Por Luis Adolfo Payares Altamiranda
En política el miedo es un arma tan vieja como eficaz. Sirve para moldear percepciones, manipular decisiones y movilizar emociones. No importa si estamos hablando de Estados Unidos o de Colombia: el recurso de asustar al ciudadano termina siendo más fuerte que cualquier plan económico, social o de seguridad.
El periodista cartagenero Alfredo Bustillo, radicado en Estados Unidos, compartió recientemente unas cifras que ilustran perfectamente este punto. Según una ONG que recopila datos de deportaciones, un millón 300 mil migrantes han salido de EE. UU. en los últimos tiempos. Lo sorprendente es que solo 300 mil fueron deportados oficialmente por el gobierno, mientras que alrededor de un millón decidió regresar por su cuenta, incluso personas con green card, permisos de trabajo y hasta ciudadanos estadounidenses. ¿La razón? El miedo.
Ese miedo no se explica solo con leyes o redadas, sino con una narrativa política bien construida. Donald Trump, más que deportar, ha logrado instalar un clima de hostilidad que hace sentir a los migrantes en constante amenaza. El discurso funciona: no se necesita expulsar a todos, basta con sembrar la idea de que nadie está a salvo.
Y si volteamos la mirada a Colombia, la historia no es muy distinta. Aquí también los discursos se cargan de sombras y fantasmas. Los recientes acontecimientos violentos, los secuestros, las masacres y la inseguridad urbana han sido aprovechados por sectores políticos que buscan posicionar una idea clara: “han regresado los días oscuros”. Y con ello, lo que se activa no es tanto la indignación o la reflexión crítica, sino el miedo.
Ese miedo se convierte en gasolina política justo cuando se acercan elecciones. No es casualidad: cada crimen mediático, cada atentado o cada escándalo se convierte en munición para reforzar la narrativa de que el país está al borde del abismo. Y la conclusión que quieren inducir es obvia: solo un cambio radical, solo “ese” candidato, puede salvarnos.
La estrategia es peligrosa porque bloquea la capacidad de análisis ciudadano. En vez de discutir cómo enfrentar los problemas de seguridad con datos, con programas serios y con políticas sostenibles, el debate se reduce a quién asusta más o a quién promete mano dura con más fuerza. En ese terreno, la democracia se degrada: no elegimos por propuestas, sino por miedo a lo que puede pasar si gana “el otro”.
En Estados Unidos, un millón de personas empacó sus maletas porque la narrativa política los convenció de que no eran bienvenidos. En Colombia, el riesgo es que millones voten no por lo que sueñan para el país, sino por el temor a revivir tiempos pasados, pensando quizás que los que hacen dicha narrativa son los que produjeron esos hechos.
El miedo puede ser un recurso útil para el político, pero siempre será una trampa para el ciudadano. Por eso la pregunta es pertinente: ¿vamos a seguir decidiendo nuestro futuro con base en el miedo, o vamos a atrevernos a pensar y elegir con criterio propio?

