Por Luis Adolfo Payares
El proverbio “poner palos en las ruedas”, como recordaba el profesor Eduardo Pallarés y como ilustró Pieter Brueghel el Viejo en el siglo XVI en su óleo Los proverbios flamencos, simboliza esa práctica ruin de obstaculizar al otro, no con razones legítimas, sino con zancadillas disfrazadas de argumentos.
Cartagena, tristemente, ha hecho de este refrán un modo de vida. Aquí, quien intenta avanzar, inevitablemente tropieza con detractores que, más que ejercer una crítica sana, hacen del obstáculo un oficio. La ciudad parece vivir atrapada en una cultura de cangrejos: nadie tolera que el otro suba porque enseguida hay manos dispuestas a halarlo hacia abajo.
La historia lo confirma. Desde la Colonia, cuando las élites locales bloqueaban a quienes promovían reformas, hasta la República, donde incluso un presidente cartagenero como Rafael Núñez debió enfrentar la miopía de sus propios paisanos, la Heroica ha demostrado un extraño talento para torpedear a sus propios hijos. No se trata de crítica democrática, sino de sabotaje mezquino.
Hoy lo vemos de nuevo. Cada iniciativa de la administración de Dumek Turbay es recibida por una jauría de opositores que no buscan aportar, sino entorpecer. Alegan defectos, arman ruidos, levantan sospechas, y muchas veces sin sustento alguno. Lo hacen para figurar, para frenar o, peor aún, para esperar alguna ventaja personal. Y lo paradójico es que hablamos de un alcalde que ha impulsado un gran número de proyectos que no se veían en Cartagena hace más de 20 años: obras de infraestructura, programas sociales y apuestas culturales que estaban dormidas en el olvido.
Ese comportamiento de quienes ponen palos en la rueda no solo refleja egoísmo, sino un atraso cultural que mantiene a Cartagena rezagada frente a otras ciudades. Mientras Medellín se reinventa, mientras Barranquilla proyecta obras que transforman su identidad, en Cartagena seguimos ocupados en bloquear a quienes intentan gobernar. El resultado: proyectos que no avanzan al ritmo que deberían, oportunidades que se pierden y una ciudadanía cada vez más escéptica.
Esta nota no pretende blindar a ningún gobernante de la crítica. Al contrario, la crítica es indispensable. Pero debe ser seria, constructiva, responsable. El problema es que en Cartagena la crítica se ha degenerado en instrumento de chantaje y espectáculo. Esa práctica no construye ciudad: la destruye.
Cartagena no puede seguir siendo la ciudad de los cangrejos. Necesitamos que las energías que hoy se gastan en sabotear se conviertan en fuerza para empujar. Que la crítica deje de ser palo en la rueda y se convierta en luz en el camino. Solo así la Heroica podrá honrar su nombre y dejar de ser un escenario donde el progreso es siempre víctima de la mezquindad.

