Por: Danilo Contreras

La última nota que cometí tiene como epílogo la siguiente cita: “Los comuneros se levantaron “hasta que por fin se firmaron las llamadas capitulaciones de Zipaquirá. El gobierno cedía en todo, bajaba los impuestos, nombraba a Berbeo corregidor de la nueva provincia de El Socorro y dictaba un indulto general para los insurrectos. A continuación, el ejercito comunero se disolvió como una nube y cada cual se fue a su casa…pero de inmediato…el virrey Flórez repudió el acuerdo y…los cabecillas de la revuelta fueron apresados”. José Antonio Galán fue descuartizado y “se ordenó sembrar de sal el solar de su casa en Charalá después de demolerla. Pero no se pudo. Se encontró que José Antonio Galán no tenía casa”. Antonio Caballero. Historia de Colombia y sus oligarquías.

Suelo compartir estas ideas en mis redes sociales a efectos de que algunos de sus escasos lectores puedan aprobar o controvertir las proposiciones que expongo. Creo firmemente que la deliberación es la esencia de la democracia y encuentro que ese puede ser un humilde aporte a esa causa.

En esa dinámica una buena amiga fulmino la referida columna que colgué en mi muro de Facebook aduciendo que más bien hiciera referencia a Pablo Escobar para explicar la degeneración de quienes protestan, a lo que agregó, con inocultable sinceridad, que no sabia quien era “ese men”, imagino que aludiendo al comunero José Antonio Galán. Confieso que, un poco intimidado, solo atiné a responderle que en cuanto al narcotraficante citado no había ya mucho que leer o investigar pues bastaba una de tantas series que fatigan los medios de comunicación. Amablemente, la comentarista me sugirió 2 series que por supuesto no veré.

Pero este no es el asunto neurálgico de esta columna: El asunto es la traición al prócer comunero que parece repetirse en la historia, con impúdica constancia y sevicia.

Ese símil histórico está motivado por hechos que han sido noticias en estos días. Veamos, pues puedo estar equivocado.

Hace unos días se conoció un video en el que el ex presidente Cesar Gaviria se deshacía en improperios contra el presidente Duque e incluso contra su colega el ex presidente Uribe, al punto que articulista María Isabel Rueda, caracterizada por su obsecuencia con los poderosos, le llamó “energúmeno”. Imagino que la fingida exaltación era para mostrarse del lado de las causas populares; no quiero pensar que las motivaciones de la ira santa del doctor Gaviria haya sido que no se le considerará en los réditos económicos o burocráticos que conlleva toda reforma de “solidaridad social sostenible”.

A los pocos días se supo que don Cesar Gaviria, había estado conversando amablemente con su colega Álvaro Uribe, desde luego con el distanciamiento sanitario que ofrece una cómoda llamada a celular, y se supo además que esa llamada provocó una inopinada “patraciada” informada a los cuatro vientos por ese órgano oficial que es la Revista Semana. Gaviria dijo que Uribe había hecho grandes esfuerzos para que Duque no incurriera en el error de presentar, como presentó, la tributaria que fue el pábulo de las desgracias que lamentamos estos días.

Lo dijo con el cínismo que caracteriza a los padres de esta patria mancillada, como creyéndonos estúpidos que desconociéramos quien manda en verdad en Casa de “Nari”. Desde ese momento las sospechas sobre la sinceridad de la iracundia inicial de Cesar Gaviria, revelaron la maquiavélica intención de los privilegiados para seguir jodiendo a la nación.

El colorario de esta saga que ha tenido lugar en una semana o menos, ha sido el respaldo que finalmente el Doctor Gaviria ha salido a ofrecer al gobierno que en términos prácticos NO ha retirado su reforma tributaria retrograda, sino que ha hecho el parampampam para recomponer mayorías en el congreso para persistir en las perversas cargas que seguirán padeciendo los pobres y las clases medias devastadas por la pandemia para sostener los infames privilegios y exenciones de los superricos de este país que son el poder detrás del poder de presidentes y ex presidentes.

No pude evitar, con sustento en estos episodios, el símil histórico de la traición al prócer comunero José Antonio Galán, traicionado por sus correligionarios y por el virrey Flórez.

Es posible que mi amiga de Facebook acribille de nuevo estas ideas, alegando que toda esta agitación es el producto de la estupidez y la degeneración de vándalos en las calles y que me invite de nuevo a ver una edificante serie de don Pablo para interpretar la protesta en las calles; sin embargo, tendré que arriesgarme a decirle que prefiero otro tipo de próceres y que las series de Escobar me causan nauseas. 

Una buena parte del pueblo conoce la historia y la receta que acostumbradamente aplican las élites ante el descontento popular. El asunto estará en saber si seguimos de incautos, mordiendo el anzuelo.

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