EDITORIAL

La reciente situación vivida en Serena del Mar, sector de creciente desarrollo en la zona norte de Cartagena, ha puesto en evidencia una verdad que va más allá de la coyuntura: las ciudades inteligentes y sostenibles no se construyen solo con concreto y planos, sino con transparencia, articulación institucional y confianza ciudadana.

El incidente, derivado de la interrupción del servicio de agua potable y las preocupaciones sanitarias asociadas, pudo convertirse en una crisis sin salida. Sin embargo, la respuesta articulada entre Aguas de Cartagena, el Departamento Administrativo Distrital de Salud (DADIS), las administraciones de las copropiedades y la comunidad organizada permitió reconducir la situación hacia una ruta técnica y de solución estructural.

Desde el plano técnico, la claridad ofrecida por el desarrollador sobre la independencia y seguridad del diseño de las redes —acueducto a 1.5 metros de profundidad y alcantarillado entre 2 a 5 metros, con distancias horizontales de hasta 20 metros— despeja temores de contaminación cruzada. Más aún, la ausencia de interconexiones entre zonas críticas como La Reserva y el Gran Canal brinda una capa adicional de tranquilidad.

Pero más allá de los datos, lo valioso aquí es el mensaje: la comunidad organizada y empoderada puede exigir respuestas responsables, y las instituciones —cuando funcionan— deben garantizar acompañamiento, verificación y soluciones verificables. La reunión sostenida con el gerente de Aguas de Cartagena, Jhon Montoya, y el acompañamiento en campo del DADIS durante la reconexión del servicio, son señales de que la gobernanza participativa es posible y eficaz.

En lugar de quedarnos en la crítica, este episodio debe servir como punto de partida para revisar el modelo de crecimiento urbano en la ciudad. Serena del Mar es un proyecto que simboliza modernidad e innovación. Por ello, la exigencia ciudadana debe mantenerse vigilante, pero también propositiva: establecer protocolos de respuesta rápida, fortalecer los canales de comunicación entre entes operadores y residentes, y auditar preventivamente las redes ya instaladas en otros sectores.

Cartagena no puede darse el lujo de improvisar en el manejo de su infraestructura crítica. Lo sucedido en Serena del Mar no es un fracaso: es una oportunidad de oro para repensar el modelo de desarrollo urbano y comunitario que queremos construir. Un modelo donde cada emergencia se convierta en una lección, cada actor en un aliado, y cada residente en un protagonista activo de la ciudad que merecemos.

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