Por Danilo Contreras
Ciertas notas que yo mismo he ido olvidando y que afortunadamente no recordarán los escasos y amables lectores de estas líneas que tendrán igual destino, sirven de testimonio de una búsqueda personal de respuestas a las perplejidades y frustraciones que me producen algunas circunstancias del debate público nacional y mundial, sobre todo por el atributo que parece definirlas: El absurdo.
Hago uso del dramático, y quizás hiperbólico término “frustraciones”, pues ingenuamente solemos conjeturar que es posible un mundo distinto al que pesa sobre cada uno, y sobre todos, pese a que la realidad se encarga de demoler minuciosamente tal esperanza.
En esos accidentales ensayos cometidos me he planteado el propósito de cuestionar algunos paradigmas que, en mi innecesaria opinión, rigen las narrativas modernas con una evidente fuerza alienante que muy probablemente impiden verdaderas y profundas transformaciones. En ese afán, por azar, que según lo que recurrentemente especulaba Borges “es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad”, tropecé con un libro de Albert Camus, en el que con el rigor que me falta a mí, el autor se planteó los mismos cuestionamientos a principios de los años 50 del siglo XX al que condenó con la frase del título: “El siglo de los rencores”.
Entre mis inquietudes acerca de algunos términos y conceptualizaciones del lenguaje usado en la deliberación pública, que van delimitando la realidad de meros ciudadanos como este servidor, esta el cuestionamiento a las “etiquetas” simplificadoras de las ideologías tales como la definición de lo que es la “izquierda”, la “derecha” o el “centro”, para no hablar de algunos matices que agregan el epíteto “centro” a los dos primeros conceptos de la “teoría de los políticos”.
Otro interrogante que me ha acosado es el de la connotación moderna que algunos líderes le ofrecen a la palabra “Revolución”, cuya significación romántica aún distrae
a demasiados conciudadanos. “El hombre rebelde”, es el título sugestivo de aquella obra que recién he terminado.
Camus, que justa o injustamente, fue etiquetado también como un intelectual de “izquierdas”, propuso al mundo algunas de estas cuestiones, lo que le costo el anatema de otros intelectuales que no dudaron en señalarlo, con la fe inflexible de quienes profesan el dogma, como desertor y traidor del movimiento socialista internacional. Para aquel pensador las contingencias del siglo pasado imponían una distinción entre los términos “Revolución” y “Rebeldía”.
Esa coincidencia con mis peregrinas inquietudes me atrapó en la lectura. Camus pensaba con cierta ironía, en abierta crítica al marxismo leninismo que aterrizó en la historia con la revolución rusa, que no era “…justo identificar los fines del fascismo y del comunismo ruso. El primero representa la exaltación del verdugo por el verdugo mismo. El segundo, más dramático, la exaltación del verdugo por las víctimas…El primero no ha soñado con liberar al hombre…el segundo, en un principio más profundo, apunta a liberar a todos los hombres esclavizándolos provisionalmente…”, aludiendo sin duda, a la “dictadura del proletariado”.
A esa referencia a la revolución rusa cuya materialización, al parecer, le decepcionó, oponía el giro lingüístico “Rebeldía”, al que identifica con el hombre capaz de decir “no” al absurdo y el nihilismo de aquel “siglo de los rencores”, y dar contenido a ese término como una formula de dignificación de nuestra humanidad frente a la injusticia y la opresión.
Debo descender ya a lo prosaico de la realidad que esta más allá de los libros para intentar argüir en favor de mi hipótesis; y para empezar considero que sumergidos como estamos, en un cuarto del siglo XXI habría que agregar a esta centuria un adjetivo que se suma a aquel con que Camus bautizo el siglo XX, por lo que me arriesgaría a sostener que el nuestro es, además del nuevo “Siglo de los rencores”, el “siglo del cinismo”, pues todo parece indicar que los rencores siguen dominando la dialéctica de la deliberación política, pero esta vez con la peculiaridad del descaro y la desfachatez con que se promueve la pasión del rencor a través del sectarismo que ha sido fuente eficiente de violencias en este país durante el siglo XX, tal y como lo confirman la historia “patria” y la literatura nacional.
Las nuevas épicas invitan de nuevo al “ser revolucionario”, para lo cual se citan paradigmas del “siglo de los rencores”, cuyo heroísmo no entro a cuestionar, pero si a ponderar por cuenta de los contextos históricos; y me pregunto, que significa “ser revolucionario” en el siglo XXI, y enseguida, que significa “ser rebelde” en estos tiempos, sobre todo considerando las pavesas que aún saltan de las flamas del siglo pasado.
Planteo dos escenarios para ubicar al “ser revolucionario”, ora al “ser rebelde”, en esta centuria: La economía y la cultura nacional. Cuando me acerco al primero de estos tópicos, en el cual, evidentemente soy lego, por no lastimarme con el término ignorante, observó que se han introducido algunos cambios de postura relacionados con medidas de justicia fiscal, que son apenas tímidas frente a las desigualdades de un capitalismo que ahora algunos autores afirman que va derivando en lo que llaman “tecno – feudalismo”, lo cual no será tema de estas conjeturas, y, de otro lado, la renovación de normas tuitivas del trabajo de los ciudadanos que restablecen derechos abrogados en una etapa retardataria de la vida política nacional, entre otras.
Pero como a veces soy aguafiestas, otras no tanto, me he preguntado si son suficientes tales reformas para hablar de “Revolución”, y entonces me encuentro con una consideración más amplia que me brinda la opinión de una investigadora de la Universidad de la Universidad del Rosario, que ha llegado a afirmar en cuanto a la “economía ilegal o subterránea”, citando inquietantes datos estadísticos, que “El último estudio oficializado en el país hablaba de que más o menos correspondía al 35% del producto interno bruto que en cifras del año 2018 equivalía a $364 billones anuales. Pero si uno mira a nivel global y se dice que estas cifras han ido en aumento…eso es bastante complejo para el país y sobre todos los temas sociales…Obviamente, esos recursos están llegando a pocas manos y no para el desarrollo del país…”.
A este desolador panorama le sumo otra cita, la de los economistas Luis Jorge Garay y Eduardo Salcedo Albarán quienes sostienen que “La corrupción y captura del Estado colombiano no es un fenómeno aislado, sino íntimamente relacionado con la reproducción de diversas formas de ilegalidad y la acción de organizaciones delictivas de cierta sofisticación…”, y cierran señalando “Esta no es una lección epistemológica, sino una lección moral…”.
No puedo dejar de pensar que esa “captura del Estado” a la que aluden Garay y Salcedo, es una necesidad impuesta por el fenómeno estructural de la “economía subterránea”, a la cual es funcional el Estado como superestructura, para hacer uso de la teoría marxista. Entonces, un episodio aparentemente casuístico, como el hecho de que los autores del desfalco de la UNGRD recurrieron a “prestamistas” para conseguir la supuesta coima que les permitiría comprar a “altos dignatarios” del Congreso, nos permite especular que tales recursos tienen origen en esa economía que todos presentimos pero que pocos se atreven a desvelar en toda su magnitud, de manera que incluso quienes se auto conciben “revolucionarios” pueden alimentar las economías ilegales, reciclando y lavando capital a través de las coimas que luego sirven de ganancias al mil por mil a través de la contratación del Estado.
Martin Scorsese, en entrevista ofrecida en Las Vegas sobre su película clásica “Casino”, expresó: “El capitalismo ha remplazado al crimen organizado. Antes había mafiosos con trajes holgados, ahora son empresarios con polos Ralph Lauren”, o tal vez burócratas de corbata y zapatos de marca.
Entonces podría plantearse que un gesto, o tal vez un sueño “rebelde”, en vez de la “revolución” que evangelizan los líderes apegados a los paradigmas del “siglo de los rencores”, quizás este en intentar transformar la economía nacional y desterrar la ilegalidad que irriga todos los sectores de la vida nacional.
Camus en la obra en cita afirma: “La reivindicación de la justicia desemboca en la injusticia si no está fundada primero en una justificación ética de la justicia. A falta de esto, también el crimen se convierte un día en deber…”. Y esto nos lleva a las, seguramente deleznables, consideraciones acerca de la cultura como propósito de transformación.
El sectarismo es sin duda, un rasgo característico de la cultura política nacional, que durante el siglo pasado dejó una estela aciaga de violencia y muerte por cuenta de las distinciones ideologizantes entre liberales y conservadores (“cachiporros y godos”). No se trata esto último de una especulación como la mayoría de las proposiciones que ya alargan demasiado esta argumentación, sino de datos estadísticos en los cuales suelen converger los expertos, pero también la literatura nacional que se ha alimentados de esas sucesivas “guerras por colores” como le escuche decir a un enigmático e incluso macabro personaje apodado “Martín Sombra”, en una de muchas entrevistas ofrecidas antes de fallecer.
Así, el debate público actual, en buena medida, no pasa de ser un mero certamen de imprecaciones. Los programas han pasado a un lugar secundario, pero cuando estos se proponen, el etiquetamiento sectario vuelve a poner los programas en segundo plano.
Lo que seguimos viendo en este “siglo de los rencores y el cinismo”, es que ahora el sectarismo no se apoya tanto en el señalamiento del contradictor, que es más un enemigo, por su militancia en los cuasi extintos partidos conservador y liberal, sino en las etiquetas “izquierda”, “derecha” o “centro”, cuyo papel esencial ha consistido, según se declara con el descaro que es el nuevo atributo del siglo, en reavivar la pugnacidad, el odio y la ira que constituye el gran arsenal de la lucha política moderna.
Pugnacidad que no es lo mismo que polarización, pues antes he reflexionado, siguiendo a personajes, en mala hora fallecidos, como Carlos Gaviria Díaz, que en su momento afirmaban que, para una democracia real, la existencia de polos opuestos en el pensamiento y la manera de concebir el mundo era provechosa; lo perjudicial y disolvente resultaba ser la pugnacidad con que se aborda la deliberación de las ideas, pues de las palabras que lastiman, se suele pasar a la violencia que asesina.
Toda esta disquisición para plantear, como me lo he propuesto, la superación de los paradigmas del “siglo de los rencores”, e imaginar nuevas formas de la “rebeldía”, que no repitan los nefandos resultados del siglo XX.

