A nadie le gusta que le toquen a un hijo. El amor filial es un sentimiento que sobrepasa el entendimiento humano, que no se mide en palabras ni se limita a la razón, sino que se instala en lo más profundo del corazón. Un padre puede soportar ataques, calumnias y afrentas personales, pero cuando se agrede a un hijo, la reacción se vuelve visceral, instintiva, casi natural.

La reciente actitud de Yayo Bustillo, al propinar un par de cachetadas al exalcalde William Dau tras sus constantes ataques contra su hijo Yayito en redes sociales, es un episodio que muchos podrán cuestionar en lo formal, pero que resulta comprensible en lo humano. Dau, caracterizado por un verbo ligero, ofensivo y calumnioso, que en más de una ocasión lo ha obligado a retractarse, cruzó la línea de lo tolerable. No se trata de crítica política ni de debate público: se trata de respeto a la dignidad humana y, sobre todo, a los hijos.

La historia está llena de ejemplos donde un padre defiende lo más sagrado: su descendencia. Uno de los más célebres es el de José Martí, el apóstol de la independencia cubana, quien en carta a su hijo José Francisco escribió que “un padre no da la vida por el deber, sino porque el hijo lo necesita”. Martí, que conocía de sobra el sacrificio, simbolizaba en esa frase la esencia de la paternidad: la disposición a defender, incluso con la vida, a un hijo frente a cualquier amenaza.

Hoy, sin justificar la violencia como método, no podemos ser ingenuos: a nadie le gusta que mancillen el nombre, la honra y la integridad de un hijo con epítetos deslegitimantes. Cuando la palabra se convierte en arma y la calumnia en costumbre, la respuesta puede salirse de los límites de la urbanidad.

William Dau, con su estilo incendiario y lenguaraz, ha demostrado reiteradamente que no respeta ni a las instituciones ni a las familias. Su verbo no construye, destruye; no debate, ataca. Y en esa senda, terminó despertando lo que nunca debería provocar: la reacción de un padre herido.

No seamos hipócritas. La sociedad puede predicar la no violencia, y debe hacerlo, pero también debe reconocer que el amor de un padre hacia un hijo no conoce diplomacia ni protocolo. Ante ese sentimiento, cualquier ataque se siente como una daga en el pecho. Y cuando la dignidad filial se ve ultrajada, la respuesta —como la de Yayo Bustillo— se vuelve inevitablemente humana. Y les aseguro, que yo hubiera hecho lo mismo.

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