En Cartagena se ha levantado una ola de voces que exigen respeto hacia el exalcalde William Dau. Y claro, todo ser humano merece respeto. Pero la pregunta que no se hace la ciudad es: ¿quién le exige a él respeto?
Durante casi una década, Dau ha convertido la injuria y el insulto en práctica cotidiana. Funcionarios, ciudadanos, empresarios, líderes políticos: nadie ha escapado a su estilo de confrontación. No son pocos los fallos judiciales que lo han obligado a retractarse, ni los procesos abiertos por calumnia que aún cursan en distintas instancias. Sin embargo, la impunidad parece ser su escudo, y la costumbre su mejor aliada.
Hoy Cartagena se conmociona porque alguien le faltó al respeto en la Plaza de La Aduana. Pero ¿dónde estaban esas voces cuando él ofendía a todos? ¿Dónde estaba la indignación cuando, sin pruebas, vinculaba personas y empresas a supuestos actos de corrupción? ¿Dónde estaba la defensa de la dignidad ciudadana cuando sus palabras se convertían en condena pública?
La ciudad necesita un cambio profundo en sus valores éticos y en su cultura política. El respeto no puede ser selectivo ni condicionado. No puede exigirse solo cuando conviene, ni reservarse para quienes más lo han vulnerado. Cartagena merece un debate público basado en pruebas, en argumentos y en soluciones, no en ataques personales.
Respetar sí, siempre. Pero respetar a todos. Y exigir que quienes han hecho de la injuria su oficio también asuman la responsabilidad de cambiar. Porque la coherencia es el primer paso hacia la dignidad colectiva.

