Se puede separar Shakira de Piqué. Jennifer López puede anunciar que se separa una vez más. Lo que no se puede permitir jamás, y se convierte en un imperativo, es el divorcio de un matrimonio que por años nos ha acompañado en la Costa Caribe: el del bollo de mazorca con queso.


Esta boda casi siempre tiene lugar a la misma hora. Suele ser en la mañana acompañada por un testigo fiel que sirve para dar certeza de que la unión se consolide: el café con leche. Y de no ser en la mañana, los vendedores en horas de la tarde con un pregón que es escuchado en el último de los rincones del barrio, anuncian que traen una gran boda sobre sus hombros.

A las 4 o 4:30, arrecia la fatiga, salen calientes y humeantes de los baldes blancos casi que desfilando. El bollero toma su cuchillo y con la sapiencia de los años lo abren por la mitad y en el medio llega el mejor de los acompañantes: el queso.

Aquella delicia se funde en la boca y suele llegar oportuno como uno de los mejores manjares del mundo para cualquier costeño. Rosario Pereira, habitante de Arjona, asegura que la tradición del bollo la aprendió de sus ancestros y hoy día se ha consolidado como una empresa familiar con la que se sostienen.

La lucha no da tregua para más de 200 familias que en Arjona derivan su sustento de estos amasijos. Desde el día anterior está listo el maíz y los preparativos que se necesitan. El trabajo comienza desde muy temprano y a su preparación se integra toda la familia. Cuando un delicioso aroma de maíz invade las casas es porque los bollos están anunciando que están listos. Todo se consumará. Solo resta esperar que llegue entonces el compañero ideal vestido de blanco.

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