Por Danilo Contreras

La otra noche, caminando y conversando con mis hijos entre los inmensos edificios que cercan la Avenida Séptima de Bogotá que a veces estrecha sus aceras y a 12 grados de frío, ya a la altura del icónico “Parque de los hippies” que concentraba una protesta de jóvenes que incluía llantas quemadas, vino a mi mente una idea: “Las personas construyen ciudades que luego construyen a las personas”. No compartí esa reflexión con mis muchachos pues otro tema ocupaba nuestra charla.

Siempre he pensado en la gran capital bajo la alegoría de una “ciudad gótica” parecida a la de la saga de Batman, entre la grandeza de contener un verdadero país y la decadencia que le produce concentrar los persistentes males de la nación. El ciudadano en medio de aquella metrópoli es literalmente una hormiguita, o como dice la estrofa de un clásico de Dylan: “Un completo desconocido”, y eso puede tener ventajas o desventajas, dependiendo de la óptica de cada ciudadano o ciudadana.

Días después, volviendo sobre un autor recién descubierto, Jan Gehl, arquitecto y urbanista danés de gran fama por sus logros y conceptos, constate que mi idea de que las personas construyen ciudades y luego las ciudades a las personas, no era, obviamente, original sino que ya la había expresado el autor mencionado en alguna de sus conferencias y en su libro “Ciudades para la gente”.

El autor y el tema del libro me ha llamado mucho la atención y me invita a regresar sobre algunas inquietudes acerca del tipo de ciudad y de modelo de desarrollo que se construye en Cartagena.

Hoy, bajo el liderazgo del alcalde Dumek, caracterizado como ejecutor, Cartagena se ha propuesto edificar una “Superciudad”, un término sugestivo que apenas se va llenando de contenidos con una cascada de obras y programas que sin duda superan la inercia de administraciones procedentes.

Sin embargo, como mero ciudadano, ahora que he descubierto los planteamientos del gran Jan Gehl, me urge pensar si la “Superciudad” y la “Ciudad para la gente” idealizada por el urbanista danés, son la misma cosa; y no creo apresurarme al plantear que se trata de conceptos urbanos diametralmente opuestos por las breves razones que pasó a esbozar.

La “Superciudad” que ahora se construye con toda la legitimidad que le da al alcalde haber ganado con su propuesta de gobierno, corresponde al paradigma de desarrollo que hemos observado en Barranquilla, que a su vez quiere parecerse a Miami, lo cuál atiende a todo un cúmulo de valoraciones culturales entronizadas en el país, a las cuales no nos referiremos ahora.

El eje central de la materialización de tal conceptualización, es un crédito por algo así como $1.5 billones que fundamentalmente se invertirán en el denominado “Malecón del Mar” que servirá en esencia para vender turísticamente la ciudad y obras de infraestructura vial, como puentes e intercambiadores que se traducen en pavimento para facilitar la “vida de los vehículos” a los que aspira la emergente clase media local y por supuesto a los mototaxistas que sirven a su vez a una clase de condiciones más precarias pero que también sueña con un carrito.

Entonces el carro y el mercadeo turístico de la ciudad son la prioridades y los protagonistas de la Cartagena moderna, criterios donde la sostenibilidad ambiental y la resiliencia urbana ante el cambio climático palidece.

Frente a esa visión, Jan Gehl plantea una ciudad con metas distintas donde se privilegia al peatón en primer término, el uso de la bicicleta y el mejoramiento del transporte masivo con un protagonismo central de la construcción de nuevos espacios públicos en la ciudad de los “5 kilómetros” a la que alude el arquitecto danés como aquella que concentra y promueve los usos mixtos para el encuentro, la cercanía de los ciudadanos a los servicios urbanos y la construcción de inmuebles de máximo 5 pisos que es la altura hasta donde naturalmente alcanza la vista del transeúnte.

En ése orden de prioridades, obras tan colosales e importantes como las que se propone y seguramente ejecutará la actual administración, perderían centralidad si se considera que proyectos cómo el Plan Maestro de Drenajes Pluviales de la ciudad priorizado, podría tener la connotación de hacer más adaptables los entorno urbanos frente a las condiciones de cambio climático que ya se padecen y que se traducen en miseria y sufrimiento cíclico para los barrios más desamparados de Cartagena, al tiempo que tal proyecto podría convertirse en un programa de “regeneración urbana” que atraviese toda la ciudad haciendo de las orillas de los caños que hoy son verdaderas cloacas, espacios públicos amables con ciclovías arborizadas que inviten al encuentro y la conectividad entre las personas y las comunidades.

Una ciudad para la gente y la sostenibilidad ambiental concreta su ideal en el diseño y ejecución de un sistema de transporte masivo que zanje las falencias que ya demuestra Transcaribe que es un proyecto que le permitió avanzar a la ciudad pero que viene en franco deterioro.

No me atrevo a señalar cual de estas visiones es la que más conviene a nuestra entrañable patria chica, pero sin duda me inclinó por la “Ciudad para la gente” que ya funciona en metrópolis como Copenhague, Barcelona y ahora París con la alcaldesa Anne Hidalgo.

Lo ideal sería que una franca y abierta discusión ciudadana permita que lo bueno de ambos modelos se fusionará en una visión de largo plazo que hoy no existe.

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