Por Rubén Rodríguez

El 14 de junio, a las 3:05 de la tarde, me vacuné. Un grupo de 17 mujeres laboran en el Hospital Local de Turbaco y, al igual que las hormigas, sin descanso, se mueven de un lugar a otro con cavas, jeringas, algodones y todos los requerimientos que se hacen necesarios para que esta población bolivarense supere el porcentaje de personas vacunadas y podamos llegar a la tan anhelada inmunidad de rebaño.


La tensión era total, porque ese día, a través de las redes sociales, se hizo viral un llamado para que las personas entre 45 y 49 años llegaran al centro asistencial y lograran recibir la primera dosis de la vacuna de Pfizer. Pensé que, tal vez aguardando la hora del almuerzo, estaría solo el centro asistencial y lograría mi objetivo.

Sin embargo, la gran sorpresa fue que cientos de personas acudieron al llamado buscando la vacuna. Con dos copias de la cédula en la mano se anunciaba que eran solo 300 cupos para este margen de la población. Me correspondió en suerte el 166.
Luego de una espera por más de dos horas, me acogió en un pequeño consultorio una mujer, quien, con sus manos de Bengay, intentaba decirme como aquella canción de Juan Luis Guerra, “El Niágara en bicicleta’: “Tranquilo Boby, tranquilo”. Y me insistía: “El puyazo no duele y es algo muy rápido”.

Estaba frío. Mis manos sudaban y me fui poniendo blanco, como bola de naftalina. Miraba a todos lados, tratando de buscar consuelo en aquellos que salían con su mano derecha puesta en su brazo izquierdo. Eran aquellos turbaqueros que llegaban con la intención de hacerle frente a una pandemia que nos ha tenido azotados y que no ha dado tregua con en este tercer pico de la pandemia.

En medio de esta crítica situación he visto cómo han fallecido en las urgencias amigos, compañeros y personas que aguardan una atención en una Unidad de Cuidados Intensivos y que, infortunadamente, continúan colapsadas.

Ana Acuña, una auxiliar de enfermería de 26 años, sacó de la cava la vacuna y, con una gran experiencia y maestría, lo pasó rápidamente a la jeringa. Su sonrisa angelical y su amabilidad no fueron bien aceptadas por una cobardía que me embargaba. La camisa manga corta que llevaba puesta se me atoró, y no lograba desabotonarla.

Las mujeres que allí estaban me amenazaron diciéndome entonces que afuera, en los pasillos, había un fotógrafo del diario El Universal. Tal vez por pena de que entrara Julio Castaño a ver lo que estaba pasando en aquel consultorio, accedí entonces a que esa mujer me puyara el brazo. Fueron los más largos tres segundos de mi vida.

Y, tal vez por esa corta relación, nunca comprendí ni pude ver en aquella auxiliar que me vacunó la calidad de ser humano que había en su interior. Una mujer que labora en el hospital desde hace 11 meses, que reside en el barrio El Rosario, que es felizmente casada y que tiene dos hijos.

Hoy, desde este espacio, les brindo un merecido reconocimiento a estas mujeres que salen desde muy temprano a cumplir una jornada extenuante de vacunación, desde las 7:30 de la mañana hasta las 4 de la tarde. Superando, incluso, las difíciles pruebas de tener que lidiar con pacientes tan cobardes como quien escribe estas palabras. Y lo mejor es que el 6 de julio próximo, Ana me espera en el consultorio para la segunda dosis.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *