Por Danilo Contreras
Los días que transcurren pueden resultar abrumadores para mucha gente anónima que
impotente observa el avance de expresiones de autoritarismo que el mundo no veía
desde los aciagos años del surgimiento del fascismo, el nazismo y el estalinismo a
principios del siglo XX. Esa perplejidad se ve alimentada en lo nacional por las
revelaciones que acreditan nuevos capítulos de la profunda e intrincada infiltración de la
mafia narcotraficante en los laberintos del poder político, económico y social, generando,
imagino, una sensación de desazón y nihilismo que a no pocos les haría exclamar como
las abuelas: “Este mundo está perdido”. Otros muchos, quizás demasiados, ni se dan por
enterados y plácidamente dejan que la corriente los arrastre.
Declaro que hago parte del primer grupo de ciudadanos de a pie y que trato de combatir
la sensación enajenante que producen ciertos hechos intentando dilucidar las causas que
los producen e imaginando alguna esperanza por la cual luchar.
En esta oportunidad mi reflexión parte de recientes investigaciones que revelan un inédito
protagonista de la historia mafiosa que ha contaminado el caudaloso torrente de la vida
nacional. Me refiero a las noticias que han sacado a la luz la importancia del sindicado
alias “papá pitufo” quien, según afirman las pesquisas, ha permeado las más altas esferas
del poder político y empresarial del país, al parecer, con impensables conexiones
internacionales.
Importantes testimonios narran maniobras de expresidentes como Andrés Pastrana e Iván
Duque, quienes de manera sospechosa, persiguieron al General (r) Juan Carlos Buitrago,
autor de múltiples denuncias sobre las andanzas de alias “papa pitufo”, señalado como el
zar del contrabando en Colombia. El asunto no queda allí pues también se han hecho
públicas declaraciones que dan cuenta de la aportación de recursos del cuestionado
personaje a la campaña del presidente Petro a través de otros cuestionados personajes a
los cuales no es del caso aludir ahora.
Estas novedades dan más fuerza a la hipótesis de la íntima y persistente vinculación del
narco con el poder político en Colombia, y en particular con sus presidentes y la cúpula
del poder.
Ya en otra nota compartí con mis contados y estoicos lectores el valioso “hallazgo” que ha
significado para mí la obra del economista e historiador Eduardo Sáenz Rovner, quien en
documentada investigación vertida en el libro “Conexión Colombia: Una historia del
narcotráfico entre los años 30 y los 90”, y en otros, da cuenta de la sinuosa o a veces
flagrante presencia de dineros del narcotráfico en la configuración del poder económico,
político y social del país.
La investigación de Eduardo Sáenz Revner está llena de sorpresas que permiten
descubrir el origen de las actuales turbulencias. Así por ejemplo, el profesor Sáenz es de
los primeros en revelar el contenido de archivos desclasificados de EE.UU. que probarían
que en el gobierno de Alfonso López Michelsen, los ministros Abraham Barón Valencia
(Defensa) y Oscar Montoya Montoya (Trabajo), estaban acusados de vínculos con el
narcotráfico, a lo que se suma la tenebrosa historia de la “…”ventana siniestra” del Banco
de la República que coincidió con la “bonanza marimbera” que tocó a tanta “gente de
bien” y que constituyó la intrusión masiva de la delincuencia en el ejercicio del poder del
Estado que aún perdura de diversas y perversas maneras…”. Sáenz cuenta además, que
en la secretaria de aquel ministerio del Trabajo, se desempeñó quien mucho tiempo
después fuera presidente de la República, el doctor Álvaro Uribe Vélez.
Con bases investigativas sólidas, el historiador Sáenz Revner cuenta que en la campaña
presidencial de 1978, el embajador de los Estados Unidos de apellido Ascencio, inquirió al
entonces candidato Julio Cesar Turbay por las informaciones que el gobierno gringo tenía
acerca de sus vinculaciones con el narcotráfico, a lo que el ex presidente respondió:
“…son calumnias de la oposición…más bien fíjese en Carlos Lleras…”, vale decir, el ex
presidente con quien Turbay se había disputado la candidatura presidencial por el Partido
Liberal del año 78.
En otras palabras, Turbay echó al agua a Lleras, de quien dijo que contaba con un
financiador muy rico, gran exportador de café, de apellido Gaviria González, quien se
desempeñó como cónsul de Colombia en Nueva York en los años 60, y a quien los
gringos le habían retirado la visa por denuncias que lo señalaban como narcotraficante.
De ñapa, Turbay le informó al diplomático estadounidense que en sus correrías políticas
por Santa Marta, el doctor Lleras echaba discursos desde el balcón de la residencia de un
conocido narco de aquella región.
Eduardo Sáenz Revner enfatiza al decir que estos datos no son chismes sino el resultado
de investigaciones en documentos desclasificados de los EE.UU.
Estas hipótesis históricas (para no arriesgarme a dejarlas sentadas como verdades
inapelables), cumplen un papel “modelador” de la cultura nacional y en consecuencia del
comportamiento individual de los ciudadanos, que poco a poco van legitimando conductas
que multiplican el carácter violento y transgresor que padecemos.
Zygmunt Bauman en su obra “Esbozos sobre la teoría de la cultura” sostiene que “La
cultura es una fuente de información, creada o prestada, pero siempre poseída por una
colectividad de personas que la transmiten, de unas a otras, mediante símbolos fijos para
ese grupo concreto…”, y agrega “…su función consiste en crear significados comunes, así
como los valores, las posiciones y las motivaciones asociadas a ellos, gracias a lo cual la
cultura puede participar de manera determinante en el proceso de creación de
sentimientos de unidad entre las personas que pertenecen a un grupo…”.
Ese conjunto de “significados comunes” que se convierten en símbolos, valores y
motivaciones para un grupo social pueden tener impactos positivos o negativos.
Así, verbigracia, podríamos pensar que cuando se habla de la “malicia indígena”, que
según reza el aforismo, es atributo de inteligencia de los colombianos, tal consideración
puede apreciarse como perspicacia digna de cultivarse, ora astucia que sirve a la
transgresión y el irrespeto con tal de obtener ganancias que la sociedad enaltece. El reino
del todo vale.
No es extraño encontrar entonces algunas opiniones de conciudadanos que califican de
estúpido al funcionario oficial que no se enriquece en el ejercicio del servicio público, pues
la cultura predominante considera que el nombramiento da patente de corso para el
enriquecimiento personal, a costa de lo que sea.
Estas manifestaciones tienen expresión tanto en lo político como en los fenómenos
económicos y sociales. Sin embargo, poco se habla de la función que tiene la cultura
“…en el papel modelador…” que favorece determinados procesos sociales, pero también
comportamientos particulares.
Un proyecto político que desconozca el rol fundamental de la transformación de la cultura,
será siempre una apuesta estéril a políticas públicas, reformas y/o leyes susceptibles de
ser burladas por el predominio de una “cultura traqueta” que ha laminado ese otro
aforismo colombianísimo: “…hecha la ley, hecha la trampa…”.

