Por Rubén Rodríguez
Irresponsable, despectiva y ofensiva fue la manera en que la Secretaria del Interior, Ana María González se referió recientemente a la gente que se gana la vida de la mejor manera en medio de la diversión nocturna a la que invita la ciudad de Cartagena. Siguiendo los pasos de su mentor, la funcionaria considera que con el insulto y la agresión logrará resolver el sustento de cientos de familias que aguardaron este mes de diciembre para recuperarse de una crítica situación que vienen afrontando.
Cuando a la ciudad no se le ha definido una vocación turística, en medio de este desorden administrativo, se considera que cualquier babosada se puede decir: – Que a Cartagena vienen los turistas a avistar aves -; – las mafias que se lucran con la rumba prostituyente -; en fin, una serie de calificativos o epitetos que en realidad no vienen al caso y que exponen al distrito a serias demandas por daños y perjuicios en favor de quienes piensan en hacer empresa y generar empleo en la ciudad.
Las normas y decretos que se tomaron, como siempre de espaldas al pueblo, denotan un claro desconocimiento del comportamiento de la ciudad. En algún momento tomaron como ejemplo o le indagaron al hijo del alcalde quién, si mal no estoy, tiene un restaurante ubicado en El Arsenal. Él seguramente les hubiera brindado la orientación precisa para dejar de estar pensando que con medidas tan absurdas como las que han tomado se supera la crisis de una ciudad en relación con sicariatos y la ola de inseguridad.Estoy seguro que el hjijo de William Dau les informa a qué hora comienzan a llegar los comensales a su restaurante y a qué hora comienzan a irse buscando la rumba nocturna.
Dejavu: a qué hora fue que salió la pareja de holandeses que, al parecer, murieron por intoxación y de la que aún no se ha resuelto, ni se ha dicho nada. Aún es la hora y los medios nos mantenemos expectantes por el pronunciamiento de las autoridades que sabemos no llegará.
La inquietud legal que salta a la vista es si la señora Ana María González estaría presuntamente prevaricando con el más reciente decreto que intenta reglamentar los horarios en el entendido que el anterior lo echó para atrás un juez. Al respecto y en diálogo con un eminente abogado de la ciudad, me asegura que posiblemente la funcionaria está incurriendo en un prevaricato toda vez que la ley no le permite a ella, ni a ningún funcionario, expedir una norma de condiciones similares a la que fue revocada por un juez. Es decir, y como conclusión, ella pretende jugar con la justicia.
Esto que ha pasado en la ciudad de Cartagena en plena temporada de diciembre y luego de una pandemia es más ni menos que una persecución de la administración. A alguien le están haciendo un favor. No se puede ir en detrimento de cientos de familias cartageneras por el simple hecho de tener un prejuicio en la cabeza.
Le recuerdo a la señora Ana María González que a William Dau no lo eligieron solamente con los votos del Centro Histórico y muy seguramente la gente de Asobares, Asprobares y los trabajadores de la economía informal y el sector turístico le pusieron votos porque vieron en él una alternativa positiva de gobierno.
Es frustante pero real, y hay que decirlo: Dau ha sido un tiro en el pie para los cartageneros.
