Cartagena cerró el año pasado con un aire de felicidad y tranquilidad. La Navidad iluminó la ciudad con un brillo especial y el Año Nuevo se vivió con organización y alegría. Propios y visitantes disfrutaron de un ambiente que parecía anunciar tiempos de bonanza y estabilidad. Era, sin duda, lo que llamaríamos el paraíso urbano que reflejaba la mejor cara de nuestra ciudad.
Pero el 2026 llegó con su inevitable condición: es un año político. Y en los años políticos, la rutina administrativa se transforma en terreno de disputa. La Ley de Garantías, con sus restricciones financieras y contractuales, obliga a los gobiernos locales a acelerar decisiones y contratos antes de que las limitaciones entren en vigor. Lo que debería ser continuidad de planes y programas se convierte en carreras contra el tiempo y en tensiones con los grupos políticos que buscan ventajas electorales.
Así, asuntos cotidianos como el aumento de tarifas en Transcaribe o la negociación con los cocheros dejan de ser simples gestiones administrativas y se convierten en armas de debate y controversia. Lo que antes era normal ahora se magnifica, se discute y se politiza. La ciudadanía, que disfrutaba de calma, se ve arrastrada con facilidad hacia la protesta y la confrontación.
Los años electorales ralentizan proyectos, generan divisiones y ponen a prueba la madurez institucional. Sin embargo, también son una oportunidad para demostrar que la ciudad puede mantener su rumbo pese al ruido político. Cartagena necesita que tanto sus gobernantes como su ciudadanía comprendan que el desarrollo no puede detenerse cada vez que llega esta contienda electoral.
Ojalá que, pasada la elección, regrese la serenidad y podamos continuar con nuestras agendas de gobierno, con la tranquilidad que merece la ciudadanía y con la certeza de que el progreso de Cartagena está por encima de cualquier coyuntura política.

