Por Luis Adolfo Payares Altamiranda/AIPS/ACORD
En mi niñez, ver jugar a Brasil era asistir a una obra de arte. No importaba el rival ni el estadio. Bastaba que apareciera la camiseta amarilla para que el fútbol adquiriera otra dimensión. Tuve el privilegio de ver aquella inolvidable selección del Mundial de España 1982, quizá el mejor equipo que nunca levantó la Copa del Mundo, pero sí uno de los que dejó la huella más profunda en la historia de este deporte.
Aquel Brasil era una sinfonía futbolística. Bajo la dirección de Telê Santana, cada jugador parecía entender el juego como una expresión artística. En la portería estaba Waldir Peres; en defensa, Leandro, Oscar, Luizinho y Júnior; en la mitad del campo aparecía el talento inagotable de Falcão, Cerezo y Sócrates, mientras que en ataque deslumbraban Zico, Éder y Serginho Chulapa. Era un equipo que atacaba sin miedo, que privilegiaba la técnica sobre la fuerza y que convirtió cada partido en un espectáculo inolvidable.
Y para quienes crecimos viendo aquel Brasil, la admiración no era solo a través de la televisión: también bajaba a la calle, al polvo, a la cancha improvisada del barrio. En esos partidos de infancia, todos queríamos ser Zico, Sócrates o Júnior. Recuerdo que «el ñanso» decía que era Falcao, el chiqui adulaba a socrates y yo me creía Zico, con esa magia para tocar el balón. Cada tiro libre era una excusa para imitar a Zico; cada pase elegante llevaba algo de Sócrates; cada salida por la banda quería parecerse a Júnior. Eran los años en que Colombia ni siquiera aparecía con fuerza en el espectro del fútbol mundial, y por eso Brasil era nuestro espejo, nuestra escuela y nuestra fantasía. Era nuestro sueño.
Pero esa generación no nació de la nada. Era la continuidad de una tradición que había comenzado mucho antes con Pelé, el hombre que cambió para siempre la historia del fútbol. Con él, Brasil conquistó tres Copas del Mundo y enseñó al planeta que el balón podía tratarse con la delicadeza de un artista. Pelé fue el símbolo máximo de un país que hizo del fútbol una identidad nacional.
Después llegarían otras figuras inmensas. Roberto Dinamita, uno de los mayores goleadores de la historia del fútbol brasileño; Zico, considerado por muchos el heredero natural del talento de Pelé; Sócrates, elegante e inteligente; Falcão, dueño de un mediocampo magistral; Romário, letal en el área; Ronaldo Nazário, un fenómeno irrepetible; Ronaldinho, quien devolvió la sonrisa al fútbol; Kaká y muchos otros que hicieron de Brasil una referencia obligada para cualquier amante de este deporte.
Por eso resulta inevitable mirar con nostalgia el presente. El Brasil eliminado del Mundial de 2026 fue un equipo sin profundidad, sin creatividad y sin esa alegría que durante décadas definió al “jogo bonito”. La derrota significó mucho más que una eliminación deportiva: fue el reflejo de una selección que nunca logró imponer su identidad.
Lo más llamativo es que Brasil no cayó solo. También quedó eliminado Alemania, otro de los gigantes históricos del fútbol mundial. Entre ambos suman nueve títulos del mundo y durante décadas dominaron los grandes escenarios internacionales. Verlos despedirse antes de tiempo confirma que el fútbol vive un cambio generacional en el que la historia ya no garantiza el presente.
El Brasil actual posee jugadores talentosos, pero parece haber perdido aquella esencia colectiva que convirtió a sus selecciones en leyenda. La velocidad reemplazó muchas veces la imaginación; la táctica desplazó la improvisación; el fútbol físico terminó por imponerse sobre la fantasía que durante décadas enamoró al planeta.
Quienes tuvimos la fortuna de ver jugar a Pelé, a Roberto Dinamita, a Zico, a Sócrates o a Falcão sabemos que Brasil representaba mucho más que once futbolistas. Era una manera de entender el juego. Era el equipo que hacía que millones de personas, incluso fuera de sus fronteras, quisieran verlo jugar simplemente por el placer de disfrutar el fútbol.
Hoy esa magia parece dormida. Brasil seguirá siendo una potencia por su historia, por su talento y por la inmensa cantera que posee, pero recuperar el respeto mundial exigirá algo más que buenos jugadores. Tendrá que reencontrarse con aquella identidad que convirtió a la camiseta amarilla en el mayor símbolo del fútbol ofensivo, creativo y elegante. Porque mientras exista la memoria de Pelé y de aquella inolvidable selección de España 82, siempre habrá quien recuerde que hubo un tiempo en que Brasil no solo ganaba partidos: hacía que el mundo se enamorara del fútbol.
