La exclamación del título (atribuida a unos versos de Rafael Nuñez) ha sido lo primero que me ha venido a la mente luego de las primeras fiestas decembrinas pasadas por Covid 19 y luego de leer el editorial El Universal de hoy y la columna de un importante y respetado médico especialista de la ciudad en el mismo diario.

En un denodado esfuerzo de seguimiento realizado por Revista Metro, se constata que en los primeros 6 días de diciembre, en Cartagena se han reportado 2.264 contagios nuevos y 20 muertes por Covid 19. A la cifra anterior se suman 147 contagios y 3 fallecidos la víspera de la fiesta de las velitas y, 200 casos nuevos y 4 decesos el día 8 de los corrientes. El terror, nuevamente, se adueña de muchas almas en la ciudad.

El Alcalde Dau alcanzó a decir hace unos días que lamentaba las cifras y que reconocía que se habían descuidado. Se le abona la sinceridad, sin embargo no sorprende el desgreño que ya es una característica sobresaliente de la administración.

Entre tanto reaparece el Gerente Covid 19 para la ciudad de Cartagena, nombrado en gran medida, por el reclamo, incluso de los opositores de Dau, quienes señalando la incompetencia del gobierno distrital en su momento cifraron sus esperanzas en “un salvador” nombrado desde las altas cumbres capitalinas, distinto al “superhéroe” que es como se auto concibe nuestro burgomaestre. No puedo olvidar como, al inicio de la pandemia, el alcalde Dau apareció en las calles de barrios populares regañando incautos ciudadanos, señalándolos como pendejos y vistiendo una llamativa camiseta que rezaba con inocultable narcisismo: “Dau es la solución”. Hágame el favor.

Luego de un silencio que casi nadie había notado hasta que volvió a hablar, el Gerente Covid alcanzó a musitar que el gobierno distrital debería adoptar “medidas realmente efectivas” para evitar el incremento de contagios.

Sumemos a lo anterior el resurgimiento del argumento de la “indisciplina social” que es el estribillo recurrente con que autoridades y meros ciudadanos en redes suelen fustigar (y auto fustigarse) a la ciudadanía de la cual unos y otros hacen parte. Los primeros, esto es, las autoridades “competentes”, utilizando el cuento de la indisciplina para ocultar su propia incapacidad, y los otros, vale decir, ciudadanos comunes y silvestres, en trance de epidemiólogos, en un ataque de maniqueísmo que nos hace pensar que personalmente somos “los buenos”, en tanto que el resto de la cristiandad son “los malos”, mirando la paja en el ojo ajeno sin sentir la viga en el propio.

En ese confuso panorama, leo el editorial de hoy en El Universal, en el que destaco este aparte: “Nos faltó lógica para rechazar a tiempo que seriamos capaces de evitar lo que otros, más preparados y disciplinados, no pudieron…”. Y agrega: “Por eso hoy debemos tomar medidas a todo nivel siguiendo las recomendaciones de las sociedades científicas. A nivel familiar y personal, celebrar en casa solo con el grupo familiar más íntimo”.

Sin embargo, frente a las dramáticas admoniciones, el editorialista, a renglón seguido afirma que “Solo así podremos garantizar que Cartagena tenga una alta temporada turística sin el doloroso estigma de más muertes”, lo que en plata blanca es mandar a las calles a la gente.

Por su parte uno de los médicos más respetados de la ciudad afirma en su columna de la fecha que “Los rebrotes no se originan en la calle. Son las reuniones sociales, el contacto estrecho, sin protección, cuando nos reunimos para celebrar y mientras escanciamos alcohol y degustamos viandas con las mascarillas abajo y las copas y tenedores arriba, es allí donde pulula el virus y ocurre el contagio”.

A renglón seguido el doctor Carmelo Dueñas sostiene que “El alcalde podría tomar medidas drásticas, tal vez eficaces, pero mortales para una ciudad quebrada…”, lo que quizás erradamente interpreto, nuevamente, como mandarnos a las calles.

No hay duda de que la economía del capital y el consumo prevaleció sobre el valor de la vida y la salud. Nunca hubo un criterio de ponderación. Las presiones de los poderosos han podido más y ya hay muchos muertos que llorar y extrañar.

Entre tanto la destacada primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, ha sido consistente en una política que muestra a su país como uno que ha podido mitigar efectivamente el ataque de este tramposo virus. La BBC resume la noticia así: “El confinamiento a pocos días desde el primer caso confirmado, estrictas restricciones fronterizas, mensajes de salud efectivos y un agresivo programa de pruebas y rastreo fueron claves para la eliminación efectiva del virus del país”. Todas o casi todas, medidas que han brillado por su ausencia en nuestro amado corralito de piedra.

Insisto en que nos auto flagelamos con el manido argumento de la “indisciplina social” como si la cultura ciudadana fuese un asunto que se transforma por arte de magia o por cuenta de la orden del autócrata local o las admoniciones de ciudadanos que amanecieron como epidemiólogos; mientras que el cierre de la ciudad a principios de la pandemia no sirvió para prepararnos adecuadamente con camas, Ucis, dotación al personal médico o estructuración de equipos sanitarios haciendo medicina preventiva en los barrios, pues lo que sucedió fue que persistimos en el modelo de entregarnos en las manos de un perverso sistema privado de salud, dominado por los sultanes de las EPS a quienes el Ministro de Salud ha tenido que amenazar en junio pasado para que cumplieran su obligación de hacer pruebas entre la población.

El regaño no surtió efectos de largo plazo, pues quedo claro en las opacas cifras de la pandemia que manejan las autoridades nacionales y locales, que la baja de las cifras de la enfermedad en los meses de agosto y septiembre correspondió con la baja en la realización de pruebas conforme lo acreditan datos del Instituto Nacional de Salud que fueron recogidos por analistas independientes como el profesor y economista Camilo Rey.

A los ciudadanos, antes de acusar y señalar acusar con cierto tufillo maniqueo a sus paisanos, lo que les corresponde es autorregularse y, si es del caso criticar, que se haga con suficientes argumentos en vez de acudir a noticias, videos e imágenes de origen espurio. A las autoridades lo que les toca es clarificar y ejercer un liderazgo, en el sentido que entiendan es adecuado, pero siguiendo una política clara y consistente a efectos de que la ciudadanía pueda salir de este remolino en que estamos inmersos como corchos y sin quien nos saque a la orilla.     

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *