramos apenas dos menores de edad, Edwin Salcedo y yo, partiendo hacia un país desconocido, con más ilusiones que equipaje y el corazón repleto de preguntas. Llegamos a Ciudad de México cerca de las siete de la noche, atraídos por la posibilidad de ingresar a una de las mejores universidades de Latinoamérica. Queríamos estudiar, crecer y abrirnos camino, sin sospechar que meses después aquella ciudad también nos daría una de las lecciones más estremecedoras de nuestras vidas.
Enedys, hermana de Edwin y mi querida comadre, estudiaba una maestría en Restauración. Con esa diligencia maternal que siempre la ha caracterizado, fue a buscarnos al aeropuerto. Nos recibió como quien recoge a dos hijos extraviados en la inmensidad de una ciudad desconocida. Ninguno podía imaginar la pesadilla que viviríamos después.
Llegó el 19 de septiembre, una fecha ubicada justamente en la antesala de nuestros cumpleaños: Edwin cumple el 20 y yo el 23. La vida parecía prepararse para encender las velas, pero aquella mañana fue la tierra la que comenzó a sacudirlas.
Aproximadamente a las siete de la mañana despertamos con un bamboleo aterrador. La casa parecía un barco a la deriva, golpeado por un océano invisible. Intentamos levantarnos, pero no podíamos mantenernos en pie. El piso dejó de ser suelo y se convirtió en una bestia que se retorcía debajo de nuestros pies.
En medio del ruido, la confusión y el miedo, escuchamos un grito a lo lejos:
—¡Está temblando, nojoda! ¡Métanse debajo del marco!
Aquella expresión caribeña, inesperada en medio de la tragedia mexicana, nos hizo reaccionar. Corrimos como pudimos y nos refugiamos debajo del marco de una puerta. Según las primeras noticias, el movimiento había durado apenas unos instantes, pero para nosotros fue una eternidad. Cuando la muerte ronda cerca, los segundos dejan de medirse con agujas y comienzan a contarse con los latidos del corazón.
La energía eléctrica desapareció. También se interrumpió el servicio de gas. La ciudad quedó herida, a oscuras y llena de interrogantes. Poco después salimos a buscar un teléfono para comunicarles a nuestras familias que seguíamos vivos. En aquellos tiempos no existían celulares ni mensajes instantáneos. Una llamada era el único puente posible entre nuestra angustia y la desesperación de quienes, desde Colombia, podían estar imaginando lo peor.
El panorama en la colonia Campestre Churubusco, en el entonces Distrito Federal, era desalentador: personas gritando, rostros desencajados, edificios colapsados y una incertidumbre que flotaba sobre las calles como una nube de polvo. La ciudad, aquella mole que hasta entonces nos parecía invencible, había caído de rodillas.
Durante las noches, muchas familias levantaban carpas en los parques. Nadie quería dormir bajo un techo que pudiera convertirse en tumba. Las réplicas continuaron durante más de una semana, recordándonos que la tierra todavía no terminaba de expresar su furia. Cada movimiento hacía correr a la gente; cada ruido parecía anunciar una nueva desgracia.
Edwin cumplió años al día siguiente. Yo lo haría tres días después. Pero ya no éramos los mismos muchachos que habían llegado en junio cargados de sueños. Aquel terremoto adelantó nuestra mayoría de edad. Nos enseñó, de la manera más brutal, que la vida puede cambiar en un instante y que las grandes ciudades, como los seres humanos, también son frágiles.
No hubo tortas ni celebraciones memorables. Nuestro mejor regalo fue permanecer vivos.
Han pasado muchos años, pero todavía puedo escuchar aquel grito atravesando las paredes, el miedo y la distancia: “¡Está temblando, nojoda!”. A veces regreso con la memoria a aquella mañana y vuelvo a sentir que el suelo se mueve. Uno nunca termina de abandonar los lugares donde estuvo cerca de la muerte.
México siguió adelante. Se levantó entre ruinas, polvo y lágrimas, sostenido por la solidaridad de su gente. Nosotros también continuamos nuestro camino. Sin embargo, aquel 19 de septiembre quedó alojado para siempre en nuestra memoria, no debajo de los escombros, sino en ese rincón del alma donde habitan las experiencias que nos cambian para siempre.
El terremoto ocurrido hoy en el occidente del país removió aquellos recuerdos que creía sepultados bajo los escombros del tiempo. Me hizo pensar que los seres humanos somos apenas un pequeño suspiro en la larga respiración del universo.
La tierra seguirá temblando. Nadie sabe cuándo volverá a estremecerse ni hasta dónde llegará su fuerza. Algunos dicen que son fenómenos propios de una naturaleza viva; otros, que forman parte de inescrutables designios divinos. Lo cierto es que, cuando el suelo se mueve, comprendemos nuestra verdadera fragilidad.
El terremoto del 19 de septiembre de 1985 alcanzó una magnitud cercana a 8,2 y dejó miles de muertos. Entre las víctimas estuvieron numerosos compatriotas y jóvenes estudiantes que, como Edwin y yo, habían llegado a México persiguiendo el sueño de estudiar, progresar y regresar algún día a su tierra convertidos en profesionales. Sus proyectos quedaron sepultados bajo los edificios de una ciudad que aquella mañana despertó convertida en ruinas.
Nosotros, afortunadamente, seguimos aquí. Cada día volvemos a despertar con la tierra sosteniéndonos la espalda, aunque sepamos que continúa viva, respirando y moviéndose debajo de nuestros pies.
Quizás la vida sea precisamente eso: caminar sobre un suelo que jamás permanece completamente quieto, llevando nuestros sueños entre las manos y nuestros pies, agradeciendo cada amanecer. Porque somos apenas pasajeros de una tierra que tiembla, pero que, pese a todo, todavía nos permite seguir contando la historia.
