EditorialEsova
En los últimos meses, la ciudad de Cartagena ha sido víctima de una oleada de mensajes negativos en redes sociales. Estos contenidos, que muchas veces se tornan virales, no solo generan ruido en el ámbito de las noticias nacionales, sino que también afectan profundamente la reputación de la ciudad. Lo preocupante es cómo las plataformas digitales se han convertido en herramientas para difundir odio, con el propósito de dañar a personas, empresas, e incluso a ciudades enteras.
En 2024, el número de usuarios de redes sociales en el mundo alcanzó la sorprendente cifra de 5.170 millones, un incremento del 89,4 % desde 2017. Este crecimiento exponencial demuestra la integración masiva de estas plataformas en nuestras vidas, conectando a millones de personas de diversas culturas y edades. Sin embargo, este fenómeno también ha dado lugar a un incremento preocupante de los llamados «haters» o detractores en línea, quienes se han convertido en protagonistas de dinámicas negativas que afectan la convivencia digital.
Los «haters» suelen destacar por su uso excesivo del sarcasmo, comentarios maliciosos y su incapacidad para ofrecer críticas constructivas. Estas personas buscan atención a costa del daño que pueden causar, disfrutando del caos y la discordia que generan. A menudo, se aprovechan del anonimato que brindan ciertas plataformas para actuar sin miedo a las consecuencias. Esta problemática no solo afecta a individuos, sino que también tiene un impacto en la percepción de comunidades y organizaciones.
En el caso de Cartagena, los mensajes de odio han estado dirigidos principalmente hacia la administración local, pero las repercusiones recaen sobre la ciudad misma. Temas como los precios inflados y la calidad de los servicios han sido distorsionados y viralizados, generando una imagen negativa que perjudica el turismo y la economía local. Según datos de la plataforma de inteligencia artificial Brand24, el incremento de mensajes negativos hacia la ciudad en el último año ha sido del 47 %, una cifra alarmante que subraya la magnitud del problema.
Aunque algunos de estos mensajes han sido confrontados por ciudadanos que invitan a presentar denuncias formales para que las autoridades actúen, muchos otros quedan como simples expresiones de odio, acumulándose en el espacio digital. Este tipo de dinámicas no solo dificulta el diálogo constructivo, sino que perpetúa una percepción equivocada de Cartagena, una ciudad que enfrenta múltiples desafíos pero que también está llena de oportunidades y belleza.
Es fundamental recordar que los «haters» no representan a la mayoría de los usuarios de redes sociales. Son una minoría ruidosa que busca desestabilizar. Combatir esta tendencia requiere un esfuerzo conjunto: los ciudadanos deben promover el uso responsable de las redes, las plataformas digitales deben mejorar sus sistemas de moderación, y las autoridades locales deben trabajar en soluciones que respondan de manera efectiva a las críticas fundamentadas.
En última instancia, es nuestra responsabilidad colectiva transformar el ecosistema digital en un espacio de diálogo y respeto, donde las diferencias de opinión puedan coexistir sin convertirse en ataques personales o campañas de desprestigio. Cartagena merece ser valorada por lo que realmente es: una ciudad llena de historia, cultura y potencial. No permitamos que los mensajes de odio definan su narrativa.

