Por Danilo Contreras

Carezco de toda experticia en el arte cinematográfico, para ser exacto, en cualquier otro; lo prosaico y atroz de lo cotidiano no da mucho espacio a sensiblerías.

Sin embargo, hace ya algunas semanas llamó mi atención la noticia de un premio otorgado en el Festival de Cannes a una película colombiana. Entendí, indagando un poco, que el galardón se otorgaba a una obra innovadora, y seguí especulando (sospechando tal vez) que era algo así como exaltar una película rara, de un país que seguramente les pareció raro a los jurados de aquel festival del primer mundo, como extraño es el protagonista y el nombre del film: “Un poeta”.

Una de estas tardes frías, de edificios que son como monstruos lúgubres, cierta soledad que se me impone y que a menudo disfruto entre las multitudes de esta ciudad grande, fue quebrada por la invitación a ver la película. En realidad no era sorpresivo el ofrecimiento, algo estaba anunciado por cuenta de algún comentario de mi parte sobre la cinta.

Los trancones nos impidieron verla desde el principio y los saldos incómodos de las primeras filas que nos deparaba el teatro me indicaron que el interés por esa película con título extravagante, quizás cursi, en un país de violentos y violencias incesantes, se encontraba con el de muchos otros anónimos, lo que también me pareció inusual, incluso sorprendente. No me detuve a entender si esa buena asistencia era fruto de un gran mercadeo, del esnobismo o, por el contrario, del aliento exiguo de sensibilidades ocultas; simplemente me sumergí en la saga estrafalaria del poeta, dispuesto a esforzarme por comprender algo de aquello.

El poeta no sabe escribir poemas, pero el mismo es la poesía. Su sonrisa ocasional, desproporcionada, anárquica, enmarcada por gafas miopes y maltrechas que encubren ojos llorones y caídos, es más una mueca que un gesto feliz. El poeta sufre un mundo particular que le pesa demasiado.

El poeta grita y corre desesperado, huye siempre, sin pausa, irremediablemente.

El poeta que evangeliza ebrio a otros borrachos malvivientes de peregrinas calles, es arrojado ahora, por cuenta de las obligaciones y los deberes, ante una parvada de adolescentes de escuela pública que no le entienden y que hacen de él su payaso; sigue tomando en las clases, como si el licor le facilitará aquellos mundos baladíes de rimas fallidas.

Ante aquella juventud tristemente condenada a una vida inane de consumos impuestos en una sociedad marcada por gustos y arquetipos traquetos, el poeta busca un espejo, un reflejo que le permita la mínima esperanza de un refugio. Clama atormentado: “¿Hay alguien aquí que valore la poesía o haya sentido la necesidad de escribir un verso?”. Entonces un milagro parece producirse. Los alumnos le denuncian que Yurleydis, (nombre poco poético y evidentemente brusco) una quinceañera demasiado rolliza para su edad, escribe poemas. El poeta la mira, perplejo y de inmediato decide salvarla y salvarse con ella…en ella.

Es muy tarde, Yurleydis escribe versos sin poder entender la poesía, es más, la desprecia como desprecia a los poetas. Quienes la rodean a diario han hecho bien su trabajo. El poeta también fracasa en su angustiado intento de rescate.

El poeta hostigado por la gente “normal” ya no quiere vivir, amenaza suicidio, carece de motivos para estar aquí…No le creen, le saben cobarde también, imposibilitado para infligir en su cuerpo el dolor supremo y postrero de la muerte. Entonces no encuentra otro remedio que dejarse rodar en lo absurdo.

El poeta no sabe escribir versos, pero el mismo es la poesía.

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