Por Danilo contreras

En un arduo pero prescindible debate que sostuve en una de estás redes sociales con un buen amigo, hace un par de semanas quizás, motivado por una nota en la que incurrí luego de la lectura del libro “El presidente que no fue”, en el que, Olga Lucía González, hace un acercamiento a la figura de Jorge Eliecer Gaitán que califique como “la minuciosa destrucción de un mito”, mi interlocutor me reclamó alegando un propósito velado de lo que llamó “élites”, refiriéndose seguramente a la autora, para dañar la imagen de “nuestro cholo”, con el “claro propósito de desestabilizar “.

La hiperbólica riposta que en términos prácticos me hizo tirar la toalla en aquel momento, provocó que instantes después meditara sobre las dificultades que plantea la transformación de la cultura y el papel que juegan las mitologías en la idiosincrasia nacional.

Borges, con quién sostengo un diálogo, digamos mayéutico, en el que en condición de mero e ignorante lector planteó frecuentes dudas sobre las que el autor, con la paciencia que ofrece la eternidad a quienes han muerto, me propone una página, o tal vez una línea, de un cuento o ensayo, en la que suelo encontrar pistas a mis inquietudes, me mostró, con una de sus variadas e ingeniosas conjeturas, la estrecha y a veces torcida vinculación que existe entre la historia y las mitologías.

Su planteamiento es que la historia bien puede ser fuente de verdades que iluminen el presente de los mortales, pero a menudo la historia no es más que la parcializada interpretación de aquél que la aborda, a lo que agregaría un defecto que consiste en que la hermenéutica que aplica quien indaga en la historiografía, está pervertida, ab initio, por cuenta de quién la escribe atendiendo intereses, “oficiales” y/o “políticos”. Justo allí radica la dificultad de asumir el estudio de los hechos del pasado para intentar deducir una que otra lección para el presente que fatigamos.

El dilatado preámbulo quizás sirva para volver sobre algunas impresiones sobre la experiencia que desde hace algunos meses me ha sobrevenido cómo anónimo y efímero ciudadano de la capital del país, lo cuál me ha inducido algunas especulaciones acerca de la cultura que, como un caldo de cultivo, determina las pasiones que impiden un mejor discurrir de la vida nacional.

Empiezo por proponer un presupuesto que podría exonerarme por algún malentendido: Bogotá es una gran ciudad del mundo, a su manera, pero lo es, y por serlo alberga en su seno muchas ciudades y muchas poblaciones especialmente diversas. Justo en eso radica su encanto y al mismo tiempo su penitencia. Penitencia que intuyo al detallar, desde la ventana de un Transmilenio o caminando la séptima, las paredes erizadas, despiadada y desesperadamente, por grafitis que a mi modo de ver expresan un desgarramiento profundo causado por la violencia nacional: cráneos con agujeros en la sien, figuras demoníacas, consignas que proponen la muerte de tal o cual bando ideológico, denuncia por los desaparecidos, son formas y especies persistentes que podrían revelar el estado de lo que Carl Jung denominaba “inconsciente colectivo“, que alude a la psique profunda de una sociedad marcada por arquetipos y paradigmas que invitan, en nuestro caso, a “pasiones tristes”.

Justo aquí, en la capital donde reside el poder que ha violentado el devenir de la nación y donde recalan multitudes que huyen de la violencia de los territorios, es donde se fermentan las mitologías escritas por quiénes luchan por mantener sus privilegios, heredados o adquiridos en algún giro de nuestra endeble democracia.

Este año es memorable por la conmemoración de algunos de esos episodios que han marcado la historia nacional y la de Bogotá en particular; menciono tres: Los cuarenta años del abominable holocausto del Palacio de Justicia que nos demuestra que las heridas provocadas por aquél asalto aún sangran; la tragedia de Armero que probó la desconexión, o mejor, el desprecio del poder central por la suerte de los territorios, incluso en la hora de las peores contingencias, y por último, una tragedia más íntima y horripilante que padeció la ciudad: La masacre de Pozzeto, ocurrida el 4 de diciembre hace 39 años.

Sobre los dos primeros acontecimientos infaustos solo diré que es justamente en el acercamiento que la gente común haga a esas fatalidades, no cómo mitologías que alientan sueños revolucionarios de militantes de retaguardia, para usar un giro borgiano, sino cómo reflexión que se esfuerce por la objetividad, hasta donde está sea posible, y como valentía para ver cara a cara la verdad, contrastando hechos e intentando conclusiones autónomas que trasciendan los juicios mesiánicos o los intereses “oficiales” del poder establecido, cómo podemos tomar conciencia de la epidemia de violencia que padecemos y profesamos, pues solo asumiendo esa realidad podremos iniciar un camino nuevo.

No obstante, me detendré un poco más en los hechos de Pozzeto, desde luego abordando el asunto con mi particular sensibilidad.

Diariamente transito, en la mañana temprano y en la tarde noche desde mi sitio de residencia hacia mi lugar de trabajo y viceversa, por toda la séptima que es una de las arterias más emblemáticas de Bogotá. En ese discurrir no escapa a la vista la disímil arquitectura que combina edificios hechos para la explotación comercial con inmuebles tradicionales que hablan de una ciudad más vieja y clásica, con el rasgo generalizado de la expresión urbana de los grafitis que inundan la mayoría de sus paredes.

Pues bien, un par de eso inmuebles abandonados que han llamado mi atención, corresponden a edificaciones en las que Campo Elías Delgado, un anodino y solitario habitante de la capital, cometió los asesinatos que se convirtieron en masacre. Sólo vine a comprobar la ubicación geográfica de esos predios por cuenta de una serie recién estrenada sobre el caso, pero, sin duda, algo lúgubre percibía al transitar por esas zonas.

Campo Elías Delgado es la expresión extrema de la soledad desesperada y deshumanizada de un desarraigado que sometido a la guerra (participó en el conflicto de Vietnam) a causa de la destrucción de la vida familiar, no encuentra posibilidades de restauración, ni siquiera en una metrópoli que teóricamente favorece las oportunidades.

También resulta ser una significativa coincidencia que un par de cuadras más adelante, transitando hacia el norte, después del sitio en el que funcionó el restaurante Pozzeto, escenario de la matanza, tienen sede los tribunales de la Jurisdicción Especial para la Paz, JEP, que ha tenido la virtud de revelar al país muchas verdades que duelen, avergüenzan y que en muchas ocasiones no se quieren reconocer con tal de mantener la comodidad de las mitologías construidas desde el poder.

En las postrimerías del año no podía dejar de compartir el estremecimiento que me causa el doloroso e inacabado desgarramiento que palmo a palmo se manifiesta con la agresividad y la espontaneidad de quien sufre, en esta gran capital.

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