Por Rodolfo Díaz Wright
Entendible que Dau haya quedado loco y tirando bastones de mando, después de las elecciones del 29 de octubre pasado. Y no es para menos: cuando solo le quedan 10 días de su descalabrado mandato, no alcanza a comprender en qué momento su archienemigo, la última persona que el hubiera imaginado, no solo ganó las elecciones, sino que le dio una paliza de padre y señor nuestro.
Fumando sin descanso, rumia su ardidera y se lame las heridas de la derrota, recordando esa fatídica tarde en que, en cada boletín de la registraduría, se consolidaba su gran fracaso como mandatario y la más humillante derrota de su vida.
Tras casi 5 años de cuidadosa y planificada ofensiva para desprestigiar y acabar política y personalmente al odiado enemigo, tras 5 años de denuncias, demandas, videos insultantes y calumniosos y papelitos pendejos, en tintas de colores, anunciando el fin del fantasma que lo atormentaba, este le clavó 160000 bastonazos y lo puso a pasar el amargo trago, disfrazándose de su verdugo o negándose, infantilmente, a entregar el mando que nunca supo para que era.
Después de escucharlo vociferar incoherencias durante todo su inútil periplo por la aduana, la ciudadanía cartagenera, sin distinciones de ninguna índole, le dio la razón a quienes, desde bien comenzado su mandato, vaticinaron que este sería un verdadero desastre. Muchos al responder, con las peores notas, las encuestas de percepción, se lamentaron de que no hubiera sido revocado o que uno de los entes de control no lo hubiese suspendido, desde bien temprano, para así evitar la debacle.
Después de prometer irrigar miles de millones en las comunidades, de acabar la corrupción mediante el uso de inteligencia artificial y de acabar con los que llamó en su momento malandrines, salió con el chorro de babas del saneamiento fiscal y de la ciudad nadando en plata, como si el saneamiento fiscal sirviera para darles trabajo y alimento a los cartageneros y confundiendo la plata con las basuras, los huecos en las vías, la prostitución y la inseguridad en las que realmente nada la ciudad.
Aunque se las pique de loco, es obvio que ya se dio cuenta que el contendor era muy fuerte para él y que, más la valía pasar de agache la mojosera que se le vino encima, desde el mismo día siguiente de la elección, cuando todos los sectores de la heroica se dirigieron a decirle al enemigo recién elegido, que comenzara a gobernar y se reunieron con él a decidir las nuevas estrategias de un gobierno de transformaciones y prosperidad.
Dentro de pocos días solo será un mal recuerdo, una anécdota, o de pronto el tema de un libro de desastres, que le recuerde a la ciudadanía lo que jamás podrá volver a ocurrir. No importa que le vaya bien, con tal que se vaya. No importa a que nuevos rumbos llegue, con su catadura de desquiciado, con tal de que desaparezca con su saladera y sus chistes malos.

