Por Luis Adolfo Payares Altamiranda
Si había un ser que mi padre quería con devoción de hermano y respeto de discípulo, era Eugenio Baena. Ese afecto suyo por “El Bate” —como él mismo lo bautizó— cruzaba las fronteras del corazón y se instalaba en esa tierra fértil donde germinan las amistades eternas.
Desde que mi viejo lo acogió en su empresa, El Bate comenzó a brillar con la luz propia de los que nacen con talento en la sangre. Gran entrevistador, con un verbo que se escapaba como pelota bien bateada, amante empedernido del béisbol y, en sus últimos tiempos, conversador apasionado del fútbol. Se volvió de la familia, de esos que no necesitan invitación para llegar, porque saben que en la mesa siempre hay un puesto esperándolos.
Era elocuente hasta para pedir un vaso de agua, histriónico como un actor de teatro, gesticulante como quien juega con las palabras y camina a la misma velocidad de sus ideas: deprisa, sin tregua. A veces irascible, porque así son los que sienten demasiado.
—Mono, mijo —me repetía con su voz grave—, vete para USA, allá te va mejor. Dile al Villano que te mande para allá, yo hablo con Fredy (Aicardi) para que te asesore.
Y siempre, entre chanza y promesa, me hablaba de aquella camisa estilo Miami Vice, de los años ochenta, caribeña, colorida, como un pedazo de sol hecho tela. Me juró una, y todavía la espero, porque algunas promesas son más valiosas incumplidas: así siguen vivas.
Después de que la Mona Guzmán —su esposa, y amiga entrañable de mi madre— se despidiera de este mundo, El Bate dejó de frecuentar nuestra casa. Pero en cada ausencia suya quedaba un eco, como si su voz aún rebotara por las paredes recordándonos que había pasado por allí.
Hoy no me atrevo a decirle a mi padre que otro de sus más queridos amigos ha partido. Quizá ya lo sabe, porque él escucha radio 24/7 y seguro se enteró antes que yo. Quizá ya se tomó un café en silencio pensando en ese niño grande que le regaló la vida.
A él se le debe el mote de “Villano” que mi viejo llevó con orgullo. Decía que no era porque fuera malo, sino porque su apellido era Villa y tenía la costumbre incorregible de decir “no” ante cualquier petición.
Descansa en paz, gran Bate. Que allá, en ese estadio celestial, las gradas estén llenas, la pelota siempre viaje lejos, y la voz de los cronistas nunca se apague.

