Cartagena tiene un extraño talento: mover sus monumentos como si fueran fichas de ajedrez. Cristoba Colón y las Botas Viejas no se salvaron de esa manía. Igualmente, La India Catalina y el Pedro de Heredia también han sido reubicados varias veces, como si la ciudad no terminara de decidir dónde colocar sus símbolos. Cada traslado borra un poco de historia, pero también deja claro que Cartagena es una ciudad viva, que se reinventa y se mueve, aunque a veces olvide que sus monumentos son parte de su alma.
Pero detrás de ese ir y venir hay una historia que merece ser contada. Se hace menester detenernos en Las Botas Viejas que nacieron de la inspiración de Tito Lombana Piñérez, escultor de Río Frío, que en los años 50 leyó el poema A mi ciudad nativa de Luis Carlos López y entendió que los “zapatos viejos” de la metáfora debían ser botas, no simples zapatos. Su intuición fue brillante: las botas transmitían fuerza, identidad y memoria. Primero fueron de cemento, luego su hermano Héctor las fundió en bronce, y se convirtieron en símbolo urbano.
El monumento no era solo arte: era un punto de encuentro, un lugar de protesta, el sitio donde bloquear la entrada al centro significaba hacer escuchar la voz de la ciudad. Las Botas eran Cartagena en su esencia: caóticas, rebeldes, entrañables.
Con el tiempo, las trasladaron detrás del Cerro San Felipe, y el Rompoing que las acompañaba desapareció, como tantos otros. Pero hoy, la ciudad parece decidida a reconciliarse con su memoria. Se reinstaló la glorieta, hay diseños listos y la ciudadanía pide que las Botas regresen a su sitio original.
No es solo nostalgia. Es recuperar un símbolo que conecta pasado y futuro, protesta y turismo, identidad y modernidad. Las Botas Viejas no son un adorno; son un recordatorio de que Cartagena se construye con memoria, con poesía y con rebeldía.
La discusión sobre las Botas Viejas no es un simple capricho estético. Es un debate sobre la memoria colectiva y la manera en que Cartagena se reconoce a sí misma. Cada ciudad necesita símbolos que la definan, y las Botas cumplen ese papel con creces. Son un puente entre la poesía de Luis Carlos López y la vida cotidiana de los cartageneros, un recordatorio de que la identidad no se construye con obras faraónicas, sino con gestos sencillos que se vuelven eternos.
Además, su regreso al sitio original no solo sería un acto de justicia histórica, sino también una oportunidad para revitalizar el circuito turístico que conecta el Cerro San Felipe, el Reloj Floral y el corazón del centro histórico. Las Botas Viejas pueden convertirse en el punto de partida de un recorrido que combine cultura, memoria y atractivo urbano. Cartagena no necesita inventar nuevos íconos: basta con devolverle a la ciudad los que ya tiene y que nunca debieron irse.
Que vuelvan las Botas Viejas, y que vuelvan para quedarse.
