Por Danilo Contreras

En épocas de fake news toman fuerzas fenómenos que se sostienen en la candidez ciudadana, la ausencia de pensamiento crítico y el temor generalizado que está a la orden del día en un país violento y profundamente dividido como el nuestro.

Una de esas manifestaciones es denominada “profecía autocumplida” que el sociólogo Robert Merton definió así: “La profecía que se autorrealiza es, al principio, una definición ‘falsa’ de la situación, que despierta un nuevo comportamiento que hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva ‘verdadera’”.

La literatura no es ajena a esta fenomenología. García Márquez en uno de sus magistrales cuentos (Algo muy grave va a suceder en este pueblo) narra que una vieja madre que sirve el desayuno a sus hijos, preocupada, les dice repentinamente: “…he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo”.

Luego de eso se desatan eventos sin importancia real a los que los protagonistas dan relevancia inusitada sugestionados por el “presentimiento” de la vieja señora (una carambola fallida, el calor sofocante del pueblo, un pajarito que baja a la plaza vacía), los cuales se van volviendo pánico hasta que todos “huyen…como en un tremendo éxodo de guerra”. En medio de la escapada la vieja del “presentimiento” alcanza a decir: “Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca”.

Pues bien, el pasado domingo circularon profusamente en redes sociales, algunos audios en los que personas sin identificar anunciaban desmanes en el marco de las protestas de mototaxistas en contra de la administración Distrital y las disposiciones contenidas en el decreto 279 de 25 de febrero de este año que, entre otras medidas, restringe el tránsito de motos con parrillero a lo largo de la avenida Pedro de Heredia.

Hasta la noche del domingo, ninguna de las organizaciones de moto – trabajadores, que hace poco atendían una mesa de diálogo con el Distrito, habían hecho un pronunciamiento oficial. Pese a esta circunstancia, el alcalde William Dau, guiado por su afán narcisista y locuaz, y prescindiendo de la más mínima prudencia que es exigible de un mandatario en estos casos, salió a declarar en redes, fundamentado en los audios de procedencia desconocida, que se planeaban actos “terroristas” por parte de este numeroso grupo social de trabajadores informales.

Pese a lo anterior, el servicio de buses de Transcaribe empezó a operar normalmente, como perspicazmente lo anotó el comunicador social Juan Diego Perdomo en sus redes, quien cuestionó que, si la administración tenía serios indicios de actos “terroristas”, lo lógico era que desde la misma noche del domingo se declarará la suspensión del servicio y se sugiriera el trabajo virtual. Lo cierto y extraño es que la clarividencia del burgomaestre no le alcanzó para suspender la circulación de buses de Transcaribe desde las primeras horas del lunes.

Pues bien, algunos desadaptados le hicieron realidad los pronósticos de Dau vandalizando algunos buses de Transcaribe en acciones que deslegitiman la genuina motivación de la protesta.

La provocación del alcalde a los manifestantes y las medidas de restricción de movilización de los mototaxistas por la avenida Pedro de Heredia, sin alternativas de mitigación, han resultado ser un coctel nefasto, que entreabrió la caja de pandora de la bomba social en que se ha convertido Cartagena, por cuenta del hambre que padecen 7 de cada 10 conciudadanos, el desempleo, la exclusión y la estigmatización clasista que no dudo en calificar como “aporofobia” para seguir la terminología de la pensadora española Adela Cortina que define así la aversión por los pobres.

Un cúmulo de situaciones me hacen concluir que hay aporofobia en Cartagena y que, quien peores síntomas de la enfermedad presenta es el propio alcalde que prometió en campaña que no restringiría el parrillero en nuevas zonas de la ciudad porque “es discriminar contra el pobre que no tiene con que comprar un carro…”, tal como se constata en un video viral, para luego imponer restricciones sin ningún tipo de alternativas o políticas que ayuden a paliar el posible desmedro que puedan sufrir las economías de estos trabajadores informales.

Pero la sintomatología es mucho más alarmante. En chats particulares alcance a leer varias expresiones de ciudadanos que invitaban al linchamiento de los vándalos, o a “quemarlos vivos”. Debo decir que esa circunstancia me causó gran sobresalto, igual que la violencia en que degeneró una protesta que habría podido ser genuina y justa.  

Esas particularidades me llevan a concluir, que el tejido social de Cartagena esta completamente roto. Cartagena está profundamente dividida entre la “ciudad fantástica” que canta Carlos Vives y la “ciudad del hambre” que describen las estadísticas del DANE. Los de la ciudad que puede acceder a ciertos privilegios (o demasiados), no siente la más mínima empatía por la inmensa cantidad de personas que a duras penas sobrevive cotidianamente, entre quienes se cuentan los mototaxistas que en su abrumadora mayoría es gente honesta. Es más, esos habitantes de la “ciudad fantástica” no imaginan siquiera el drama diario de un padre o una madre bregando por la comida de los pelaos. Y si lo imaginan, todo indica que les interesa un comino. 

No en vano datos de la encuesta del programa Cartagena Como Vamos de noviembre del año anterior muestran que el 69% de los cartageneros NO respetan las normas de convivencia, solo el 17% de nuestros conciudadanos respeta a la población vulnerable, el 81% no participa de procesos ciudadanos, al tiempo que el 79% se siente inseguro en la ciudad. Esta es la radiografía del mal que padecemos.

Debo ratificar, como lo he dicho desde hace lustros, que el fenómeno social y económico del mototaxismo NO puede transitar hacia la legalización, pues en el fondo lo que hay es un problema de salud pública por su altísima accidentalidad, el cual, hace unos días se hizo patente de nuevo con la muerte de una joven profesional de la medicina y el conductor de la moto en que se transportaban, bajo las ruedas de una volqueta a la altura de la Bomba del Gallo.

Sin embargo, las soluciones a este fenómeno no pueden ser simplistas, autoritarias o demagógicas como lo pretende el alcalde Dau que cabalgó en su propuesta de campaña de dar vía libre al mototaxismo, y ahora se monta en las apariencias de una autoridad que en realidad es incapacidad y desconocimiento de la ciudad y su gente.

Hace un tiempo, el Distrito, mediando las luchas y las demandas ante los tribunales de parte de vendedores callejeros, esbozó una política de reconversión económica que entregaba capitales o relocalización a quienes abandonaban el espacio público. Ese rudimento de política, que no ha tenido constancia en su aplicación, ayudó a terminar la troncal de Transcaribe y a liberar centenares de metros cuadrados de espacio público en diversas zonas de la ciudad. Algo similar es posible con el mototaxismo si paralelamente hay un mejoramiento continuo del sistema de transporte masivo que le quite demanda a los mototrabajadores.

Debo confesar que fue tal mi ofuscación por el caos de la mañana del lunes, tanto el causado por las autoridades como el generado por los desadaptados, que mi decisión fue silenciar mis redes sociales como protesta contra la irresponsabilidad de un alcalde que en episodios precedentes invitaba y participaba en vías de hecho, y el despropósito de los vándalos. Ese silencio auto recetado me hace concluir que todos los estamentos de la ciudad deben hacer una profunda reflexión, a efectos de re – configurar, conjuntamente, unos mínimos de justicia para todos y todas, que nos permitan rescatar la convivencia perdida.

Esa reflexión debe incluir de manera especial al actual alcalde quien en mi concepto carece de las capacidades para intentar encontrar por si mismo, esos principios esenciales de justicia social, y debe extenderse a cada cartagenero a fin de recuperar la identidad, el sentido de pertenencia y la empatía por nuestros paisanos, en especial los más humildes.

A la hora en que finalizo esta nota, mi indignación de la mañana ha sido matizada por la racionalidad que me hace entender que rescatar la convivencia va a requerir de un esfuerzo paciente y prolongado de tolerancia y amor por Cartagena y sus gentes.

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