Por Danilo Contreras Guzmán
Recuerdo que en los años de la escuela nos enseñaban aquellos versos de Luis Carlos López que declamábamos a coro en las aulas: “…Fuiste heroica en los tiempos coloniales/ cuando tus hijos, águilas caudales/no eran una caterva de vencejos…/Más hoy, plena de rancio desaliño/bien puedes inspirar ese cariño/ que uno le tiene a sus zapatos viejos…”.
García Márquez que hizo de Cartagena una metáfora de callecitas añosas y pasiones furtivas, regaló a Florentino Ariza y Fermina Dazauna visión de la ciudad que hermosamente describe en El amor en los tiempos del cólera: “Desde el cielo, como las veía Dios, vieron las ruinas de la muy antigua y heroica ciudad de Cartagena de Indias, la más bella del mundo, abandonada de sus pobladores por el pánico del cólera…”.
Así mismo, entre la bruma de la literatura que ha ocultado a uno de nuestros grandes autores, Germán Espinosa nos trae este entrañable fragmento: “Cierto es que por aquellos años de 1940, mi ciudad tenía algo de despojo, de resto derrelicto. Más, en medio de ese marco ruinoso o nostálgico, pululaba la alegría afrocaribe, florecía un sentido dionisiaco de la ciudad y ni siquiera los parpadeantes interiores de las iglesias, colmados de beatas y rezanderos, lograban competir con el desafuero entronizado por la descendencia africana…”.
Recientemente, ya en tono de farándula, Carlos Vives cantó a la ciudad bendiciéndola y bautizándola “fantástica…”.
Entonces el esplendor y la decadencia han estado siempre allí, nunca se han ido, como si fuesen atributos esenciales del alma de este terruño.
Pero mientras el esplendor corresponde a las obras consolidadas del pasado, la decadencia encuentra causa eficiente en el inadecuado proceder y las malas decisiones que adoptan sus hijos, que quizás no han entendido, por generaciones, que en la base de las persistentes caídas y tropiezos que padece la ciudad, está en la miseria que han sufrido y sufren las masas de cartageneros frente al oropel que con necedad intentan lustrar sus élites de siempre.
Alfonso Múnera en su reciente obra “Cartagena de Indias, una ciudad abierta al mundo”, ofrece pistas sobre algunas decisiones que han marcado el devenir tortuoso de esta villa: “Atormentados por el encerramiento medieval, los jóvenes de la Cartagena republicana veían en la muralla el símbolo de su profundo decaimiento y en su apertura el progreso económico con todas sus bondades. Sin haberse terminado el siglo XIX comenzaron con la obra de demolición…Solo a partir de la ley 5 de 1940 la nación inició la protección legal de su patrimonio arquitectónico militar colonial…en nuestro caso, fue una de las poquísimas ocasiones en la que la pobreza tuvo un efecto benéfico sobre los destinos de la vieja ciudad: no hubo plata para destruirlas…”.
El alcalde Turbay, cuyas capacidades para liderar pocos ponen en duda, tiene el legítimo derecho a gobernar y poner en vigor la ejecución de las obras prometidas que de una u otra manera le depararon el triunfo. Sin embargo, cuando en la primera página de la agenda pública, esto es, como prioridad, se proyecta la ejecución de un proyecto con inversión que supera los $100 mil millones como lo es el “Gran Malecón del mar”, algunos ciudadanos no podemos dejar de plantear algunas anotaciones al burgomaestre, de quien puedo decir que es capaz de escuchar y, en ciertas ocasiones, ajustar el rumbo.
De lo que se sabe, el “Gran Malecón del mar” es una obra esencialmente estética (por no usar la expresión “decorativa”) que se enmarca en el propósito del alcalde de regresar a la ciudad el esplendor perdido, y es evidente que dicha construcción será un gran atractivo. Lo que no se sabe a ciencia cierta es si esa infraestructura, además de servir a las “selfies” de los turistas que allí se congregarán, tiene un enfoque sistémico frente a una de las grandes amenazas que se cierne sobre la ciudad, como lo es el fenómeno del cambio climático y la consecuente elevación de los niveles del mar que ya nos afectan.
A esta altura seguramente habré perdido algunos de los escasos lectores de esta nota, que me calificarán de “aburrido arrebata baile”, pero esa consideración relativa a que todas las infraestructuras que se construyan en el litoral marítimo deben corresponder a un plan sistémico que mitigue la intrusión de mareas, es absolutamente indispensable pues en un escenario extremo no habrá “Gran Malecón del mar” para “selfies” si no se adoptan las medidas del caso. Tan grave es el asunto que no se sabe como conecta esta iniciativa con el desafortunado – por decir lo menos – proyecto de Protección Costera, sobre el cual expertos holandeses que son los más avezados en el mundo en este tipo de obras marítimas, han dicho que es un verdadero fiasco, sin que nadie se atreva a denunciar ese detrimento patrimonial que involucra tanto al gobierno nacional como al local.
La construcción de obras de embellecimiento en el litoral sin que correspondan a un macroproyecto de adaptación de la ciudad, implicará repetir, mutatis mutandi, aquello que reseñaba Múnera, según lo cual, las élites de finales del siglo XIX se propusieron derribar la muralla a la topa tolondra. O aquella otra anécdota que también se narra en la obra citada, cuando en un plebiscito apresurado, el presidente “Mariano Ospina Pérez, año 1946, en una nutrida manifestación, desde el balcón del Club Cartagena les habló a los cartageneros sobre dos de sus necesidades más sentidas: El estadio de béisbol y el alcantarillado, y cuentan quienes estuvieron allí que el grito clamoroso fue: ‘¡Estadio de Béisbol!’…”. Hasta hoy la zona suroriental padece las consecuencias de insalubridad y miseria de aquella “anécdota”.
Entre tanto, el Plan Maestro de Drenajes Pluviales que además que servir a la adaptación climática de una ciudad que se inunda al menor chaparrón y que tiene la potencialidad de generar un profundo proceso de regeneración urbana a lo largo y ancho de la ciudad con caños y canales recuperados y reverdecidos con amplios espacios públicos y ciclovías, carece de la consideración prioritaria que tiene el “Gran Malecón del mar”, al tiempo que el POT, pese a las consabidas reuniones de socialización parece seguir en manos de los grandes poderes locales, como antes en la colonia y los albores de la república.
Todo parece indicar que por cuenta de las prioridades “estéticas”, las obligaciones “éticas” frente a los marginados seguirán siendo postergadas en medio del auge y el esplendor.

