Por Adalberto Yenery Sarmiento

Ya está bueno, se acabó. En esta oportunidad no voy a pasar por alto tantas y evidentes razones para decirte que, al igual que muchos me mientes. Hoy veo muy poca sinceridad en ti, en tus gestos, en ese injustificado secreto que te empeñas en guardar cuando te pregunto: ¿Cómo me ves?; ¿Qué piensas de mí?; ¿He cambiado para bien o para mal?; ¿Cuándo sonrío estoy mejor?; ¿Acaso empeoró?; tú respuesta para cada interrogante es la misma: el silencio.

Un silencio que en ocasiones acompañas con una mueca despectiva, una arqueada de cejas o en su defecto, una leve encogida de hombros. En fin, esa insistencia tuya de callar me lastima, me preocupa e incluso me llena de temor cuando no preciso en tu expresión el ensutiasmo de otras épocas. Esa complacencia que antes no dejaba lugar a dudas era espontánea, siempre firme, alegre, yo diría que hasta engreída y extravagante como yo. Pero te confieso sinceramente, los nervios me sobrecogen.

Me cuesta mucho aceptar plenamente, que esa silueta un tanto descompuesta que ahora colocas ante mí es nada más y nada menos que mi verdadero y real yo, detallado y reducido a ese marco que te limita y que al mismo tiempo te pide y aconseja no mentir jamás.

Razón tenía aquel que un día dijo: el mundo está bien hecho, cada uno vivimos a cumplir una función específica. La suya amigo espejo, es mostrame siempre como soy en verdad cada momento de mi vida.

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