Por Danilo Contreras
A raíz de los desórdenes y destrozos de la final de la Copa América en la que resultaron implicados cientos de compatriotas, un reconocido medio de comunicación preguntó a sus oyentes si consideraban que el mal comportamiento de los paisanos en Miami era una especie de tara genética a la que estábamos irremediablemente condenados.
El interrogante me hizo arriesgar una reflexión que ahora resumo pero que está anunciada ya en el título de la nota.
Demos por descontado que el “asalto” al Hard Rock de Miami no es culpa de un ADN que nos determina inexorablemente como una especie de plaga bíblica. De hecho una simple googleada enseña que el género humano, sin consideración de raza o procedencia geográfica, comparte el 99.9% de información genética, de forma que ahí arrancamos desde el mismo punto con cualquier europeo, por ejemplo.
Entonces las causas del problema hay que buscarlas por otro lado. Así las cosas, expondré mi hipótesis sin dármelas de juez investido de la “moralina” de esos paisanos que suelen abusar de la hipocresía con aquella frase según la cuál “los buenos somos más”, incluyéndose primero el que la pronuncia.
Pues bien, dándole vueltas al asunto recordé que el filósofo Hans-Georg Gadamer sostenía que los seres humanos somos producto de nuestra tradición y que en tal sentido vivimos sumergidos en nuestra propia historia, la cuál determina, entre otras cosas la manera como enfrentamos e interpretamos el mundo.
Así, por regla general, actuamos atendiendo las circunstancias culturales en que se han desarrollado nuestras historias particulares que se entrelazan azarosamente con la elaboración de historias colectivas.
Bajo esta convicción, tal vez errada, he argumentado que nuestro ser nacional ha estado marcado durante las últimas 5 décadas por una cultura traqueta que ha perfilado el proceder de las élites económicas, políticas e incluso artísticas de la nación y se ha transmitido por complejo engranaje a todos los estratos, manifestándose en expresiones cotidianas insospechadas.
La cultura traqueta tiene como dogma sacar ventaja a cualquier costo y en casi cualquier circunstancia; privilegia los fines sobre los medios; siempre encuentra excusa para achacar los males a otros sin parar en la evaluación de la conducta propia; la plata, el arribismo, el consumismo y la ausencia de moderación gradúa de celebridades a los más groseros y violentos personajes. Es más, son éstos los que en buena medida dirigen el país, o determinan los arquetipos a que aspiran jóvenes y no tan jóvenes.
Pocos tienen la fortuna de escapar a esa especie de sino nacional que se hace patente en trajines cotidianos aparentemente irrelevantes como volarse un semáforo o irrespetar la fila en el banco, hasta llegar al proceder de las élites de gobierno que ven en su investidura la patente de corso para hacerse con el erario público en vez de poner por delante la vocación de servir: “Que roben pero que hagan” es la resignada frase que suele escucharse con demasiada frecuencia y que es prueba patética de la anomalía que exponemos.
La cultura traqueta nos cubre a todos, en mayor o menor medida, ora como víctimas o victimarios y nos cuesta vergüenzas y peor, demasiados muertos y violencias.
El origen del asunto parece bien documentado en varios estudios como el elaborado por el economista e historiador Eduardo Sáenz Rovner que en su obra “Conexión Colombia: una historia del narcotráfico entre los años 30 y los 90”, da cuenta de sucesos que marcaron profundamente nuestro talante patrio, entre los cuales está su referencia a los vínculos del narco con el poder desde la presidencia de Alfonso López Michelsen, en cuyo gobierno funcionó la denominada “ventana siniestra” del Banco de la República que coincidió con la “bonanza marimbera” que tocó a tanta “gente de bien” y que constituyó la intrusión masiva de la delincuencia en el ejercicio del poder del Estado que aún perdura de diversas y perversas maneras.
Finalizo sugiriendo que siendo como es la cultura traqueta un fenómeno sobreviniente, bien puede ser superada con una nueva manera de interpretar, asumir y transformar nuestras realidades. En nota anterior aludí al caso de las naciones escandinavas que hasta hace 200 años (poco en términos históricos) se destrozaban en guerras recurrentes para convertirse luego de una decisión colectiva, económica y política que fue consolidándose a partir de los años 30 del siglo XX, en las sociedades más prósperas y pacíficas que ha conocido la humanidad.
Para resolver un problema lo primero que toca es asumirlo para transformarlo, lo cual no se logra con un abracadabra, sino con persistente deseo de cambio personal y colectivo de generaciones, pero hay que empezar.

