Por Rubén Darío Rodríguez
Aprendí de pelao la jeringonza o trabalenguas del coco y creo que no hay quién no se la sepa. Interesante planteamiento y esfuerzo hace un compadre para que le compren el coco, pero el interlocutor al final se niega a comprarle el fruto comestible ‘porque como poco come, poco coco compra’. Esa escena popular refleja con ironía el gran desafío que hoy enfrenta el país y que fue planteado por el presidente Abelardo de La Espriella en su posesión. Pasar de la coca al coco no es solo cuestión de sembrar, sino de garantizar que haya mercado, compradores y precios justos.
El presidente Abelardo de la Espriella ha puesto sobre la mesa una idea que despierta ilusión: sustituir la coca por el coco. Pero la sustitución no puede quedarse en la metáfora ni en el discurso. Una vez erradicada la coca, el campesino necesita certezas de que su nuevo producto será comprado. Si las grandes cadenas de supermercados como Olímpica, Éxito y otras no se comprometen a pagar un precio digno, el riesgo es que el campesino vuelva a preferir la coca, porque al final lo que define la decisión es la supervivencia.
Por eso, el reto va más allá de la siembra. Se necesitan vías terciarias para sacar la producción, centros de acopio para evitar pérdidas y una estrategia de mercado que proyecte el coco incluso a nivel internacional. El coco puede convertirse en símbolo de desarrollo y marca país, pero solo si se construye toda la cadena de valor.
La propuesta presidencial es interesante porque toca la esperanza campesina, pero debe aterrizarse en compromisos concretos. El sueño del coco será posible únicamente si el Estado, el sector privado y la sociedad trabajan juntos para que el campesino vea en el coco un futuro real y sostenible. De lo contrario, seguiremos repitiendo el trabalenguas de siempre: mucho coco en la boca, pero poca realidad en la tierra.
El reto es inmenso, pero también es una oportunidad histórica. Colombia puede transformar su campo si entiende que la sustitución no es solo arrancar un cultivo ilícito, sino sembrar confianza y futuro. El coco puede ser símbolo de desarrollo, pero requiere toda una cadena de valor que respalde al campesino desde la semilla hasta la exportación.
Al igual que la jeringonza, el compadre insiste en vender su coco y el interlocutor se niega a comprarlo. Si repetimos esa escena en la vida real, el sueño del coco nunca pasará de ser cuento. El verdadero desafío es que el compadre campesino encuentre compradores serios, precios justos y caminos abiertos. Solo entonces el coco dejará de ser trabalenguas y se convertirá en un verdadero diálogo de esperanza.
