En estos días de recogimiento, la ciudad se convierte en un espejo de sus contradicciones. Mientras las iglesias se llenan de fieles que buscan paz interior, afuera se multiplica un fenómeno que erosiona la convivencia: el uso irresponsable de los micrófonos y las redes sociales para difamar, insultar y humillar.

El contraste entre la devoción aparente y la violencia verbal cotidiana plantea una pregunta incómoda: ¿es la oración un acto sincero de contrición o apenas un intento de “empatar” los pecados acumulados?
La proliferación de voces que se autoproclaman comunicadores, sin respeto por la ética ni la ley, ha dado lugar a lo que algunos llaman el “cartel de la calumnia”. Son personajes que, amparados en la libertad de expresión, olvidan que este derecho termina donde comienza el de los demás. Convertir el micrófono o ciertos portales en arma contra vecinos, gobernantes o incluso amigos, no es periodismo ni crítica legítima: es violencia simbólica que hiere tanto como la física.

El daño no se limita a quienes son atacados. La ciudad entera se ve afectada por la polarización, la desconfianza y el resentimiento que estas prácticas alimentan. Cuando se agrede a familias, se ridiculiza a mujeres o se humilla a ancianos, se fractura el tejido social y se degrada la dignidad colectiva. Cartagena, con su historia de resistencia y solidaridad, no merece ser escenario de esta degradación pública.

La Semana Santa ofrece una oportunidad de reflexión. Quienes han hecho de la injuria su oficio deberían preguntarse si la satisfacción momentánea de un “like” compensa el dolor que siembran. El arrepentimiento verdadero exige más que rezar: implica reconocer el daño, pedir perdón y comprometerse a no repetirlo. Solo así la oración se convierte en acto de transformación y no en simple ritual vacío.

Cartagena necesita recuperar la serenidad. La paz no vendrá de discursos altisonantes ni de insultos disfrazados de opinión, sino de un compromiso ciudadano con el respeto y la verdad. Que esta Semana Santa sea el inicio de un cambio: menos calumnia y más diálogo, menos odio y más solidaridad. Porque si queremos tranquilidad, debemos empezar por nosotros mismos.

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