Nagasaki no estaba en la lista de objetivos prioritarios.
Su topografía accidentada y la cercanía de un campo de prisioneros de guerra aliados, la convertían en un blanco secundario.
Entre los objetivos principales estaba Kokura, una ciudad con zonas industriales y urbanas en terrenos relativamente planos.
El día del ataque, sin embargo, Kokura estaba cubierta de bruma, según el reporte de los pilotos.
La tripulación tenía órdenes de elegir visualmente el objetivo que maximizara el alcance explosivo de la bomba.
Fue así que se desviaron a Nagasaki.
El bombardero Bockscar, un B-29 pilotado por el mayor Charles Sweeney, dejó caer la bomba Fat Man, que explotó a 500 metros sobre el suelo.
La bomba Fat Man estaba hecha de plutonio 239.
Era un material más fácil de conseguir y más eficiente, pero requería un mecanismo más complejo para utilizarlo.
El plutonio 239 no era puro. Esto podría causar una reacción en cadena prematura, con lo cual se perdería gran parte del potencial de la bomba.
Se usó un mecanismo de implosión, para activar la bomba antes de que ocurriera esa fisión espontánea.
Fat Man tenía una carga de 6 kilos de plutonio, pero se calcula que solo logró fisionarse 1 kilo.
Fue suficiente para liberar una energía equivalente a 21.000 toneladas de TNT. «El lugar se convirtió en un mar de fuego. Era el infierno. Cuerpos quemados, voces pidiendo ayuda desde edificios derrumbados, personas a quienes se les caían las entrañas…», recordaba en 2020 Sumiteru Taniguchi, sobreviviente de Nagasaki, en un evento conmemorativo durante el 70 aniversario del ataque.
La explosión fue más fuerte que la de Hiroshima, pero el terreno montañoso de Nagasaki, ubicada entre dos valles, limitó el área de destrucción.
En Nagasaki la bomba destruyó un área de 7,7 km2. Cerca del 40% de la ciudad quedó en ruinas.
«Había cientos de personas sufriendo en agonía, sin poder recibir ninguna atención médica», recordaba Terumi Tanaka, sobreviviente de Nagasaki y codirector de Nihon Hidankyo, durante la ceremonia del Nobel en 2024.
«Tengo la firme convicción de que, incluso en la guerra, no debió permitirse que se produjeran semejantes asesinatos y mutilaciones».
No existen cifras definitivas de cuántas personas murieron a causa de los bombardeos, ya sea por la explosión inmediata o en los meses siguientes debido a las heridas y los efectos de la radiación.
Los cálculos más conservadores estiman que para diciembre de 1945 unas 110.000 personas habían muerto en ambas ciudades.
Otros estudios afirman que la cifra total de víctimas, a finales de ese año, pudo ser más de 210.000.

