Hace apenas unas semanas, Nueva York —la ciudad que nunca duerme— se vio literalmente paralizada por un fenómeno climático sin precedentes. Un torrencial aguacero, con registros no vistos desde 1917, colapsó calles, avenidas y sistemas de drenaje. Escenas que parecían exclusivas de naciones con infraestructura precaria se repitieron en una de las urbes más avanzadas del planeta. Autos flotando, estaciones de metro anegadas, comercios inundados. Un recordatorio brutal de que el cambio climático no distingue entre el Norte y el Sur, entre la opulencia y la carencia.

Nueva York, como Cartagena, es una ciudad costera. Ambas comparten el reto de convivir con el mar y sus consecuencias. Y aunque la magnitud y la escala son diferentes, la lección es la misma: ninguna ciudad está completamente preparada para enfrentar el cambio climático. Las soluciones no se improvisan, ni se decretan; se planifican, se financian y se construyen con visión de largo plazo.

Cartagena: un reto que no da espera

En Cartagena, los efectos del cambio climático se sienten con igual crudeza. Las inundaciones recurrentes en el Centro Histórico, Bocagrande y barrios como El Cabrero, Manga o Crespo, son síntomas de un sistema urbano que necesita una intervención estructural y sostenida. En este contexto, la administración del alcalde Dumek Turbay Paz ha decidido no mirar hacia otro lado y poner el tema sobre la mesa con la seriedad que merece.

El proyecto de Protección Costera junto con la protección contra la intrusión de la marea en Bocagrande y Castillogrande ha iniciado y actualmente está contratado y en ejecución, representa un paso decisivo hacia la mitigación de los impactos del aumento del nivel del mar. Esta obra no es solo una muralla física contra las olas: es una inversión en el futuro de la ciudad, en su patrimonio histórico y en la seguridad de miles de familias que viven de cara al mar.

Obras que deben dialogar entre sí

Sin embargo, como bien lo advierte el propio alcalde, no basta con una gran obra para resolver un problema tan complejo. La Protección Costera necesita complementarse con un sistema de drenaje pluvial moderno, con inversiones en alcantarillado y manejo de aguas lluvias, y con una planeación urbana que entienda que el suelo de Cartagena es frágil y que su crecimiento no puede seguir siendo desordenado.

El desafío es monumental: implica coordinar esfuerzos entre Nación, Distrito, cooperación internacional y ciudadanía. Pero lo más importante es que por primera vez en años, Cartagena tiene una hoja de ruta clara para enfrentar el impacto del clima y construir resiliencia desde la ingeniería, la gestión ambiental y la planificación territorial.

Un futuro que depende de la constancia

Lo sucedido en Nueva York debería servirnos de espejo. Si una ciudad con recursos millonarios colapsa ante una lluvia histórica, ¿qué no puede pasar en urbes con infraestructuras más vulnerables? Cartagena no puede darse el lujo de seguir aplazando decisiones. La administración actual ha encendido el motor de la transformación con el Plan de Protección Costera y con una visión integral de resiliencia urbana.

La naturaleza está hablando con fuerza. Ahora, el reto es mantener el rumbo, garantizar continuidad a los proyectos y convertir cada obra en un escudo, no solo contra el agua, sino contra la indiferencia y la improvisación. Porque proteger a Cartagena del cambio climático es proteger su historia, su economía y su gente.

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