En Colombia, el calendario electoral avanza con rapidez: tras las parlamentarias, se aproxima la elección presidencial y, sin haber llegado aún a esa cita, ya se habla de las próximas contiendas locales. Este ambiente ha generado una tensión creciente en distintos sectores, donde emergen nuevas oposiciones. Algunas con argumentos sólidos y propuestas estructuradas, otras reducidas a simples gestos de inmadurez política que poco aportan al debate ciudadano.
Lo preocupante es que ciertos actores han convertido la política en una cacería de nimiedades. Se exageran incidentes cotidianos —como un vigilante que llama la atención a alguien por dañar un jardín público, o una obra que requiere ajustes técnicos tras su entrega— y se transforman en supuestas pruebas de corrupción o incompetencia. Estos razonamientos, más emocionales que racionales, terminan por desinformar y distraer a la ciudadanía de lo verdaderamente importante: las propuestas de fondo.
La gestión pública, como cualquier proceso humano y técnico, está sujeta a correcciones y mejoras. Existen pólizas de estabilidad, contratos e interventorías precisamente para garantizar que las obras cumplan con estándares de calidad a lo largo del tiempo. Pretender que un desperfecto menor sea evidencia de robo o incapacidad es un argumento simplista que degrada el debate político.
Cartagena y el país necesitan campañas serias, con proyectos de gran alcance, con ideas que apunten al desarrollo urbano, social y económico. La ciudadanía no se beneficia de discursos que se limitan a señalar trivialidades, sino de propuestas que construyan futuro.
La política debe recuperar altura. No se trata de ser el más escandaloso en redes sociales ni de convertir cada detalle en un espectáculo. Se trata de demostrar capacidad, visión y compromiso con la ciudad y con el país. Los electores ya no se dejan seducir por la queja vacía: esperan soluciones reales, estructuradas y edificantes.
En conclusión, lo que está en juego no es quién grita más fuerte, sino quién tiene la capacidad de transformar con seriedad y responsabilidad. La política no puede seguir reducida a la caricatura de la queja; debe volver a ser el espacio de las grandes ideas.
