Resulta inconcebible que en pleno siglo XXI, después de tantos avances en conciencia ambiental y en normas de convivencia ciudadana, todavía tengamos que presenciar cómo aspirantes al poder público ensucian nuestras calles con propaganda política. Afiches, pasacalles, cartones y paredes pintadas no son símbolos de democracia, sino de atraso y de irrespeto hacia la ciudad y hacia la ciudadanía.

Es vergonzoso que quienes pretenden convertirse en legisladores, en “padres de la patria”, sean los primeros en dar un mal ejemplo. El ambiente no es un recurso secundario: es la base de nuestra vida en comunidad. Protegerlo y cuidarlo debería ser un principio elemental de cualquier proyecto político. Sin embargo, algunos candidatos parecen olvidar que la sociedad exige coherencia y responsabilidad.

El alcalde Turbay, con justa razón, ha tenido que dedicar tiempo y recursos a ordenar la limpieza de la ciudad y a advertir que se impondrán sanciones. No es justo que los impuestos de los ciudadanos terminen pagando la irresponsabilidad de quienes, en lugar de construir confianza, contaminan y deterioran el espacio público.

La ciudadanía debe tomar nota. Quien ensucia la ciudad con propaganda demuestra que no respeta ni a la comunidad ni al ambiente. Y un candidato que no respeta, no merece ser premiado en las urnas. Al contrario, debe ser castigado con el voto consciente, porque la patria no se construye con carteles pegados en muros, sino con coherencia, respeto y ejemplo.

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