Por Ruben David Salas Arias

En la actualidad hay bastantes voces expertas que ofrecen sus puntos de vista sobre la coyuntura por la que pasa el mundo. Cada quien desde su alcance profesional y personal entrega un diagnóstico, e incluso algunos se lanzan a dictar algunas fórmulas para dar solución -lo cual es muy valioso cuando son propuestas originales y sensatas-. El espectro de pregones es bastante amplio, pero en promedio, las perspectivas son pesimistas. Esto empeora para el caso colombiano, en el cual, fuera de choques externos, se pasa un periodo de incertidumbre interna importante que complica la situación.

Los análisis en su amplia diversidad son muy importantes para enriquecer el debate público; sin embargo, en esa carrera por tener la razón a veces se pierde el objetivo. Me refiero con el objetivo: a la esencia de ofrecer una opinión, la cual no creo que sea para enriquecer el ego, más bien, potenciar la interacción con nuestros semejantes y favorecer las posibilidades de los conjuntos sociales en los que participamos.

En estos tiempos difíciles, creo que el objetivo es que todos salgamos adelante afrontando las adversidades y minimizando los daños colaterales. Por ello, no hay que agitar las campanas y los cascabeles con actitudes triviales y fuera de proporción o sentido. Más bien, hay que emprender en la tarea de (re)pensar y crear, porque el futuro está en lo que hagamos de nosotros con lo que tenemos hoy a la mano. Al respecto, más que una adecuada administración de los recursos, tenemos que pensar en una óptima gestión de la vida.

De acuerdo con lo anterior, siempre es preciso que antes de ofrecer una opinión, debemos reconocer cuál es el objetivo de exponer una idea que compone un análisis sobre el tema que sea. En especial porque las palabras podrían surgir más rápido que los pensamientos, y conformar discursos carentes de sentido común -tan necesario en especial en periodos de incertidumbre-, sin contenido real que refleje conciencia de los hechos por los cuales se habla, lo cual podría desalentar el debate público o incluso desviarlo, haciendo que pierda su asertividad.

Sé que las expectativas por la vida en el futuro no son las más alentadoras. Tal vez es algo constante en la historia de la humanidad, porque el pesimismo puede funcionar como un mecanismo de conservación. Pero pasando por el análisis de los hechos, a esos grandes focos de opinión siempre hay que confrontarlos preguntando: en dónde quedan las propuestas, en dónde queda la búsqueda y el trabajo por un mundo mejor, cuál es su propuesta transformadora y por qué es conveniente. En especial, porque la construcción de sociedad no debe quedar en manos y voces de unos pocos -sea desde lo privado o el marco institucional legal- y debe ser una labor mancomunada. En la cual la ruralidad, la ciudadanía, las comunidades y los pueblos participemos en función de un objetivo claro para todos. Ahí yace el espíritu de un pueblo y su voluntad de vida.

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