En los albores del marketing moderno, los expertos hablaban del Marketing Mix, esa combinación precisa de producto, precio, plaza y promoción que buscaba mover mercancías y conquistar mercados. Era un ejercicio de tangibilidad: vender algo que se pudiera tocar, oler, degustar. Sin embargo, en la política contemporánea —esa vitrina donde las emociones valen más que los argumentos— la mezcla ha mutado: hoy se vende ideología, identidad y fe.
La política moderna ya no compite por votos, sino por creencias. Los líderes no se presentan como administradores del bien común, sino como pastores de rebaños digitales. Y allí es donde el marketing político encontró su terreno más fértil: el de la emoción religiosa, esa energía intangible que toca fibras profundas y que, bien manipulada, puede convertir la fe en una poderosa herramienta de control.
Las campañas ya no se diseñan en función de la razón, sino del neuromarketing emocional. Las estrategias apelan al miedo, al odio y al sentimiento de pertenencia. La religión, usada como variable del nuevo marketing político, se ha convertido en el “producto estrella” de los discursos de ultraderecha. No se trata ya de convencer, sino de evangelizar políticamente. En este nuevo escenario, el político se disfraza de profeta, los templos se convierten en plataformas electorales y la Biblia en manual de propaganda. Los algoritmos de las redes sociales hacen el resto: segmentan, polarizan y repiten el mensaje hasta convertir la indignación en identidad. Así, la emoción religiosa se transforma en el “precio” que se paga por la fidelidad política.
Paradójicamente, quienes más usan el discurso de la fe son quienes menos practican sus valores. Se predica el amor, pero se promueve el odio; se invoca el perdón, pero se alienta la exclusión; se habla de verdad, pero se vende mentira. El “nuevo creyente político” no busca el reino de los cielos, sino el reino de su líder. Y la religión, que debería ser puente, se convierte en trinchera.
El marketing político contemporáneo ha entendido algo que los publicistas clásicos solo intuían: que las emociones no solo venden productos, sino también ideologías. Hoy, los estrategas no estudian consumidores, sino feligreses electorales; no analizan mercados, sino congregaciones de voto. La fe, que alguna vez fue refugio del alma, ahora se vende en formato hashtag, se reproduce en reels y se manipula con algoritmos. Y así, entre templos y tribunas, entre el púlpito y el podio, la política ha aprendido a hacer del odio su mejor herramienta de fidelización.
Porque en este nuevo marketing de lo intangible, el amor no da clicks, pero el odio sí da votos.

