Por Rodolfo Díaz Wright

Con frecuencia he escuchado decir que cuando llegan los meses terminados en “Bre”, se acabó el año. Esto ocurre debido, probablemente, a que es en este momento, cuando las emisoras, comienzan a hacer propagandas de las Fiestas de Noviembre y de fin de año.

Efectivamente, se trata de unos anuncios con música pegajosa, que lleva ya muchos años siendo utilizada para estos fines y que, seguramente, tienen por objeto preparar el ambiente de fin de año, que, no se porque, pero siempre se supone alegre, festivo y relajado.

Conozco gente un poco exagerada que, desde ese momento, comienzan a hacer preparativos e instalaciones de los arreglos de navidad, entre ellos el gran maestro Alejandro Páez, quien, creo que tiene el record de ser, año tras año, quien primero arregla su casa y la llena de luces y elementos decorativos alusivos a la navidad. El defiende este presunto adelanto con un argumento peregrino, pero incontrovertible: “no se justifica tanto trabajo y tanto gasto, para tener que volver a desarmar y guardar todo a los 20 días”.

Hay otro bonche de cresperos, encabezados por el Tom Sawyer, más frívolos y mamadores de gallo, que sostienen que: “en Cartagena, desde que entra el mes de octubre, no se trabaja más”. Afirmación estrafalaria y folclórica que, anteriormente, comprendíamos relacionada, con esa sensación de víspera de fiestas, ese ambiente alegre, y esa proximidad de eventos, todos generadores de parranda, y de vacaciones que, uno tras otro, se iban sucediendo sin solución de continuidad, pero igualmente en los que todo se cerraba y dificultaba: semana de receso, Ángeles Somos, fiestas de noviembre, Día de las velitas, Navidad, año nuevo y fin de semana Reyes. Para una ciudad turística, súper visitada, rumbera y desordenada, esta sucesión de fiestas, efectivamente hacían creíble la afirmación de los guasones inmortales del campito de Crespo.

Conocí un grupito de recontra sinvergüenzas, liderados por un tal Gaviria, que pretendían pegar la fiesta de Reyes, con las Fiestas de la Virgen de la Candelaria de la Popa y de ahí dar un salto hacia los Carnavales de Quilla y la Semana Santa, para conformar un verdadero pandemónium infinito de recocha y diversión, en el que solo los espíritus mejor dotados y los bolsillos más pujuchos resistirían.

La verdad es que, de todos estos rasgos culturales de la costeñidad, el que más me convence y divierte, porque de alguna manera lo he vivido y presenciado como testigo de excepción, es el que dice que “en diciembre se bebe todos los días”: Por alguna extraña e inexplicable razón, el espíritu festivo llega a su punto máximo, la alegría se apodera de todos y no falta el conchudo que, siempre encuentra un motivo, una razón, una terraza y una buena música para armar el grupito y la gozadora de cada día.

Pero más de allá de las gratas recordaciones, lo cierto que, de estos tiempos felices ya poco queda: Primero, y sin saber como, apareció el famoso día de las brujitas, importación gringo – cachaca, sustentada en el comercio de disfraces y dulces, que acabo con una tradición cultural religiosa, de solidaridad y trabajo en equipo, que venía desde la colonia.  Después vinieron los aguaceros atravesados y las inundaciones de cada noviembre, que, además de traer tragedia e iniquidad, mermaban el espíritu y obligaban a aplazar y a veces hasta a cancelar cualquier actividad, para dedicarnos al rescate de los damnificados.

No hay que olvidarse de las famosas Fiestas de Noviembre, que en una época movilizaron a todo el país y que fueron un punto destacado en la agenda cultural y festiva interna y externa, y que han ido languideciendo a la sombra de unos extraños pero eficientes procesos negativos,  que incluyeron: las  luchas bizantinas entre académicos y directivos, al respecto de la historia y la celebración,  y la disputa feroz  de poderes, alrededor de la realización del Reinado Nacional de la Belleza, evento de alta categoría nacional e internacional, que siempre generó envidias, apetitos económicos y malquerencias.

Obviamente, se hizo evidente la pérdida obligada de interés de la ciudadanía, al desaparecer de la agenda el componente popular, reemplazado por unos festejos dietéticos y por la elitización y el alto costo de los eventos, ahora trasladados a exclusivos clubes y hoteles y, por último, la falta de una dirigencia activa y efectiva que, desde el mismo gobierno, liderara con firmeza el tema.

Las fiestas de Navidad y Año Nuevo, llamadas  y cantadas como la tradición del año, donde unos van alegres y otros van llorando, también se han visto afectadas en una ciudad turística y cosmopolita,  por el influjo seductor de las grandes fiestas, en los grandes hoteles, al mejor estilo europeo, en las que lo mejor del jet set criollo y extranjero, comparten con  los colados de siempre, mientras la gente de los barrios abandona la costumbre ancestral de celebrar en su terraza para, sentados en sillas Rímax, observar a la orilla del mar, las celebraciones luminosas de los poderosos.

Se ha vuelto repetitivo y aburridor, escuchar a nuestras autoridades decir que: “este año si vamos a rescatar las fiestas”, pero nada pasa. Creemos que esta es otra de las tareas importantes que, un próximo alcade serio y ubicado, deberá incluir en sus planes estratégicos y de desarrollo, para alegría de un pueblo escaldado por tantos malos ratos.

El Coronel solía decir que en diciembre daban ganas de sacarse un retrato. Ojalá y sea pronto, pero un retrato de verdad, no una selfie común y silvestre.

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