Por Danilo Contreras Guzmán
Una erudita columna de Manuel Drezner del año que acaba de terminar, me revela el origen de la agorera frase “…quien no aprende las lecciones de la historia está condenado a repetirla…”, señalando como su autor al filósofo George Santayana, cuya obra desconozco, pese a que apruebo su máxima.
La cita sobre las lecciones de la historia viene a cuento por la vuelta al poder de Donald Trump, acontecimiento que pese a mi condición de mero colombiano, no deja de inquietarme considerando ciertas simetrías entre su nuevo ascenso al poder con el de Hitler, justamente en enero de 1933, cuando este último fue nombrado canciller de Alemania.
En efecto, esa primera coincidencia en el mes de la ascensión al poder, el alemán en la primera mitad del siglo XX y el rubicundo Trump en la primera mitad del siglo XXI, inaugura una cadena de paralelismos que me parece necesario no desestimar.
En sus tiempos Hitler reivindicó la necesidad del pueblo alemán de acceder a un nuevo “espacio vital” que implicaba también un “nuevo orden mundial”, cruzada en la cual obtuvo rápidos resultados con la anexión de Austria (anschluss) y Checoslovaquia en 1938. Trump, quizás emulando el antecedente histórico que pese a su aparente ausencia de erudición seguramente conoce, se propone la audaz apuesta de anexar a Canadá como un nuevo Estado de la Unión Americana, retomar el Canal de Panamá y apropiarse de Groenlandia que actualmente es un estado asociado al Reino de Dinamarca.
Igual que Hitler, la retórica Trumpista se apoya en un discurso racista que pregona la superioridad de los blancos, repudia la inmigración y, como si fuera poco, ambos, Hitler y Trump, comparten la condición de convictos, el primero encarcelado por intentar derrocar el gobierno alemán en 1923, y el segundo condenado recientemente por causas, digamos, más prosaicas.
Es difícil no encontrar coincidencias entre el incendio del Reichstag (edificio del Parlamento Alemán) de 1933, que no pocos atribuyen a los nazis, y la toma del capitolio de los Estados Unidos en enero de 2021 por turbas extremistas alentadas por Trump.
La historia ha documentado que grandes corporaciones capitalistas apoyaron a Hitler, antes y durante los aciagos años del régimen nazi; ahora, no se oculta al más silvestre internauta el decidido apoyo de los magnates de las nuevas tecnologías a Trump, que son los verdaderos dominadores del mundo globalizado contemporáneo.
El totalitarismo cuyos atributos categorizó Hannah Arendt en su obra clásica del siglo XX (Los orígenes del totalitarismo), es una doctrina personificada por Hitler y que al parecer Trump abraza con ladino entusiasmo, pues ambos personajes no ocultan su animadversión a la idea de democracia, preconizando el autoritarismo sin límites, así como el desprecio por las libertades y la noción de la igualdad, determinando la existencia de una casta superior predestinada al gobierno.
Ambos, Hitler y Trump, se sirven de la ira y la indignación irracional de las masas defraudadas por los dirigentes políticos tradicionales para empinarse en el poder y, ambos, además, son han sido histriones consumados.
La locura nacionalsocialista que de nuevo asoma sus fauces en Europa, instaló el infierno en la tierra con la II Guerra Mundial; hoy Trump se propone un nuevo orden geopolítico con imprevisibles consecuencias.
Estamos avisados y particularmente espero, que no solo los gobiernos, sino los ciudadanos que se precien de contar con el atributo de la reflexión crítica, se opongan en la medida de sus alcances a esta ola destructora de extremismos que amenaza a la humanidad, esta vez con la instrumentación a la mano de armas nucleares apocalípticas.
Por cierto, ya en Colombia, algunos personajes tienen el dudoso privilegio de haber sido invitados a la ceremonia de posesión del presidente norteamericano, lo cual nos da pistas de por donde corre el rio.
Depende del buen sentido colectivo que la historia no se repita pues las lecciones están reveladas.

