Por: Luis Adolfo Payares Altamiranda
Manuel Lozano Pineda es un personaje que parece estar hecho de música y calma. Su carácter pausado y metódico, con una serenidad que pocos poseen, lo distingue entre las multitudes. Al observarlo, da la impresión de que en su mente solo habitan notas musicales: jazz, soukus, champeta, ritmos caribeños que fluyen como el viento, moldeando su vida y esencia.
Nos conocimos en el colegio COMFENALCO, durante aquellos años de estudio que transcurrían entre libros, clases y recreos. Manuel no era el compañero más ruidoso ni el más travieso, pero su presencia destacaba por su calma y su actitud observadora, como si analizara cada momento a través de un lente musical. Curiosamente, nadie en el colegio lo llamaba Manuel ni Lozano, sino simplemente «El Chino», un apodo que surgió por sus ojos ligeramente rasgados y una melena abundante y rebelde, que con el tiempo ha cedido, dejando una alopecia incipiente, similar a la del Sr. Miyagi en Karate Kid.
«El Chino» no es solo un apodo simpático; es parte esencial de su identidad. A lo largo de los años, el nombre se ha fusionado con su alma artística. Quien lo conoce sabe que es un hombre profundamente entregado a la cultura y a la música. Gracias a su pasión ha hecho historia: es el creador del Festival Voces del Jazz, un evento que se ha convertido en un referente de la música en Cartagena. Sin embargo, no es solo el jazz lo que lo define. Aunque este género corre por sus venas, Manuel también ha sabido conectar con las raíces más profundas de la música del Caribe, creando un espacio donde el alma afrodescendiente se fusiona con el espíritu creativo y urbano de la champeta.
Recuerdo que fue Manuel Reyes Bolaños, nuestro profesor de español y literatura en el colegio, quien nos inculcó ese amor por la música del Caribe. Además, fuimos profundamente influenciados por el Festival del Mono Escobar y Paco de Onix, quienes también dejaron una marca en nuestro entendimiento musical.
Sin embargo, lo más admirable de Manuel no es solo su amor por la música caribeña y el jazz, sino su capacidad de mantener la calma en un mundo donde muchos pierden la compostura con facilidad. Jamás lo he visto enojado ni siquiera alterado. Siempre ha sido un hombre sereno, como si el ritmo pausado del jazz guiara cada una de sus reacciones. Mientras otros sucumben a la prisa y la ansiedad de la vida cotidiana, él parece moverse al compás de una melodía interna, dedicada exclusivamente a sus pasiones más puras.
Además de ser amante del jazz, Manuel es escritor. Ha plasmado su amor por la música y la cultura en varios libros, creando un legado literario que complementa su trabajo en la docencia. Su capacidad para transmitir conocimiento y pasión lo convierte en un referente tanto para sus colegas como para sus estudiantes.
Recientemente, Manuel fue sometido a una operación a corazón abierto, y parece que en su miocardio han sembrado la pasión eterna por el jazz y la música del Caribe. Él es un hombre que vive para crear, para compartir su amor por la cultura y para recordarnos, en cada acorde, que la vida, al igual que la música, tiene un ritmo propio que debemos aprender a escuchar.

