En las últimas horas circuló en redes sociales un video que ha generado indignación y desconcierto. En plena avenida Santander, un ciudadano descendió de un taxi, se recostó contra el vehículo y, sin el menor pudor, orinó en la vía pública, deteniendo el tráfico y dejando la evidencia de su actitud frente a todos. Tras el acto, volvió a subir al taxi y se marchó con total tranquilidad.
Más allá de lo anecdótico, este episodio refleja una realidad preocupante: mientras el gobierno local invierte sumas millonarias en obras de infraestructura, en programas de educación, salud, movilidad y seguridad, buscando transformar la ciudad en una urbe moderna y competitiva, la ciudadanía parece caminar en dirección contraria.
Persisten conductas que contradicen cualquier esfuerzo de modernización: basura arrojada en los canales apenas inicia la lluvia, basureros satélites que se multiplican por toda la ciudad, mototaxistas que desconocen las normas de tránsito, transeúntes que contaminan las calles sin conciencia del daño que causan. Son actitudes que deberían corregirse desde la infancia y que, sin embargo, siguen repitiéndose con una naturalidad alarmante.
El contraste es doloroso. Por un lado, un Estado que busca construir una “superciudad”; por otro, una ciudadanía que no asume el compromiso de convertirse en “superciudadanos”. Sin cultura ciudadana, sin respeto por el espacio público, sin responsabilidad compartida, cualquier inversión corre el riesgo de convertirse en un esfuerzo estéril.
La lección es clara: no basta con grandes obras. Una ciudad moderna requiere grandeza en la conducta de sus habitantes. Ojalá este nuevo año sea el inicio de una verdadera conciencia colectiva, porque una superciudad necesita superciudadanos, y todavía estamos muy lejos de alcanzarlo.

