Por Danilo Contreras

Por cuenta de la lectura accidental de una nota del diario español La Vanguardia, me he topado con un personaje sin duda singular por la paradoja que implica su origen social y su militancia política, pero además por la originalidad de las tesis que propone en su último libro titulado “La democracia expansiva: O cómo ir superando el capitalismo”. Se trata de Nicolas Sartorius, aristócrata español de 85 años, hijo de condes, pero antifranquista, militante desde siempre del Partido Comunista de España.

La nota atrapó mi atención pues desde hace un tiempo me ocupa la inquietud sobre algunas tendencias sectarias que se imponen en este inédito periodo nacional en el que, inopinadamente, luego de una bestial persecución, arriba al poder una fuerza de izquierda proponiendo la idea de “un pacto histórico” para salir de la violencia y la injusticia.

La pregunta que me hago persistentemente es: Que tipo de izquierda es la que se necesita para impulsar transformaciones que perduren en el tiempo para que este país salga del desangre y el odio que nos ha sumido en el atraso y la injusticia? Serán los arquetipos de la izquierda del siglo XX, con sus revoluciones románticas pero violentas y demasiadas veces sectarias o, una versión crítica de lo que puede ser, aquí y ahora, una idea de democracia social o welfare state del siglo XXI, cuyos retos son distintos a los del siglo XX?

Sartorius, comunista consagrado, luego de un largo periplo vital que le convirtió en testigo de excepción del salvajismo de la peor de las conflagraciones que ha vivido la humanidad, como lo fue la segunda guerra mundial y la posterior recuperación europea, se la juega por la tesis según la cual existe un yerro histórico en la estrategia de combatir a ultranza el capitalismo, pues la alternativa que dio resultado ha sido la de superarlo, que no es lo mismo.

En efecto, Sartorius reflexionado sobre el fracaso del comunismo histórico de la Unión Soviética de Lenin y Stalin, o de la China de Mao, afirma que la segunda guerra mundial la ganaron los trabajadores europeos que lograron instaurar en la práctica las democracias sociales a través de los partidos socialdemócratas y demócrata cristianos que prohijaron el denominado Estado de Bienestar bajo las premisas de Justicia Fiscal y Seguridad Social; y encuentra en la derrota electoral de Churchill, una vez terminada la guerra, una prueba de su hipótesis.

Lo cierto es que coincido con que la retrospectiva que nos ofrecen 10 mil años de civilización alrededor de la agricultura y de las sociedades que se estructuraron a partir de ella, permite resaltar que la humanidad ha sido testigo de lo que los historiadores denominan “Golden Age” para referirse al periodo que va de la segunda posguerra hasta principios de los años 80 en la que florecieron los Estados de Bienestar o democracias sociales, en los cuales, bajo la filosofía de la razón critica que se opuso a la razón instrumental que hizo del conocimiento una herramienta de destrucción masiva, se imponen valores humanísticos como la solidaridad en oposición al egoísmo que es esencial para la pervivencia del capitalismo salvaje en el que solo prima la ganancia y la acumulación de la riqueza sin consideración a los más débiles.

En esa visión de defensa de la social democracia, el peculiar autor del libro reseñado parece coincidir con Thomas Piketty quien promueve la idea de la justicia fiscal y el bienestar social como principios que se arraigaron en países del norte de Europa, pero que lamentablemente no han sido debidamente adaptados, y adoptados, en otras latitudes.

Agrego que hay un elemento cultural y sociológico que permitió a esas sociedades, que hasta hace solo 200 años se caracterizaron por su permanente participación en guerras y violencias, transformarse e introducir como elemento esencial de su modelo de convivencia los valores de la solidaridad, la moderación y el principio de la igualdad entre los seres humanos, sin apegarse a los viejos arquetipos de los héroes liberadores y mesiánicos de las revoluciones violentas del siglo XX, como alternativa exclusiva de emancipación y justicia social.

Entiendo que, nos guste o no, la lucha de clases se encuentra en la base empírica de toda sociedad, pero también es claro que tales conflictos pueden enfrentarse de diversas maneras, incluso a través del concepto que nuevamente pone en boga la más reciente alocución presidencial, esto es, por medio de la acción comunicativa que pregonó Jürgen Habermas; con una salvedad: Si bien es cierto que la ausencia de comunicación es la violencia, como lo sostuvo en su reciente discurso el presidente Petro siguiendo al pensador alemán, la acción comunicativa implica entrar al debate entendiendo que existen otros puntos de vista frente a los cuales hay que esforzarse para presentar los “mejores argumentos” con la única finalidad de construir consensos. En ese escenario, el llamado al sectarismo NO tiene espacio para ninguno de los bandos del conflicto que es connatural a las sociedades. De la conducción de esa deliberación depende la consolidación y perduración de los liderazgos.

Aspiro a comprar el libro de Sartorius y que me atrape como la hipótesis resumida en la reseña del mismo.   

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