La noche de Halloween en Cartagena fue una prueba de fuego para la nueva estrategia de seguridad distrital. Y la ciudad la superó con creces.
Mientras miles de niños recorrían las calles con alegría y tranquilidad, algunos sectores se afanaban por sembrar dudas, reciclando videos de años anteriores para alimentar una narrativa de caos que nunca ocurrió. El deseo de ver fracasar a la administración distrital llevó a más de uno a esperar —con inquietante entusiasmo— que los moteros incumplieran el acuerdo pactado con el alcalde. Pero no fue así.
La realidad fue otra: los moteros cumplieron, la Policía y la Infantería de Marina blindaron la ciudad, y la ciudadanía respondió con responsabilidad. Cartagena vivió una noche segura, sin sobresaltos, donde la convivencia fue protagonista.
Este episodio reveló algo más profundo y que viene socavando a Cartagena: hay quienes prefieren el fracaso colectivo antes que el éxito institucional. Pero la ciudad no se dejó arrastrar por ese ruido. Apostó por la confianza, por el trabajo articulado, por la paz.
Hoy, más que celebrar una estrategia que funcionó, se debe reflexionar sobre el papel que cada uno juega en la construcción de una ciudad mejor. Porque cuando el deseo de caos se estrella contra la realidad de la seguridad, lo que emerge es una Cartagena más fuerte, más unida, más consciente de su poder ciudadano.

