Por: Gloria Henry*

Los días van pasando y esta Pandemia pareciera que cada vez se mete más en nuestras vidas. Es como un lunar que hace parte de nuestra existencia, que se empecina en no dejarnos, y que cada vez se pone mas oscuro. Si, es un lunar que carcome la salud, la economía, el estilo de vida y hasta nuestras ganas de vivir.

En los últimos 4 meses los casos de suicidio y depresión en Colombia, han subido de manera exponencial. Según la ONU unos 256 millones de personas sufren de depresión en el mundo, y mas del 50% de estas, terminan tomando alguna vez, la decisión de quitarse la vida. Una cifra desalentadora, teniendo e cuenta que el confinamiento produce estrés, y claustrofobia, lo que puede ocasionar ataques de ansiedad, con lo cual las personas estén a un paso de tomar una decisión fatal:  acabar con su vida.

Cartagena no es la excepción: María Montenegro* era una mujer joven con muchas ganas de vivir, con un negocio prospero en el Centro de la heroica, con una economía sólida que le permitía darse el lujo de ir todos los años por un mes y medio, a un largo viaje por el mundo. Su negocio se lo permitía, pero en estos últimos 4 meses, su economía colapsó, sus ahorros sucumbieron y tuvo que  entregar el local, que con tanto esfuerzo mantuvo durante largos 20 años.

Llegó a Cartagena siendo muy joven, desde la ciudad de Medellín, y se estableció en el sector turístico del Centro Histórico. Allí arrendó un local y puso uno de los sitios de Rumba más reconocidos por los turistas del mundo, que llegaban al corralito de piedra. Se daba el lujo de exigir el pago solo  en  dólares en su sitio. Allí no llegaba un turista “limpio”. A su negocio llegaban actores de cine, estrellas de la televisión, cantantes y un crisol de personas del Jet-set mundial. María nunca ihubiera imaginado, que su final llegaría, en estos últimos cuatro meses. 

A partir del mes de mayo, al no generar ingresos, y ver que sus ahorros estaban llegando al final, María decidió hablar con el dueño del local para decirle que no estaba produciendo, y que no tenía plata. El dueño, de manera injusta, le dijo que a él no le importaba eso, que la pagara toda su plata. Entonces, le entregó al dueño, sus joyas, y todos los escasos pesos que le quedaban. Después de esto, María entró en una depresión profunda que terminó en un intento de suicidio, el cual afortunadamente se frustró, cuando una amiga llegó en el preciso momento en que estaba amarrando la cabuya para ahorcarse.

Esa amiga es la que les esta escribiendo ahora mismo, con un nudo en la garganta, al enterarse que su segunda decisión de suicidio, la de esta tarde, la dejó sin vida. María nunca obtuvo una ayuda de la alcaldía, tampoco del gobierno nacional, tampoco de los entes de salud del Distrito, mucho menos, su caso será registrado en algún periódico local. Su familia llegó de Medellín por tierra, y se llevó su cuerpo para poder enterrarlo en el lugar donde nació.

Así como María, muchos cartageneros viven enterrando sus sueños y se viven suicidando, porque no hay esperanza, una esperanza en este gobierno que cada día se deteriora más, sin un rumbo para reactivar la economía que vive en un 35% del turismo. 

Las proyecciones del Banco de la República para Cartagena no son nada alentadoras: se manifiesta en un estudio que la economía tendrá una contracción del PIB del 7%. Una cifra que ronda los miles y miles de millones de pesos, sin que se vea  hasta ahora, un plan de reactivación.

Como van las cosas, lo que habrá en esta ciudad será un suicidio colectivo, y el alcalde William Dau, será además recordado como el patrocinador egregio de este nuevo Jonestown.

*Humanista, comunicadora social periodista de la Universidad Autónoma de México, actualmente vive en Bogotá, estuvo en Cartagena hasta principios de julio.

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