Por Rubén Darío Rodríguez
“Cucaracha muerta, sapo reventao…” o “Cachaco, palomo y gato, tres…” eran frases que uno escuchaba de ‘pelao’ en la Costa, cuando se quería lanzar una pulla a alguien del interior. No era odio, era picardía, era ese humor costeño que mezcla ironía con memoria. Detrás de esas palabras había una verdad que marcó generaciones: la sensación de que desde el centro del país siempre miraban a la Costa con cierto desdén, como si el Caribe fuera un patio trasero y no una puerta abierta al mundo.
Cachaco, palomo y gato, tres animales que, según los viejos de antes, representaban la ingratitud, la arrogancia y el orgullo. Decían que el palomo poco a poco abandona el nido y siempre vuela buscando donde hacer uno nuevo; del gato, aseguraban que era un animal que, a diferencia del perro, no agradecía ni la comida y se mostraba siempre arrogante y orgulloso.
Hoy, esa vieja ingratitud vuelve a asomar la cabeza. La mayoría de los cachacos están ardidos porque el presidente electo, Abelardo de La Espriella, decidió gobernar desde las regiones, sin discriminar a ninguna, proponiendo a Barranquilla como la sede alterna del Gobierno Nacional. Les incomoda que el poder se descentralice, que las decisiones se tomen también desde el mar, desde el calor, desde la diversidad. Les molesta que la Costa tenga voz, que el Caribe sea protagonista y que el país empiece a entender que Colombia no termina en la sabana de Bogotá.
Es una verdad clara y directa, el cachaco, símbolo del centralismo, se resiste a aceptar que gobernar desde las regiones es gobernar con visión de país.
La evidencia es clara: Cartagena no pierde nada, gana protagonismo y reafirma su condición estratégica. El país entero se beneficia de un gobierno itinerante que escucha a la Costa, al Pacífico, a los Llanos y a la Amazonía. La mayoría de los cachacos podrán seguir ardidos, pero la realidad es que Colombia se construye desde cada esquina y que el futuro de la nación se escribe con pluralidad, lejos del monopolio de la sabana fría.
Y así, entre el recuerdo de los dichos de infancia y la nueva realidad política, queda claro que el país está cambiando. Ya no se trata de quién manda desde el centro, sino de quién escucha desde las regiones. Porque gobernar desde el mar no es una provocación: es un acto de justicia histórica.
La mayoría de los cachacos no entienden que gobernar desde las regiones no es una amenaza, sino una oportunidad. Les cuesta aceptar que el país cambió, que ya no basta con mirar desde los cerros de Monserrate para entender lo que pasa en el resto de Colombia. El poder que antes se concentraba en escritorios fríos ahora se abre paso entre el calor del Caribe, el viento del Pacífico y la brisa de los Llanos. Es un cambio de perspectiva, una nueva manera de entender la nación.
Y mientras ellos se incomodan, Cartagena se fortalece. La ciudad no solo conserva su papel como sede alterna del Gobierno Nacional, sino que se convierte en símbolo de inclusión territorial. Desde sus playas y murallas, la Heroica demuestra que el liderazgo no depende de la altitud, sino de la actitud. Gobernar desde el mar es gobernar con amplitud, con visión y con sentido de país.
Al final, los dichos de la infancia vuelven a cobrar sentido. “Cachaco, palomo y gato, tres…” no es solo una frase de burla, sino una advertencia: el centralismo no puede seguir dictando el rumbo de una nación tan diversa. Colombia se construye desde sus regiones, y cada vez que el poder se descentraliza, el país se hace más justo, más equilibrado y más verdadero.
