En los últimos días, la ciudad ha sido testigo de un fenómeno político curioso: voces de todos los sectores piden que Dumek Turbay continúe al frente de la Alcaldía más allá de su periodo, que culmina el 31 de diciembre de 2027. La respuesta es clara: la Constitución no lo permite. La elección popular de alcaldes, instaurada en 1988, estableció la no reelección inmediata, igual que ocurre con la Presidencia.
Esto significa que Turbay solo podría aspirar nuevamente después de un periodo de pausa. Sin embargo, lo que realmente está en juego no es la permanencia de un nombre, sino la continuidad de un proceso. Cartagena ha avanzado en educación, salud, infraestructura, seguridad y vivienda. La ciudadanía reconoce que la ciudad de hoy no es la misma de hace tres años, y ese reconocimiento se traduce en un clamor por estabilidad.
La clave está en que el próximo alcalde, elegido en 2027, asuma con visión de estadista y garantice que los proyectos en marcha no se detengan. Bogotá y Barranquilla son ejemplos de cómo la continuidad de políticas públicas durante 12 o 16 años puede transformar una ciudad. Cartagena merece ese mismo camino.
El reto, entonces, no es quién ocupa el Palacio de la Aduana, sino cómo se asegura que los planes trazados se conviertan en políticas de largo plazo. La ciudadanía debe elegir con criterio, pensando en líderes capaces de gerenciar y consolidar lo avanzado.
Cartagena está frente a una oportunidad histórica: convertir la gestión actual en el inicio de un ciclo de desarrollo sostenido. Si los próximos gobiernos mantienen la ruta, la ciudad podrá aspirar a convertirse en una verdadera “superciudad” del Caribe.
En conclusión, Cartagena se encuentra en un punto decisivo de su historia reciente: más allá de los nombres propios, lo que realmente importa es consolidar un proyecto de ciudad que trascienda los periodos de gobierno. La ciudadanía ha demostrado que valora los avances y que exige continuidad, lo cual es una señal de madurez política. Esa conciencia colectiva es el verdadero motor que puede garantizar que los logros no se pierdan en el vaivén de la política electoral.
De aquí en adelante, el reto será que los futuros alcaldes asuman con responsabilidad la tarea de mantener y perfeccionar lo que ya se ha construido. Si Cartagena logra encadenar administraciones con visión de largo plazo, podrá superar definitivamente las barreras históricas que la han frenado y convertirse en un referente de desarrollo urbano en el Caribe. La decisión está en manos de los ciudadanos: elegir líderes que no improvisen, sino que continúen el camino hacia una Cartagena moderna, justa y sostenible.
