En el siglo XVII Thomas Hobbes dijo que el “hombre es lobo para el hombre” parafraseando una vieja locución latina. Y eso que no conoció a Cartagena de Indias. Ciudad de lobos.
Cartagena, la de las murallas, la del mar y los atardeceres de postal, es también la ciudad donde la máscara de la amabilidad cae con facilidad. Detrás del «mi amor», del «a la orden», del «vecino», se esconde muchas veces un profundo desprecio por el otro, sobre todo cuando ese otro no se parece a nosotros, no viste como nosotros, no huele como nosotros, no vive donde nosotros. En esta ciudad de castas no abolidas, el clasismo y la discriminación se camuflan de normas de convivencia, de «seguridad», de «buen gusto», o simplemente de la rancia costumbre de creerse mejor que el prójimo.
Y de ahí el título de este editorial.
El síndrome de Doña Florinda no es solo un chiste heredado del Chavo del 8. Es una metáfora precisa de un comportamiento social que se reproduce a diario: gente que se cree superior, que desprecia, que insulta al necesitado y que defiende con uñas y dientes su franja de privilegio, por pequeña que sea. La misma que grita “¡chusma, chusma!” mientras vive encerrada en un mundo de apariencias, prejuicios y miedo.
Pero volvamos a lo esencial.
La solidaridad, la humanidad, la colaboración no son adornos del lenguaje, son los pilares de cualquier sociedad que aspire a ser verdaderamente civilizada. Cuando vemos a personas migrantes, desplazadas, víctimas de la violencia o simplemente golpeadas por la vida, no podemos responder con la espalda. Nadie está exento del infortunio. Nadie sabe cuándo será su turno de pedir ayuda.
No se trata de abrir las puertas de par en par sin reglas. Se trata de tener empatía, de ponernos en los zapatos del otro. Porque lo que hoy rechazamos por origen o condición, mañana puede ser nuestro vecino, nuestro compañero, incluso nuestro salvador. La historia está llena de giros irónicos. Lo que hoy incomoda, mañana puede ser indispensable.
En Cartagena, donde muchos quieren parecer europeos en cuerpo y alma, pero tienen la piel y la historia del Caribe, urge un baño de humildad colectiva. Que seamos capaces de entender que el desarrollo de una ciudad no se mide solo en obras o turismo de lujo, sino en cómo trata a sus más vulnerables. Que no haya barrios de ciudadanos de primera y de quinta. Que no haya “los de allá” y “los de acá”. Que entendamos que una ciudad dividida está condenada al conflicto eterno.
Así que basta de actuar como Doña Florinda.

