Por Luis Adolfo Payares Altamiranda

El periodismo atraviesa una de las crisis más profundas de su historia contemporánea. No es una crisis menor ni coyuntural: es estructural, cultural y económica. Las redes sociales han alterado el ecosistema informativo de manera radical, desplazando el centro de gravedad del oficio desde las salas de redacción hacia el terreno movedizo del algoritmo, la inmediatez y la viralidad. Ya no se hace reportería, solo se circunscribe, a lo que dice Facebook, Equis, Instagram o Tik-Tok. El resultado es un deterioro progresivo del rigor informativo y una precarización alarmante del ejercicio profesional.

Hoy, tener un teléfono celular, un micrófono marca gato, y una cuenta en redes sociales se ha convertido, para muchos, en sustituto de la formación académica y la ética profesional. En esta lógica distorsionada, el número de seguidores opera como título universitario y el “engagement” como posgrado. El conocimiento, la contrastación de fuentes, la verificación de datos y la responsabilidad social —pilares históricos del periodismo— quedan relegados frente al espectáculo, la opinión sin sustento y la exageración calculada para captar clics. El conocimiento o la experticia ha sido cambiado por “likes y followers”.

Las cifras respaldan esta transformación. Según el Digital News Report 2024 del Reuters Institute, más del 58 % de las personas en el mundo se informa principalmente a través de redes sociales, superando por primera vez a la televisión y a los medios impresos en varios países de América Latina. En Colombia, ese porcentaje supera el 65 %, con plataformas como Facebook, WhatsApp, Instagram y TikTok liderando el consumo informativo. Sin embargo, ese mismo informe advierte que la confianza en las noticias cayó al 40 % a nivel global, uno de los niveles más bajos desde que se realiza la medición.
La ecuación es clara: más consumo, menos confianza. Más velocidad, menos verificación. Más voces, menos responsabilidad.

El problema no es la democratización de la palabra —un logro indiscutible de la era digital— sino la ausencia de filtros profesionales. El periodismo no es solo contar lo que pasa; es explicar, contextualizar, contrastar y asumir consecuencias. Cuando cualquier persona se autoproclama medio de comunicación sin someterse a estándares éticos, el daño no es solo para la profesión, sino para la sociedad. La desinformación tiene costos reales: polariza, erosiona la institucionalidad y debilita la democracia. A esto se suma el incremento de las denuncias por injuria y calumnia, por lo menos en Colombia ha crecido un 48.5%, sin incluir las tutelas por los mismos hechos.

A esto se suma la precariedad laboral. Datos de la Federación Internacional de Periodistas indican que más del 60 % de los periodistas en América Latina trabaja bajo esquemas informales o con ingresos inestables, mientras las redacciones se reducen y los contenidos se tercerizan o automatizan. La inteligencia artificial, lejos de ser el enemigo en sí mismo, se convierte en un riesgo cuando se usa para reemplazar criterio humano en lugar de potenciarlo.

Estamos, entonces, ante una paradoja: nunca hubo tantas herramientas para informar y nunca fue tan frágil la calidad de la información. El desafío no es tecnológico, es ético y formativo. El periodismo debe adaptarse a los nuevos lenguajes digitales sin renunciar a su esencia. Las universidades, los medios y los propios periodistas están llamados a reivindicar el oficio, a marcar diferencias claras entre informar y opinar, entre investigar y especular, entre comunicar y manipular.

Porque cuando todo el mundo es “medio”, pero nadie asume la responsabilidad de ser periodista, lo que está en crisis no es solo una profesión: es el derecho ciudadano a estar bien informado. Y esa, en cualquier democracia, es una línea roja que no debería cruzarse.

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