Por Rodolfo Díaz Wright

Como ha ocurrido, casi invariablemente, en los últimos 12 años, Cartagena sigue siendo el hazmerreir y la comidilla obligada de todo el país. Cuando no son los desplantes y salidas cantinflescas de nuestros alcaldes, son las actuaciones desviadas y ventajosas de algunos personajes, que se hacen los locos, con tal de pasar la fiesta en cueros.

Nuestro sistema democrático electoral ha permitido que, sistemáticamente, se elijan al primer cargo público de la ciudad, unas personas con muy buenas intenciones, con grandes habilidades histriónicas, con mucha popularidad y reconocimiento en algunos sectores y, finalmente, con destrezas para lograr alianzas, respaldos y apoyo, de algunas casas, con buena experiencia en el manejo del mercado de votos.

Estos elementos, sin excepción, han ido unidos a una inveterada ausencia de competencias para la planeación y la programación de actividades, objetivos, estrategias y metas, en cuanto a la estructuración del desarrollo sostenible y continuado que una ciudad necesita. También ha sido notoria en estos funcionarios, una carencia estructural persistente de conocimientos básicos y prácticas afianzadas, en cuanto a la gestión de lo público y las relaciones de coordinación, complementariedad y subsidiaridad, con el resto del departamento y los sectores clave del gobierno central, que aportan importantes soportes y recursos del orden nacional, destinados a las regiones.

Complementan sus falencias con debilidades sustanciales, en el manejo de sus relaciones con su equipo, con las autoridades locales y nacionales y en general con la ciudadanía y el talento humano que, bajo determinadas circunstancias, pudiera apoyar su gestión y complementar, con asesoría adecuada, algunas de las insuficiencias mencionadas.

Todas estas son las causas remotas e inmediatas de que la ciudad lleve mas de una década, sometida a la más grande inestabilidad administrativa e institucional, que jamás se hubiera visto y al retraso sistemático en el desarrollo de proyectos vitales para su modernización y adecuado crecimiento, que respondan a las expectativas del ciudadano y a las necesidades que demanda su, cada mas mayor, superpoblación.

Sin pudor alguno, repetimos el ciclo vicioso de acoger a unos personajes pintorescos, dizque disruptivos y con un discurso atrevido y prometedor, pero sin sustento programático alguno y sin que, siquiera, muestren las más mínimas credenciales que indiquen que no se trata de charlatanes, fanfarrones y que tienen las competencias, para enfrentar el reto que supone gobernar una ciudad compleja, pobre y llena de problemas estructurales como lo es la heroica.

Después de elegidos estos mandatarios, igualmente repetimos el ritual, ya por todos conocido, de darles un compás de espera, de permitirles que “pongan en orden  la casa”, que presenten el plan de desarrollo y, muy rápidamente, comienzan a escucharse los primeros pregones de los defensores de la embarrada, acusando a la ciudadanía impaciente, de no haber dicho nada frente a otras administraciones, de ser cómplices y participantes en la situación de la ciudad que ya viene mal desde otros gobiernos y, lo peor de todo, prácticamente obligando a quienes muestren su contrariedad ante las falencias del nuevo gobierno, a callarse y dejar que la situación empeore cada día más.

Obviamente, la ciudadanía no las tiene todas consigo, ni mucho menos dispone de elementos conceptuales metodológicos, que le permitan, de un simple vistazo, identificar racional y eficazmente  al mejor candidato y, por lo general, termina permitiendo que la emoción prime sobre la razón, que el pálpito y la corazonada, gobiernen al análisis y finalmente la decisión y el voto, terminan siendo una lotería, en la que el seleccionado será el que parece menos malo, o el más carismático, o el que nos convence de castigar a los demás, responsables de todo lo malo que viene pasando, que no es otra cosa, que el resultado histórico de nuestras malas elecciones.

Que otras ciudades muestren, consistentemente, realizaciones continuas de desarrollo, cambio y mejoramiento, indica a las claras que, si es posible elegir buenos líderes, estructurados, con vocación de servicio y formación en el manejo de la cosa pública y la puesta en marcha de procesos estructurales, para realizar las reformas y los proyectos que necesita la ciudad.

Que nuestra ciudad lleve varias décadas, sin que se realice un proyecto serio y estratégico, que cada vez se empobrezca más y que la nota predominante en nuestra agenda pública, sea el desgreño, el escándalo y el deterioro sistemático de nuestra infraestructura y nuestros recursos naturales, es un indicador contundente de que algo debemos estar haciendo mal.

La defensa a ultranza de estos personajes nefastos para la ciudad, que, después de 10 años perdidos aun se ve en algunos sectores, no es más que la demostración palpable de nuestra tozudez histórica y de lo irreflexivos que hemos sido, frente a los sucesivos procesos fracasados.

Ante los desastres evidentes que venimos viviendo, defender lo indefendible, con argumentaciones acomodaticias y rebuscadas, puede ser una forma de tranquilizar nuestra conciencia y aquietar los egos heridos, por los errores cometidos, pero no el mejor camino hacia la generación de los fenómenos de liderazgo y unión, que estamos requiriendo con urgencia.

Que la próxima oportunidad que se nos presenta, sea el momento propicio para asumir con seriedad el compromiso ciudadano de elegir bien, razonada y responsablemente. Al mejor estilo de Confucio: “llegó la hora de encender una vela, antes de seguir maldiciendo la oscuridad”.

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