Por: John Javier Acosta Rodríguez

Mi primo Omar había cumplido el compromiso diario de llevar los estudiantes al ingenio, a unos cinco kilómetros del pueblo (por la vía hacia Bucaramanga) y se disponía a rebuscarse con las carreras habituales en el casco urbano de Codazzi. “Ahí me hacía lo de la gasolina del carro”, me contó más de 40 años después. En esas andaba, transitando por la vía principal (carrera 16) y, por el hotel Acapulco, le salieron dos tipos y le pidieron que les hiciera una carrera hasta el, entonces, nuevo barrio La Antillana. Ambos se subieron adelante, pues, en esa época, la silla delantera de los carros era larga, como un sofá de sala, y cabían tres personas en ese puesto. Cuando llegaron al destino, el que se había sentado en la mitad sacó una pistola del maletín negro que cargaba y encañonó a mi primo por las costillas derechas. “Esto es un atraco: siga por la trocha a Verdecia, como si nada”, le dijeron.

Omar Duarte, de bigote, y, de negro, Norelis, la que hoy es su esposa, junto con familiares de Norelis, en el carro recuperado

Cuando ya llevaban más de 8 kilómetros adentro de la trocha, los delincuentes notaron que había muchas fincas seguidas para dar el siguiente paso: no querían alertar a nadie, antes de ellos pudieran culminar el hecho. De manera que le ordenaron a mi primo Omar que se regresara. En ese momento, mi primo vio un resquicio de oportunidad de hacer algo: para meterle la reversa al carro, había que accionar una palanca oculta; obviamente, los dos atracadores desconocían ese mecanismo. Mi primo intentaba infructuosamente de meter el cambio (sin operar la tecla escondida, a propósito), pero, como era obvio, no entraba. Hasta que los dos tipos se desesperaron y le apuntaron en la cabeza. “Si este carro no da reversa ahora mismo, te matamos enseguida”, le dijeron. Mi primo Omar no tuvo otro remedio que hacerles caso.

Poco antes de llegar a Codazzi, lo hicieron detener. Lo bajaron del carro, le amarraron las manos con un cordón largo que cortaron para amarrarle también los pies. Lo pusieron en la orilla de la carretera destapada y lo empujaron a la cuneta: cayó en un charco que se había formado con las lluvias de abril. Con los dientes se fue garrando de la hierba y de las ramas de los arbustos que reverdecieron con los aguaceros de ese mes y volvió a la carretera. Desde ahí, tirado, alcanzó a ver el carro que se alejaba y, a la distancia, vio cuando giraron hacia la izquierda (vía hacia el municipio vecino de San Diego, en la carretera que va al departamento de La Guajira, donde desbalijan los carros nuevos para venderlos como repuesto), lo que le pareció raro, pues ellos le dijeron que iban a tomar el carro prestado para movilizar un cargamento de marihuana hacia la población de Becerril, que quedaba hacia la derecha.

Amparo, mi padre y yo: el día de mi grado de bachiller

Con los dedos de sus dos manos atadas pudo soltar el nudo que le amarraba los pies; tuvo la fortuna de que en ese momento pasó el señor Campo en una camioneta. Venía de la finca que administraba. Recogió a mi primo Omar y lo llevó a la sede municipal del hoy extinto Distrito Administrativo de Seguridad (DAS), el cuerpo de inteligencia del Gobierno Nacional, que quedaba en el parque Simón Bolívar, en todo el centro de Codazzi. Allá no hubo forma de que le creyera que los atracadores habían cogido la vía hacia La Guajira. “Usted está muy nervioso”, le dijeron.

La mala noticia para el dueño del carro

Omar Duarte Acosta, mi primo, llegó al corregimiento de Casacará (ahora a un poco más de 10 minutos de Codazzi; en ese entonces, a más de media hora por la carretera destapada, ya hoy pavimentada) a darle la mala noticia a su tío Chide (Alcides de Jesús, mipadre), el dueño del carro. Era un campero amarillo, tipo Jeep Willys, pero Ford Llanero, recién fabricado en Brasil. Mi papá lo había sacado en un concesionario en Valledupar, en 1979, para pagarlo a cuotas; por supuesto, no tenía por qué saber que se lo robarían unos dos años después. Como mi padre trabajaba en la sede de Casacará de una fábrica de aceite vegetal para cocina, de Bogotá, le dio el carro a su sobrino Omar para que se lo manejara: así, Omar, recién graduado de bachiller, ganaba algo de dinero para ahorrar con miras a su futuro.


Cuando mi primo llegó a la casa a darle la mala noticia a mi papá, nosotros aún estábamos en la mesa del comedor, donde acabábamos del almorzar. Con semejante postre encima, mi papá se vistió y se fue con su sobrino a la casa de su hermano, mi tío Néstor, que vivía cerca. Tío Néstor era un gran devoto de la Virgen del Carmen. Todos los 16 de julio compraba la pólvora que se quemaría en el pueblo para las fiestas de la patrona de La Junta (tierra de los Acosta) y de Casacará, adonde mi tío y mi papá habían llegado cerca de 20 años atrás, llamados por mi tío Migue (el mayor de 11 hermanos: tío Néstor era el cuarto y mi padre, el quinto); incluso, a su segunda hija, tío Néstor la bautizó Aura del Carmen: el primer nombre en honor a su mamá, mi abuela, la vieja Aura Elisa (Aba); y el segundo nombre, en honor a la Virgen del Carmen. Apenas se enteró de la mala noticia, tío Néstor entró a la tienda-droguería de su propiedad y le encendió une vela a la imagen de yeso de la Virgen del Carmen que tenía en una esquina de su negocio. Y le prometió a la madre de Jesucristo que, si le ayudaba a devolver el carro a su hermano Chide, él iba a La Junta y le ponía el campero Ford Llanero frente a la iglesia, en la misa del próximo 16 de julio, que sería en escasos tres meses.

Alcides de Jesús (Chide, mi padre), con maicena en el rostro; tío Néstor, en el centro; y tío Jorge, el menor
de todos: en una parranda, como en las que terminaban el festejo de la Virgen del Carmen

Hecha la promesa, sacó su campero Suzuki y arrancó con su hermano Chide y su sobrino Omar para Codazzi, donde dos policías se unieron a la búsqueda y se internaron por la trocha de Verdecia, en persecución tardía a los ladrones de carro. Preguntaron en fincas y en veredas si habían visto pasar el campero. Llegaron al municipio de Bosconia empolvados, pero con la esperanza intacta. Siguieron hasta Valledupar y se regresaron a Codazzi con la moral por el piso, después de una cacería de más de 200 kilómetros por carreteras en muy mal estado.

…Y la Virgen del Carmen le hizo el milagro a mi tío

Resignado ya a seguir pagando unas cuotas mensuales por un carro que había perdido, mi papá y sus acompañantes pasaron por la población de La Paz y llegaron a San Diego, último municipio antes de llegar a Codazzi. A pesar de que las circunstancias se empecinaban a demostrarle lo contrario, tío Néstor no perdía la fe en que la Virgen del Carmen le hiciera el milagro. Llegaron al comando de la Policía de San Diego a preguntar si sabían algo del campero robado. Y, entonces, se enteraron de la buena noticia.

En esa época no existía la menor posibilidad de que alguna vez se inventarían los celulares. Y la telefonía fija era un privilegio del que muy pocos gozaban en la capital del departamento, Valledupar. De manera que lo único que pudo hacer el DAS en Codazzi fue alertar por radioteléfono a las estaciones de Policía de las poblaciones cercanas. Mi primo Omar tuvo razón: los ladrones arrancaron por la vía hacia La Guajira. Cuando pasaron por San Diego, ya la Policía estaba alertada: recuperaron el carro y capturaron a los delincuentes, que resultaron ser personas de bien de Valledupar; incluso, vecinos de tío Toba (Cristóbal Mendoza Acosta, hermano de mi abuela y primo de mi abuelo).

Los ladrones pagaron el tiempo perdido del carro, los daños y perjuicios causados. Por la amistad de vecinos que había con sus parientes, mi papá decidió retirarles los cargos. Mi primo Omar empezó a trabajar de cajero en un banco. Mi papá, en los ratos libres de su trabajo, llevaba pasajeros de Casacará a Codazzi en el campero recuperado. “Con eso, nos ayudábamos para la comida y para tu giro mensual, mientras tú estudiabas en Bogotá”, me recordó hoy Amparo, esposa de mi papá y madre de mis hermanos, en uno de sus momentos de lucidez que le roba al marginamiento mental.

El 25 de febrero de 1988 murió mi papá, menos de diez después del robo del carro. Mi primo Omar dejó de trabajar en el banco tres años después, en 1991. Con la plata de la liquidación y la venta de una moto que tenía, Omar le compró el campero Ford Llanero a Amparo. Lo trabajó de Casacará a Codazzi hasta 1998, cuando lo vendió porque empezó a viajar con pasajeros de Codazzi a Valledupar en un automóvil nuevo.

Cerca de tres meses después de haber recuperado el carro, mi papá fue con su hermano Néstor a la misa de la Virgen del Carmen a La Junta. Ese 16 de julio, le cumplieron la promesa que mi tío le había hecho en su tienda-droguería a la madre de Dios por hacerle el milagro de regresarle el carro robado a mi papá.

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